lunes, 29 de noviembre de 2010

Meeting England (IV)

Llegamos al tercer día de estancia en las Islas Británicas, y habíamos decidido dedicarlo a visitar Oxford. Esa mañana me desperté bastante peor que el día anterior, daba penita verme (por favor, no tengáis muy en cuenta mi rostro en las fotos), pero tomamos el metro y nos fuimos a Paddington Station a por el tren.
Por cierto, la línea circular había tenido problemas por la rotura de un cable eléctrico, así que nos dio tiempo de sobra a terminarnos el café en la estación y mirar las perezosas palomas que buscaban migas en el andén. Ese día cogimos el metro en Queensway, una estación a la que puede accederse de dos formas: con ascensor o por las escaleras. Como esa vez bajábamos, tomamos las escaleras.
Había una escalera de caracol de más de cien peldaños sin descansillos. Francamente divertida :)

Hay dos formas (si no tienes coche o no quieres hacerlo a pie, como los trekkers) de llegar a Oxford desde Londres: con autobús o por tren. El autobús es mucho más barato que el tren, pero yo me mareo horriblemente en los autobuses y Guillem no concilia el sueño en los mismos (Guillem, en los viajes, duerme. Siempre. Se pierde muchas cosas por ello, pero es incapaz de mantenerse despierto), así que elegimos el tren. Creo que fueron tres o cuatro estaciones nada más lo que tuvimos que recorrer hasta Paddington, incluso comprobamos en el mapa que, si volvíamos muy tarde, podíamos llegar a pie sin problemas hasta el hotel.

La estación de Paddington es tremendamente bonita. Es de esas estaciones antiguas que se han renovado sin perder su scent, donde esperas ver a las damas victorianas con su sombrero de plumas de avestruz sacar el pañuelo de encaje del bolso para decir adiós al traqueteante tren de madera y vapor.

Paddington Station

El trabajo previo de documentación corría de mi cargo, pero como estuve tan malita los días anteriores al viaje, no soportaba estar demasiado tiempo delante de la pantalla, así que íbamos con las 'manos vacías'. Fuimos primero a comprar los billetes (20 pounds each return ticket) y después buscamos una tienda de revistas. Allí compramos una mini guía de Oxford, más que nada para orientarnos (al final Guillem la hojeó un poco y se quedó dormido con ella en las manos, el muy gañán, sin dejármela ver más que un poco). Al salir de la tienda hallé algo ma-ra-vi-llo-so...

¡El osito Paddington!

Jolines... os prometo que se me encogió el corazón de emoción. El Osito Paddington era una de mis series favoritas de la infancia, e incluso creo que tuve algún libro suyo. Claro, la estación de Paddington es donde lo encuentran, con la maleta y el cartelito de 'Por favor, cuiden de este oso. Gracias' que llevaban también algunos de los peluches y figuras del carrito.
Allí había de todo: peluches, libros, straps, pañuelos, cuadernos, pins, estatuas, ¡mermelada del osito Paddington! (porque a los osos les gusta la mermelada, y no olvidemos que Paddington viajó todo el camino desde Perú sólo comiendo mermelada...)
En fin, que de lo que más me arrepiento del viaje es de no haber comprado algo en ese puesto... ay, el osito Paddington, con su gorro y sus botas de agua, y la trenka o chubasquero azul...


Hallamos nuestro andén y nos subimos, teniendo en cuenta esta vez el sentido de la marcha inglés. Guillem se aplicó a la lectura y yo a los caramelos de hierbas y la medicina, para la que pedí un vasito de plástico al hombre del carrito de bebidas.
Eso es otra cosa que me sorprendió bastante de los trenes ingleses (lo había visto también en el Express del aeropuerto a Londres), que hay personas llevando un carrito de punta a punta del tren, como en los aviones, con bebidas (incluso calientes, como café o té), aperitivos, bollería, chuches, etcétera. Aquí la mayoría de trenes de media distancia no tienen ni siquiera máquinas de autoventa, y sólo son los de largo recorrido los que tienen cafetería.

Me dediqué a intentar retener la medicina en el estómago y a observar la verde, vasta y maravillosa campiña inglesa durante los escasos 40 minutos que tardó el tren en dejarnos en Oxford, tras dos paradas antes de bajar (una de ellas Reading, donde espero ir antes de morir o hacerme huraña al festival de música).

