viernes, 30 de abril de 2010

Turning back time

Hoy me ha ocurrido algo muy curioso. Caminando para coger el autobús a la salida del trabajo, me he topado con Raúl, mi primer novio. Sí, así como lo oyen, el primer novio que esta que les escribe tuvo en la vida. Yo tenía 14 años, él 15. Íbamos al mismo curso de la ESO (experimental, por aquel entonces), pero a clases diferentes.

Peculiar fue la forma que tuvo de pedirme que saliera con él. Y peculiar fue también nuestra relación, así como peculiar fue la ruptura.
Es curioso que, viviendo en una ciudad de tan sólo cinco diez miles de habitantes no nos hayamos cruzado ni una sola vez desde la última vez que lo vi. Y va para los quince años que no nos veíamos. Sin embargo, yo creo que a ambos nos ha aflorado una sonrisa cuando nos hemos reconocido y nos hemos dicho adiós. Él tenía prisa y yo también, así que hemos hablado unos escasos cinco minutos de todo un poco, poniéndonos al día en lo laboral y lo académico. Nos hemos emplazado al próximo encontronazo, pero de verdad que me gustaría encontrarme de nuevo con él y poder compartir un café y una conversación.

Parece mentira que hayan pasado quince años desde que nos vimos la última vez, y en unas circunstancias no muy agradables. Pero los años nos los hemos echado a la espalda y, aunque fuera breve, la relación que mantuvimos nos ha dado como para notar calidez de complicidad en el trato, hablando del curro, de los estudios, y de su faceta como fotógrafo.

Hace quince años... ufff, casi ni me acuerdo de las cosas que hacía. Era la mitad de la edad que tengo ahora mismo. Es como si le preguntáramos a una octogenaria qué hacía a los cuarenta. En la época en la que salí con él, aún era bastante inocente aunque comenzaba a crear mis armas y mis opiniones cobraban peso. Leía como una cosaca, estudiaba como una campeona, y encontré en el aula de al lado a la que, aún hoy, es mi mejor amiga. La vida se dividía en aficiones y obligaciones de un modo más equilibrado que en la época adulta, y todo parecía suceder más deprisa y con menos tiempo para reflexionar.
Yo lo he visto con menos pelo, igual de nervudo, igual de blanco, con la sonrisa igual de franca. Él me habra visto más gruesa, con el pelo mucho más corto, y espero que le haya traido el encuentro a la mente algún recuerdo grato. Como los paseos a la luz de la luna o el poema de Neruda que me escribió con sumísimo cuidado en letras de molde, con la mala letruja que tiene este hombre... Me gustaría volver a verlo para decirle que aún lo conservo, junto con la foto que me regaló.

No sé, algo bueno debo haberle hecho al mundo para que me dé hoy esta sorpresa.

sábado, 24 de abril de 2010

¿Por qué estamos aquí?

Escribí este mini relato ayer en un ratito, entre cliente y cliente, para enviárselo a un amigo que está de mereth. Terminó siendo leído, como yo deseaba, por otro gran amigo.

Espero que os guste, y que os diga alguna cosa.

(nota: no tiene mayúsculas aposta)

¿por qué estamos aquí?

sí, claro, nos lo encontramos sin querer. vinimos por casualidad. o no, quizá lo buscamos, quizá estuvimos mirando si había algo que nos valiera.
a lo mejor alguien nos habló de este sitio antes, y nos picó la curiosidad.

y entonces entramos, y todo estaba lleno de luz, de colores, de risas, de cantos y de manjares. ah, sobre todo de manjares.

nos pusimos morados. literalmente. no, más bien literariamente, eso, literariamente. comimos primero a pellizquitos, degustando un poco de aquí y otro poco de allá. algunos de los alimentos nos hicieron grandes, otros nos encogieron hasta que los demás parecían templos, panteones, rascacielos.
más tarde comenzamos a engullir, y a la vez también tratábamos de compensar el banquete. dejábamos caer una galleta en la fuente de ponche, o poníamos un pan a calentar en el horno. se nos ocurrió hacer una tarta para ponerla en el expositor y que todos pudieran probarla. también creamos mezclas, maridajes, experimentos.

