jueves, 30 de abril de 2009

Noche sin luna

Este pasado fin de semana disfruté del inmenso lujo de asistir a la III Mereth Erukyërme (o I Mereth Eruquiéreme) organizada por el smial de Númenor. Nos reunimos casi 60 personas en un albergue de Piedralaves (Ávila) para disfrutar de lo que sabíamos Númenor nos iba a brindar: trabajo bien hecho, calidez, ambientación y atención al detalle.

También nos encontramos cosas anunciadas pero que por su intensidad no dejaron de sorprendernos: irreverencia, desenfado, desenfreno y mucho, muchísimo humor.

Como la crónica la debo, porque aún la estoy escribiendo, os pongo en este post el cuento que presenté para el concurso de relatos románticos de la Mereth. Resultó ganadora, con un relato excepcional y conmovedor, Delia 'Narya-Mithrandir'. Espero que también lo publique en su blog :)


Noche sin luna

Caía la noche y las murallas se convertían en carbón. La Ciudad Blanca ya no lo era al ponerse el sol, más allá de tierras sin hombres, en la hora del sosiego y el sueño.

Faramir estaba solo. El viento del oeste le agitaba los oscuros cabellos, y también le secaba las escasas lágrimas que se atrevían a perlar sus párpados. 'El Senescal de Gondor no llora nunca', eso le enseñó su padre en el funeral de su hermosa madre. 'El Senescal no llora ante los ciudadanos'. 'Guarda tus lágrimas para la noche', le aconsejaba, tomando firmemente su pequeña mano y conduciéndolo por los círculos de la ciudad, tras el cortejo fúnebre. Él lo escuchó llorar en los salones de piedra, encerrado, cuando comenzaba a despuntar el alba.

El ruiseñor comenzó a cantar.

Se dio cuenta de repente de la sed que tenía. Trató de recordar la última vez que había bebido algo, enfrascado en las tareas de reordenación y archivo. Quizá una copa de agua en el frugal almuerzo, 'y porque nadie puede decir que no a Mithrandir cuando habla con ese tono', suspiró para sí. Una copa de agua, sin color, sin vida. Mientras daba vueltas al anillo de su mano derecha, el agua fue lo que volvió a sus ojos, cálida y áspera.

Parpadeó y borró aquellas lágrimas obligándolas a retroceder.

Pues allí estaba ella, entrando con paso quedo, con el cabello cubierto por un manto oscuro y pesado, sin palabras. Patente sólo en el pequeño espacio por el que se deslizaba con presteza, pero llenando de pronto el aire a su alrededor con su sola presencia. Llegaba, con el silencio, permanecía a su lado, y siempre estaba allí su mirada clara y honesta. Sin preguntas, sin tensiones.

Le tomó de las manos.



Y allí había traído ella la copa, el ánfora, y el vino aromático que cantaba en la plata al derramarse. Bebió largamente, hambriento y agradecido. Y su sonrisa. Y la sonrisa de ella, hundiéndose en el vino como una especia, viniendo para arrojar luz en el carbón pulido de las murallas y en el espectro denso de la muerte.

Sus manos blancas estaban frías.

Eowyn trató de calentarlas frotándolas entre sí. En las criptas de Rath Dínen el aire siempre estaba helado, tanto, que el agua en que sumergía sus manos cada atardecer amenazaba con cortarlas. Le daba miedo Fen Hollen, la Puerta Cerrada, como si no fuera a abrirse jamás después de haberla flanqueado cada ocaso. Pero en la noche el guardia volvía a abrirle la poterna lateral para que saliera, dejando atrás el cadáver honrado y los miembros ungidos del rey que fue su tío.

Faramir volvió a tomar las manos de Eowyn para atraerla más cerca.

Le dolía saber que hollaba sola las piedras de Rath Dínen, la Calle del Silencio, cada atardecer desde que volviera su hermano, para lavar y perfumar las manos y el rostro del rey Théoden. No era quién para cuestionar sus costumbres, pero rodearse de muertos no parecía la mejor cura para su dolor. Uno de los días ella le confió que después de cantar a los pies de su tío, guardando los aceites y los paños, aguardaba un segundo ante la puerta del pabellón cerrado donde reposaba Denethor. Él no se atrevía a acercarse, no aún. Pero agradecía el gesto de la mujer con un poso de amargura.

A Eowyn aún le daba vergüenza estar tan cerca de Faramir.