Hacía muy buen tiempo al llegar a Oxford, y la ciudad olía a prados mojados y a leña dulce. La primera impresión, al bajar del tren, fue muy buena. Las piedras me sonrieron, el aire me dejó ahíta, el verde y ocre de los árboles me saludaron con entusiasmo. Y no hagáis bromas con la medicación, que aunque era fuerte no me produjo ningún tipo de psicotropía.

Según nuestro mapa, si tomábamos la calle de enfrente a la estación y seguíamos recto, terminaríamos desembocando en Broad Street, donde estaba marcada la oficina de turismo. Caminamos a paso calmo y simpático por las calles, descubriendo pequeñas joyas en cada rincón.

El Oxford Retreat. Aquí me retiraría yo.

Los edificios eran un auténtico placer visual, paladeamos Oxford con calma porque sabíamos que volveríamos en un futuro. Como yo no podía caminar mucho rato, lo hicimos todo con parsimonia, dejándonos encandilar por la ciudad.
Vimos multitud de personas en bicicleta, y carteles que animaban a la gente a usar ese medio de transporte. Y después de caminar unos escasos quince minutos, arribamos en Broad Street, intuyendo a lo lejos la 'i' universal de 'Información turística'.

Broad Street a lo lejos.

Broad Street más de cerca. Peatonal y para el paso de bicis. En la acera de la derecha se ve la 'i' de información turística.

Me he convertido en una turista bastante exigente con este tipo de servicios (deformación profesional) y he de decir que quedé bastante satisfecha con el servicio prestado en esta oficina. Lo primero que queríamos, siendo conscientes de que enseguida se haría de noche, era visitar el cementerio de Wolvercote. Muy amablemente, la informadora nos contó que no había un 'Cementerio de Wolvercote' propiamente dicho (cementerio propio de la localidad de Wolvercote), sino que había un cementerio al norte de la ciudad que recibía ese nombre. Nos facilitó un mapa de los autobuses, y cuando nos lo estaba explicando, se acercó otra informadora con la pregunta clave 'Vais a visitar la tumba de Tolkien, ¿no?'
Nos dijeron que cualquiera de los números 7 y 5 nos valían para subir, que en cuanto pasáramos la primera rotonda tocáramos al timbre de parada. El bus se tomaba muy cerca, al lado de la iglesita que habíamos visto al llegar.

Cementerio de la iglesita de St Mary Magdalen. Nótese la cantidad de bicicletas aparcadas...

Esta iglesita detrás tiene el Martyrs Memorial y de ahí parte la calle St Giles (sí, San Egidio xD). Donde estoy con la cámara es donde se cogen los buses para subir St Giles. El bus era carillo (unas dos libras veinte los dos billetes de ida y vuelta) y subimos la calle con el corazón en un puño. Las casitas eran una delicia, y vimos a través del cristal el Eagle & Child y el Lamb & Flag.

Tardamos unos quince minutos en llegar. La experiencia de tomar una rotonda por la izquierda es bastante chocante la primera vez. El bus paraba justo pasada la rotonda, y allí nos bajamos, con la luz mortecina del noviembre de Oxford. No muy lejos, en una farola, un cartelito modesto que señalaba la acera enfrente nuestro: 'Wolvercote Cemetery'.

Las vallas estaban cubiertas de hiedra, y todo estaba en silencio, excepto por algunos gorriones escondidos en las altas ramas de los árboles. A la entrada encontramos un edificio de recepción y un mapa del cementerio. Otro cartel anunciaba orgullosamente que el camposanto había recibido el premio al 'Mejor cementerio de Inglaterra' en dos ocasiones. A los pies de estos carteles, una simple señal de madera, del tamaño de una cuartilla...

El cementerio estaba dividido en zonas, según las confesiones. A la entrada también estaba la zona de enterramiento de los niños, en cuyas tumbas había multitud de cintas de colores, molinillos, juguetes, figuras y adornos. Era muy hermoso, a la vez de triste.

La parte judía del cementerio de Wolvercote.

Siguiendo la limpia vereda empedrada, rodeados del rumor de las hojas y de las gotas de lluvia, se llega a una capilla central y, detrás de la misma, la zona católica.

La tumba de John y Edith Tolkien es más pequeña de lo que me pensaba. Está labrada en granito gris claro, y es muy sencilla. Sobre la tierra, en un espacio de estrato, están plantados un rosal al que, cuando Guillem y yo llegamos, sólo le sobrevivía una semiescarchada rosa amarilla en las ramas casi desnudas de hojas, y una hiedra que escala grácilmente un costado de la lápida.