un rato después comenzamos a sentirnos llenos. y nos movimos con más lentitud, disfrutando quizá con más deleite de cada bocado. buscando su aroma antes de paladearlo, recreándonos en los matices de su textura y en lo delicado de su presentación.
pero aunque nos guste tanto el banquete, de repente las cosas nos dejan de saber tan buenas. quizá porque esa tarta tiene forma de nenúfar, y te recuerda a aquella vez que casi te ahogas siendo un crío. o quizá porque antes de acercarte a la bandeja de queso has reconocido a un personaje que en el pasado habló a hurtadillas de tus crèpes suzette como un refrito de otra receta.

y empiezas a dejar de comer.

la sala de banquetes hoy parece vacía cuando empujas la puerta. tampoco puedes encontrar la luz. pero tienes hambre, así que buscas a tientas y pruebas algo. la delicia te inunda la lengua, y sabes que es exactamente lo que necesitabas. calienta y refresca, enerva y alivia. fantástico.

echabas tanto de menos estos manjares que aun a oscuras te saben a gloria. saliste de esta habitación buscando otras salas, y te atrapó el trabajo, la familia, la devoción, los mundos paralelos, el cansancio, la enfermedad, o quizá los nenúfares y tus crèpes. pero saboreando, degustando, paladeando, se te viene encima la nostalgia, y te brota una tímida lágrima en el borde del párpado.

y alguien trae una vela. y otra persona un candil. y encuentras más gente comiendo en lo oscuro, sin un susurro, sin un suspiro, y todos con la emoción temblando en el lacrimal. y de nuevo vuelve la luz, quizá más tímida y menos brillante de como la recordabas al entrar por vez primera, pero la luz de un hogar, y del conocimiento del que tenías tanto hambre en tu mundo de ruedas. por él te dejaste llevar por los pasillos, de vuelta. él te trajo de nuevo al gran salón.

te miras las manos. ya casi no queda nada de la preciosa tarta de nenúfar que estabas comiendo, a tientas, en lo oscuro. y te das cuenta, con tristeza, de que la comida siempre ha sido igual, la luz siempre ha sido la misma. y ahora no sabes por qué te marchaste.

bienvenido de vuelta a casa. las mesas están repletas.


El banquete de bodas, de Tintoretto

jueves, 15 de abril de 2010

¿Por qué?

Con lo que quería yo a mi blog... página puñetera en la que escribía algunas veces hasta dos entradas al día. Página que llenaba con mis curiosidades, mis descubrimientos, mis inquietudes intelectuales. Página que me obsesionaba en continente y contenido... pero que siempre terminaba con las ideas más locas y el mismo aspecto inmaculado.

Página de más de 400, pocas más, pero con textos ajenos, textos compartidos, textos propios. Crónicas, estudios, interpretaciones, relatos. Página propia, pero que hoy en día siento como ajena.

Podría ser el Facebook... pero no lo creo. Escribo la misma cantidad de cosas pre y post facebook en mis cuadernos, mis mensajes cortos, mis emails y mis libretas (también en mis cartas postales).
Podría ser el trabajo... pero trabajar nunca me ha impedido escribir en el blog. Si no me lo impidió estudiar, que era más infernal que el trabajo ¿por qué debería hacerlo un tiempo efectivo en el que hay diversas lagunas utilizables para el desarrollo personal, y en el que el tiempo libre es VERDADERO tiempo libre?
Podría ser que no me han pasado cosas... pero eso es mentira. He cambiado de cabello, de trabajo, de inquietudes, de horizontes y hasta de zapatos en este lapso. Me he aficionado a las ball jointed dolls con dos criaturas físicas a mi cargo, he cantado y presentado, he viajado mucho, he impartido conferencias, he organizado eventos, he leído más, sé más y lo sé mejor, he ganado amistades, he perdido colegas, tengo más polvo y más libros en la estantería. Ahora me inquietan otras literaturas, otras músicas, otras estéticas, otros hobbies, otras culturas. He perdido seres queridos en las garras de la muerte, he visto sucumbir a otros a la desesperación, y también han nacido nuevas criaturas llenas de olor a vida.
Podría ser que no escribo tanto... pero no es cierto. Lo guardo todo para los días lluviosos, pero que no lo muestre no quiere decir que no lo haga.

El caso es que no lo sé. Hay tantas cosas que he descubierto, y tantas que he olvidado, que necesito volver a casa. Al jardín donde esperaré, como siempre esperé, a la primavera.

La de polvo que tiene el sillón, madre mía...