Lo veía en escasas ocasiones, yendo de acá para allá, recibiendo viajeros de lejanas tierras, estudiando pesados manuscritos para las correspondientes redacciones de los escribas junto a Mithrandir, paseando largamente con su rey Elessar, comiendo de prisa en los salones laterales del archivo. Sólo muy de vez en cuando cruzaban alguna mirada, algún guiño, o podían intercambiarse un saludo.

No había luna aquella noche. Aun así, Faramir vio las estrellas reflejadas en los ojos de la dama de Rohan.

Y él había preguntado, en uno de aquellos rincones sin nombre, en uno de aquellos momentos sin tiempo. Y ella había concedido. Él le prometió volver siempre, desde los lugares más remotos, al hogar que crearían juntos. Y ella le prometió una copa llena cada vez que regresara a su lado. Aquella noche la muralla brillaba cual si fuera de nácar bajo la luna llena. Parecía que el día se apoderaba también de las noches. Después vino de nuevo la oscuridad.

Pero ahora tenían presente la esperanza de un nuevo día.

Compartiendo sus soledades, sabiendo cada uno de las ausencias del otro. Faramir, sin padres y sin hermano. Eowyn, huérfana por vez segunda. Los dos, recién arrancados de las garras de la muerte. Sus angustias se encontraban para remansarse como las olas en las altas quillas de los barcos. Y ambos se topaban con el otro, torpemente al principio, con entrega un segundo después. Hallando calor para sus corazones huecos, comprensión en su aislamiento, amor en su desgracia. Fuerza donde lo más fácil hubiera sido rendirse al vacío.

La piel de Eowyn se templó al ritmo de los besos hambrientos del soldado.

Besos con sabor a sal, a lágrimas no derramadas. Besos con el calor que sólo un corazón guerrero puede encender. Y a él los labios de su amada se le antojaban golondrinas, cálido reposo, enigma por resolver.

— Sé que ella le dijo que sí.
Eomer se recostó en el muro, tras la reja de la enredadera, agitado por lo que sus ojos habían contemplado. No sabía qué pensar. Aquel aparente paseo por las murallas a medianoche se había revelado en una extraña sorpresa.
— Es mi bien más preciado — contestó con aspereza.
— No — respondió Elessar, cruzando los brazos —. Ahora es el suyo.
Eomer frunció el ceño. La tormenta de su corazón no dejaba de rugir.
— Entonces no hay más que hablar, supongo — concedió a regañadientes —. No sabes cómo se las gasta mi hermana cuando le llevan la contraria.


(imágenes de Ted Nasmith y de Enke Katrin-Eissman)

Findûriel

jueves, 23 de abril de 2009

Con el corazón en Villalar

Sí, señores, de nuevo es 23 de Abril. Día de muchas cosas, oh sí, pero también

Día de Castilla y León.

Hoy se conmemora el ajusticiamiento de Bravo, Padilla y Maldonado en la plaza de Villalar de los Comuneros, poniendo remate a la rebelión Comunera contra Carlos I.

Día de la comunidad autónoma más grande de Europa (en extensión, no quiero pecar de ególatra). Día del reino que dio nombre a la lengua oficial de todo el estado. Día que trata de sacar de la oscuridad y el silencio a los ciudadanos de una comunidad autónoma (malhecha en la constitución de 1978) que nunca dicen nada y que prefieren no salirse de sus quehaceres cotidianos.

Porque sí, amigos, saliendo fuera de mi casa me he encontrado actitudes de todo tipo. Desde el que ha visitado mis tierras y ha hollado las mismas calles que los mejores escritores de nuestra historia literaria con los ojos de un turista cultural; hasta la gente que nunca ha estado por aquí pero que ha oído hablar de las figuras malvendidas de un márketing erróneo; e incluso aquellos que nos odian sin conocernos.

Sí, odio. He encontrado gente que nos achaca los males que emanan del gobierno central, que extienden su aparente 'amenaza' a todo el mundo castellano, desde las altas cúpulas hasta la viejita que toma el sol en el enlosado. El castellano es una amenaza, alguien que vendrá como el coco por la noche a chuparte los tuétanos. Alguien que lo único que quiere es despojarte de tu lengua, tus tradiciones, tu modo de vida e incluso de tu casa porque él es así, malo desde el nacimiento.
Porque a los niños castellanos desde que nacen les enseñan que todo lo que no sea castellano es malo, que el resto de culturas que nos rodean son nuestros enemigos, que lo único que quieren es aniquilarnos. Que además hay que parasitar a los demás porque tienen más dinero que nosotros, y vivir a sus expensas. Que el yermo que nos rodea hay que conservarlo para blandirlo como muestra de nuestra pobreza, para que los que trabajan nos mantengan. Que tenemos que aplastar las demás lenguas que hay, porque la nuestra es más chachi, e incluso tenemos que exigir allá donde vayamos que los demás hablen castellano hasta cuando nadie los oye.