A los pies, multitud de ofrendas y dedicatorias dejadas allí por los admiradores del escritor. Collares, rosarios, anillos, relicarios, flores, dados, notas, colgantes...



Nosotros queríamos dejar allí una prenda muy especial. Entre octubre y noviembre se celebró el congreso anual de la Sociedad Tolkien Española, la EstelCon, organizada por la delegación de Valencia. Guillem y yo tuvimos el honor y la fortuna de compartir con ellos las labores organizativas, y vivir mano a mano con estos gigantes la experiencia de hacer posible un evento para casi 200 personas en el que la magia flotaba en el aire.
La delegación de Valencia, en términos de la STE, lleva el nombre de Edhellond. Los Puertos Grises, el último lugar de la Tierra Media que pisaban los elfos que partían a las Tierras Imperecederas. Y sus barcos, su enseña, llevaban el emblema y la forma de un cisne...

Estuvimos allí bastante rato, aspirando el aire húmedo del camposanto y emocionándonos en cada recuerdo apegado a la obra de Tolkien. Dos chiquillas también paseaban por el cementerio, y nos habían dejado a solas cuando llegamos. Después, al alejarnos con melancolía, vimos que ellas se acercaban a la tumba.

Se nos había hecho más de mediodía sin sentirlo, eran casi las dos. Tomamos de nuevo el autobús, con el alma un poco más descansada y el ánimo un poco más consolado, y buscamos un lugar para comer. Elegimos un italiano cerca de Broad Street, donde pude volver a tomar mi medicina ya que me estaba poniendo peor.
Aquel restaurante nos enseñó dos cosas. La primera, que cuando en Inglaterra describen un plato 'con un toque ligeramente picante', realmente quiere decir 'españolito, te vas a ir a tu casa con un piercing abrasivo en la lengua'. La segunda, que el sabor del queso frito siempre me retrotraerá a Oxford.

Cuando terminamos nuestra sobremesa, eran casi las cuatro. El cielo se había oscurecido, tanto, que las farolas se estaban encendiendo. Queríamos dar un paseo, pero se había puesto a llover bastante fuerte y yo estaba debilucha, así que el paseo fue cortísimo. Ay, estoy completa e irremediablemente enamorada de Oxford...

Lamb & Flag, pub de la ruta tolkiniana

Fachada del Trinity College


El Sheldonian Theatre, con las cabezas de sus duques

El 'puente de los suspiros' de Oxford

La Torre de Oxford


Patio interior del Hertford College

La Bodleian Library. Una pena que sólo pudieran entrar los estudiantes u.u

St Mary's Church. Entramos dentro, era preciosa. También se podía subir a la torre, pero yo estaba ya sin aliento y decidimos dar un rodeo y que me tomara un té.

Volvimos por Conmarket Street, que estaba toda decorada de navidad, y ya llena de gente porque eran alrededor de las cinco y media de la tarde. Nos dimos cuenta de un dato muy curioso: había, al menos, cuatro sucursales del Banco Santander en Oxford. En High Street encontramos otro que añadir a los que ya conocíamos. Si nos chocó ver uno, imagináos cuatro, y en calles muy próximas.

Carfax Tower. No conseguí que ninguna foto saliera bien, y menos del reloj...

Necesitábamos un sitio donde refugiarnos de la lluvia, tomar algo y calentarnos las manos... Así que nos encaminamos al mítico Eagle&Child, el pub donde solían reunirse los Inklings. Fue maravilloso entrar (aunque sonara música moderna).

Encima de nuestras cabecitas, el contador de pintas y pies que se habían vendido la semana anterior :)

Yo me tomé un Twinnings con leche y Guillem, una cerveza. Aprovechamos para brindar por Tolkien y los amigos ausentes, y hubo un momento de recuerdo para cada uno de los miembros del muy barroco, muy gamberro y muy disuelto smial de Tol Eressëa. Nos acordamos de ellos mucho durante la visita a la ciudad, y yo también me acordé mucho de Níniel, que estuvo allí estudiando inglés una temporadita y contaba cosas muy interesantes.
En la mesa de al lado, tres personas charlaban sobre communicative strategies, y casi se me saltó la lagrimita. Oxford es una ciudad maravillosa, bullente pero tranquila, antigua pero moderna, llena de olores y sabores interesantes, rincones inspiradores y un clima tranquilo y reflexivo de sano estudio.
Quiero volver, y quiero pasar tiempo allí. Ni mi salud ni las cortas horas del invierno le hicieron justicia. Pero Oxford me ha encandilado hasta las venas, y soy suya aunque no lo quiera. Mientras volvíamos en el tren, y en la noche, mientras devoraba mi pizza de speck & rocky, fui consciente de hasta dónde me había calado la hermosa ciudad de Oxford.

jueves, 25 de noviembre de 2010

Meeting England (parte III)

Nos habíamos quedado a mitad del segundo día, debido al pejiguero explorer del portátil de Mallorca, así que reanudamos el periplo por la Pérfida Albión en el Natural History Museum.

Comimos en el mismo museo, ya que teníamos sólo dos horas para todo antes del meeting con SoniucaInLondon, y la verdad es que lo disfrutamos. Los sándwiches estaban de vicio, así como el zumo sin azúcar (por fin, algo adaptado para los diabéticos) exprimido aquella misma mañana, y el bizcocho con plátano del postre.


Esta fotografía no es una ida de olla. Es una de las servilletas de la cafetería del Natural History Museum, y sirve para ilustrar algo curioso que encontramos en Inglaterra.
Consumimos muchísimo agua embotellada; entre que el agua del grifo está repletita de cal, que estábamos constipados (tosiendo todo el rato), y que yo bebo mucho, tomamos agua embotellada de gran variedad de marcas. Bueno, pues todas, y cuando digo todas es absolutamente todas, tenían en la etiqueta un mensaje solidario.

Si compras nuestra marca, diez pennies irán para hacer pozos en Somalia. Si consumes la nuestra, por cada litro de agua llevaremos dos al tercer mundo. La nuestra gasta un 10% de sus beneficios en pastillas potabilizadoras para los lugares que tienen el agua contaminada. Y la nuestra vacuna de la malaria a una persona por botella.
Pero eso no es todo. Por cada café de Starbucks, 15 pennies iban para la lucha contra el sida. Cada hamburguesa del McDonald's, era un lapicero para un niño en una escuela sin recursos. Cada pizza de speck & rocky (qué ricas, las joías) llevaba un acto solidario con Haití.
Carteles solidarios, de reciclaje, de desarrollo sostenible, de reutilizar, de donar, de causas... prácticamente todo lo que compras o consumes (hasta los kleenex del Tesco) lleva su gramito solidario. Que no digo yo que no esté bien, oiga, que está muy bien. Lo que cabe preguntarse es si este buenrollismo no lleva su brizna de sintético. Pero aun así, no dejaba de sorprender.

(Por cierto, mención especial merece la botella de 'agua volcánica'. La etiqueta decía que la sacaban de un cráter de volcán extinguido, y garantizaban un "100% vulcanicity")

Además de solidarios, sabrosos.

Ese señor que veis detrás era el encargado de recoger las mesas y de limpiar las bandejas. No le vimos un mal gesto, un gruñido ni cara de amargado. Fue otra cosa que nos gustó de los sitios que visitamos en Londres: que la gente era eficiente y limpia. La inmensa mayoría de la gente que comía en aquella cafetería no dejaba las bandejas en la mesa, sino que se las entregaba a este señor al irse y él tiraba los desperdicios y clasificaba la vajilla, limpiando la bandeja. Si alguien dejaba la suya, no pasaba un minuto antes de que él la recogiera y pasara la bayeta por la mesa.
Una delicia, vamos.

Nos encontramos con SoniucaInLondon a la salida y ella nos trazó una ruta la mar de interesante. Me quedé con muuuuchas ganas de ver el Victoria&Albert, pero eso lo dejamos para la próxima.

Relativamente cerca estaba Harrod's, pintoresca vista para los turistas más 'snOObs' de Londres. SoniucaInLondon estaba excitadísima con la decoración navideña que ya empezaba a inundar las calles de Londres, y nos llevó a través de las secciones de Harrod's como una bailarina, descubriendo impecables empleados, comida colocada al milímetro, productos exclusivos traidos de la Cochinchina en un carro tirado por bueyes albinos, y la escalera egipcia. He de decir que no deja de ser una visita antropológicamente interesante, pero no olvidemos que la base en la que se sustenta ese recurso es cuanto menos... banal. Es alucinante ver cómo el supermercado de los sueños de toda snob existe, con sus pirámides perfectas de bombones, sus filetes cortados y dispuestos en forma de arcoiris, o la mortadela doblada en forma de rosa. Lo que la típica snob ignora es que los verdaderos Jet no salen de casa para comprar, ni siquiera a Harrod's.