Quizá las personas que piensan eso deberían revisar su propio sistema de valores, su propia educación y su propia manera de ver el mundo, pero cambiando Castilla por sus términos personales. A lo mejor la ecuación les sale rana.

No comprendo cómo alguien, sin conocerte siquiera, puede pensar esa cantidad de barbaridades sólo porque eres castellano. Me sorprendió de un modo desagradable descubrirlo. Soy castellana, y a mucha honra. La historia que me rodea es digna y polifacética. La cultura que me rodea es fuerte, arraigada, honrada y honorable. Pero no la uso de bandera ante las demás culturas, no avasallo jamás con ella a nadie ¿Por qué hay gente que cree que sí sin que haya salido una sola palabra de mi boca?

Y este año, como todos, nadie se acordará de que hoy es el día de Castilla y León. Si no se acordó ni siquiera Zapatero en su discurso de cambio de ministerios... él que es Castellano Leonés, dijo que Chaves dejaba el gobierno de 'la comunidad más grande de España'...

En fin... hoy es día de cantar 'Castilla, canto de esperanza'.



PD: me niego a que este post se use como campaña política, lugar de confrontación o que se malinterprete. Hablo de experiencias propias, no de cantidades absolutas. Mi palabra no es ley. Tan sólo quería expresar ese fenómeno del odio, que me entristece profundamente.

domingo, 19 de abril de 2009

I Mereth Tol Andaer

¿Os lo vais a perder?

jueves, 16 de abril de 2009

Distancia

distancia

(Del lat. distantĭa).

1. f. Espacio o intervalo de lugar o de tiempo que media entre dos cosas o sucesos.
2. f. Diferencia, desemejanza notable entre unas cosas y otras.
3. f. Alejamiento, desvío, desafecto entre personas.
4. f. Geom. Longitud del segmento de recta comprendido entre dos puntos del espacio.
5. f. Geom. Longitud del segmento de recta comprendido entre un punto y el pie de la perpendicular trazada desde él a una recta o a un plano.


Hay muchos tipos de distancia.

La distancia física que, como decimos en mi tierra 'no jode pero atormenta'. Puede remediarse de forma pendular, o de forma permanente (por un acercamiento prolongado o un final cartesiano). En la era de la comunicación y los transportes que vivimos no es insalvable, es más, muchas veces es incluso una elección voluntaria. Puedes ver cómo crece tu sobrino a través de una webcam, o hablar con tus padres por skype mientras vives en otra ciudad, otro país u otro continente. Otras cosas no se transmiten por internet, otrora, no podemos hacer llegar a los demás el olor de nuestra piel, el sabor de nuestros labios o el calor de nuestras lágrimas.

La distancia temporal es un tema curioso. Sobre todo cuando hablamos de 'choque generacional'. Por muy actuales que parezcan las personas, siempre hay detalles de su línea temporal que tarde o temprano chocarán con la tuya. E incluso nosotros mismos, con aquellos que llegan, tendremos nuestros más y nuestros menos y repetiremos ciertos cánones aunque hoy en día nos parezca imposible.

La distancia también puede ser emocional. Puede darse entre personas lejanas también en el plano físico, o entre personas que se ven, hablan o se comunican todos los días. Uno labra el campo para encontrarse con que quedan piedras escondidas en los surcos, y no se da cuenta hasta que ve los lugares que quedan yermos entre las umbrías hojarascas. La distancia emocional más difícil de salvar es la impuesta por la propia persona.


Porque... ¿es acaso lícito tratar de salvar la barrera que alguien eleva ante la lucha contra la muerte? ¿Está bien intentar apoyar a alguien que ha pedido explícitamente que se le deje en paz? ¿Cómo alcanzar a aquella criatura que se contrae ante el sentimiento de felicidad o de plenitud, cuando se le ha negado la tranquilidad anteriormente?

Por otro lado, ¿cómo expresar que quieres cercanía, que necesitas a los demás seres humanos para tener calor a tu lado? ¿Cómo salvar el pánico, el dolor, la angustia, y pedir un poco de amor? ¿Es egoísmo, es desesperación, es autocompasión, es debilidad, es cobardía, decir que necesitas?

¿Cómo paliar el desamparo?

Findûriel.


Llueve sobre los girasoles...


... y nieva sobre los tulipanes. El Medio Punto, La Granja, 11-IV-09