Wellington Arch

Llegamos, bajando por Constitution Hill, a las puertas de Buckingham Palace. La Reina estaba en casa y lo supimos porque, como nos comentó nuestra guía, la bandera de su familia ondeaba en lo alto del palacio. Los aviones pasan bastante bajito sobre el palacio, y relativamente despacio.

En las puertas del chalet de Elizabeth, la segunda de su nombre, reina de los ándalos y los rhoynar...

Como SoniucaInLondon nos dijo que estaba peleada con Charles por no sé qué que ella puso en el facebook sobre sus pabellones auditivos, no nos invitaron a tomar el té en el pisito de él (que estaba un poco más abajo), pero Charlie, siempre tan jovial, nos mandó un pequeño desfile de guardia montada para nuestro solaz y entretenimiento.

Siempre tan jovial... las capas eran una pasada :)

Bajamos atravesando St James' Park (ahí tuve que hacer una parada técnica, porque no podía respirar) y vimos (por fuera, no había tiempo) el búnker del señor Churchill, donde se fumaba los puracos y le hablaba al cuello de su camisa. También vimos el principio de Downing Street, y sólo el principio. Nosotros pensábamos que se podría pasar por delante de la casa del Prime Minister (con su consabida seguridad, of course) o que, como mucho, la casa es la que estaría vallada, pero... la calle entera está cerrada. Con verjas. Según nos contó SoniucaInLondon, la siempre simpática y cordial Margaret Thatcher fue la que mandó cerrar la calle. Es que tenía demasiados amigos y fans y, ya se sabe, estaba harta de flores en los peldaños de casa.
Y al doblar una esquina...

OMG si es el gran Ben :)

Nos hicimos una serie de fotos chachis de rigor, y como nosotros molamos, pues quedaron de escándalo...

Mandatory

Se puede ser más guay, pero... no, no se puede ser más guay :)

Pena que el Parlamento estuviera en obras u.u

Westminster Abbey, el centro del cotarro

Después de quitarnos la espinita con todo este arsenal de importantes monumentos, SoniucaInLondon nos avocó al vandalismo. No a mí, que estaba demasiado asfixiada, pero sí a Guillem. Ocurrió en Trafalgar Square, donde se decidieron a subir al pedestal de la estatua de Nelson y hacerse una foto con uno de los leones.
No se puede subir. No sólo por la 'prohibición', es que tampoco hay escaleras. Intentaron trepar, pero era muy complicado. Al final, unos porrerillos que estaban subidos les echaron una mano y lograron conquistar la estatua de Nelson.

Ojo al tamaño del león... hay cuatro y cada uno está hecho con el metal de los cañones de los barcos del bando vencido.

SoniucaInLondon y sus famosérrimas gafas verdes :)

Pasamos como un relámpago por China Town, donde los indicadores de las calles además de estar en inglés están en mandarín, y nos dirigimos hacia Picadilly con calma porque yo estaba bastante malita y teníamos que ir al West End.
Y de repente... vimos que Leicester Square estaba abarrotada de gente, había cientos de personas, un jaleo relativo, muchos flashes y gente apelotonándose contra unas vallas forradas de plástico y fuertemente guardadas por policía...

What's that fuzz?

Y, ¿qué era? Nada más y nada menos que el preestreno, con las estrellas y todo, de la primera parte de la séptima peli de Harry Potter.

No! Really?

Completely!

Nos vimos de repente en una marabunta friki que además ¡era un frikismo de los nuestros! Si os fijáis en la foto superior, veréis al actor que hace de Profesor Flitwick.
Y vimos a más actores. Bueno, yo los intuí, fue SoniucaInLondon la que, con mi cámara generosamente en la mano e inclinándose sobre la marabunta, logró sacar unas cuantas fotos. Las fotos que hizo son un pedazo de triunfo: estábamos como que en tercera fila, y estaba todo lleno de fans voceadores y empujadores que llevaban, en algunos casos, varias horas allí.

Evanna Lynch, que interpreta a Luna Lovegood

Mi amiguete, mi colega Jason Isaacs

John Hurt, aparición confusa, porque la gente empezó a gritar 'Ian McKelleeeeeeen!' y casi nos da un patatús.

Ralph Fiennes, for God's sake...

En ese momento ella hizo su aparición. Helena Bonham-Carter. Fue la actriz, en el rato que estuvimos allí, que más se acercó a la gente y más autógrafos firmó. Llevaba su aspecto normal, de espantaja fashion. Y entonces ocurrió. Llegó a nuestra zona y se puso a estrechar manos. Sonia la llamó, y alargó la mano hacia ella...


Y Helena, con sus pelos de homeless con dinerito, su sonrisa amarilla y su vestido hipercaro, pasó de ella. Olímpicamente. Estrechó todas las manos menos la suya. Y SoniucaInLondon hizo lo que mejor sabe hacer: ponerle humor. Y le gritó, enmedio del tumulto:

- '¡Helenaaaaaaa! ¡Tó atrezzao Helenaaaaaa!'

(para quien no sepa de dónde viene esto)


Así que, partiéndonos de risa, se nos hizo casi la hora de ir al West End, con lo que tuvimos que decirle adiós al preestreno sin ver a nuestro adorado Alan Rickman...

Así, como quien no quiere la cosa, lo que nos hemos encontrado... Jatetú...

Por el camino, pasamos por Picadilly, con sus neones de Sanyo.

Sigo sin recordar por qué mirábamos al suelo... Ni idea...

Y de ahí, en cinco minutitos, ante la fachada del Queen's Theatre. SoniucaInLondon nos había fabricado un día especial que resultó maravilloso, y encima nos acompañó al teatro.
Como tenía que tomarme mi ración de antigripal-antipirético-descongestivo-demás drogas, fuimos a la cafetería de enfrente a por una botellita de agua después de recoger las entradas que había comprado hacía algo más de un mes por internet, como regalo de cumpleaños para Guillem.
El caso es que los camareros llevaban en los ID banderitas con los idiomas que hablaban, y mientras SoniucaInLondon y yo discutíamos si un vaso de plástico debe llamarse cup o glass (con mis sentidos embotados por la puñetera enfermedad), le dije 'mira, el camarero lleva una bandera española en la ID. Se lo voy a decir en castellano'.
SoniucaInLondon me dijo que no tenía arrestos para decirle una sola palabra en castellano. De hecho, ese camarero se fue a por nosequé y me tocó otro. Pero en su ID ponía 'Carlos' y también tenía una bandera española. Mis palabras más o menos fueron:
'Hola, ¿me darías por favor un vaso de plástico para esta botella de agua? Es que me tengo que tomar la medicina. Muchas gracias'
SoniucaInLondon se había olvidado de que soy Garrinoreana también.

En las puertas del teatro, estábamos más que nerviosos. A la entrada había un puesto de merchandising, pero decidimos dejarlo para la salida. Nuestros asientos estaban en la platea, en la fila tres, y a pesar de que temí que estuvieran demasiado cerca, no fue así. Veíamos toda la profundidad del escenario y teníamos a la orquesta delante.

Guillem salió un momento para hacerse con un programa grande del musical, y yo me quedé en la butaca, asombrada porque la gente estaba comiendo y bebiendo en la platea. Había un ambigú, como en muchos teatros, pero jamás había visto a la gente comer en el teatro, ni beber ¡cerveza! o comer helados en las butacas. Eso sí, muy educada y silenciosamente, pero me chocó.

Tan feliz...

Yo tosí durante el musical. Menos de lo que podría haber tosido, ya que me chuté a base de bien de caramelos y sorbos a la botella de agua, pero estaba demasiado avergonzada por mis toses como para calmarme.
De todos modos, disfruté muchísimo del musical. La escenografía era impresionante, cabe destacar las dos plataformas giratorias (que permitían que el tiempo pasase como en un zootropo, o el cambio rápido de escena); la estructura que sirvió tanto de puente, como de mobiliario urbano, como de barricada; los juegos de luces que convertían la prisión en calle, la calle en hogar, el hogar en cloaca; y las decoraciones interiores, llenas de trampillas por las que se deslizaban los actores.

Yo conocía el argumento, pues leí el libro años ha, pero el musical realmente me conmovió. No voy a citar canciones, porque todas son maravillosas, tampoco voy a citar actores, porque todos estuvieron sobresalientes, pero sí citaré dos momentos en los que la lagrimilla se me escapó de los ojos.
El primero fue la canción 'Castle on a cloud', que me encogió el corazón. El segundo, cuando Javert busca en la trinchera a Jean Valjean y no lo halla, y da la vuelta a la estructura, que se gira con las plataformas... para revelarnos a Enjolras muerto, yaciendo en los escombros sobre la bandera revolucionaria. Ahí se me partió el corazón.

Ah, y el momento epifánico fue ese 'Do you hear the people sing?' que hizo cantar a todo el teatro. Una maravilla.


Mereció mucho la pena la espera, la pelea con la televenta, la lluvia y la tonelada de caramelos para la garganta. Un final de día espectacular.