miércoles, 29 de enero de 2014

Señor Seeger, vine esta noche a matarlo

No era justo.

Se estiró la camisa, hasta que no quedó bien lisa y lucía perfecta. Los botones, como soldados bien adiestrados, trazaban una línea prieta en el centro de su pecho. Comprobó los puños, todo estaba en orden. Ajustó el pantalón, subiendo la parte trasera con un suspiro.
Ahí guardó el arma.

Camino al concierto, miles de pensamientos le atribulaban, como moscas alrededor de la herida abierta de un cadáver. La larga instrucción, las noches de guardia. El viaje hasta aquel país, que le revolvió las tripas y le tuvo de rodillas sacando las malditas entrañas por la boca. El polvo, la humedad, los insectos. El silbido de la jungla. Estaba seguro de que jamás podría sacárselo de la parte de atrás del cráneo.
Las bombas, los temblores. Dar cada paso pensando que quizá fuera el último. La sangre en las manos. La espalda bien firme cuando la bandera pasaba ante uno, con el orgullo henchido y el ánimo firme. Las pastillas. El miedo.
El miedo. Jimmy, ensartado en una bayoneta. La bandera. John, con el cuello abierto. El miedo. August, que siempre sonreía, hundido en el lodo. La bandera. El capitán tardó tres horas en morir. El miedo.

Y, en la vuelta a casa, encontrar aquel jodido comunista con sus camisas de flores y su banjo mugriento, cantando estupideces. Se creía con el derecho de decirle a todo el mundo que sus amigos habían sido asesinados por nada, sin motivo y sin objetivo. Le escupía a la bandera, le escupía a su sangre, le escupía a todo. Maldito rojo de mierda. 


A su lado, en las gradas, había una pareja joven. Ella parecía muy nerviosa y daba saltitos en la silla. Él leía un panfleto, seguramente alguna sucia publicidad soviética, aunque en la portada sólo se veía el dibujo de un banjo.
- Mira, ya empieza.
La zona de butacas, que zumbaba como un avispero con los murmullos de los asistentes, se convirtió en un puro clamor. El hombre era alto como un árbol, y sus nudillos eran nervudos como las ramas de los almendros. Sería un trabajo fácil, mucho donde apuntar y poco que atravesar.

Estaba agotado cuando terminó el concierto. Bajó del escenario, mientras los asistentes le miraban con los ojos brillantes y lo saludaban con la mano. Toshi recogió el banjo de sus manos y lo colgó en un caballete para ponerlo en la funda. Se quitó las dos púas de los dedos.
Alguien se le acercó por detrás. Era un hombre chato, con el cabello milimétricamente corto y el rostro pulcramente afeitado. Le tendió la mano, y él se la estrechó.
- Señor Seeger, vine esta noche a matarlo.
El tiempo se detuvo.


Toshi le había susurrado, sobrecogida, 'tienes que sentarte con él y tenéis que hablar'. Y eso había hecho, sentarse enfrente de aquel hombre, que había venido de un pueblo muy pequeño al norte. Él le habló del barro, del casco, de la sangre, de los amigos perdidos. Del dolor, del miedo. De la bandera. Del odio.
Pero también le contó cómo, según transcurría aquel concierto, iba teniendo menos y menos ganas de matar a aquel gigantón delgaducho, a aquel rojo de mierda. A aquella voz, a aquel banjo, a aquella guitarra de doce cuerdas. Y le habló de la mujer que lo tomó de la mano para ponerse en pie, aunque él no lo tenía planeado, para corear 'We Shall Overcome'. Le habló del puño apretado en el muslo mientras escuchaba 'Waist Deep in the Big Muddy'. Del temblor de barbilla con 'Jacob's Ladder'. De las lágrimas, al fin, con 'Bring Them Home'. De cómo aquellas voces coreándolo habían sido más fuertes que él mismo. Sí, se repetía hacia los adentros con la fuerza de aquella masa, devolvedlos a casa. Traedlos de vuelta. Si de verdad sentís esta patria, dejad de asesinar a sus hijos, y a los hijos de otra patria. Nadie merece morir así.

Así que no, ahora no quería matarlo. Ahora no quería matar a nadie. Y aquel grandullón enjuto y seco, como los cipreses junto a la iglesia, como los altos olmos de las riberas, le tomó de las manos.
Y juntos cantaron, cantaron por las flores que se llevan las muchachas a quienes los muchachos desposan, esos muchachos que son llevados a la guerra para convertirse en cadáveres que llenan los cementerios. Cementerios tapizados en flores.

¿Cuándo aprenderán? ¿Cuándo aprenderemos?


Este relato está basado en un hecho real, acaecido a Pete Seeger al finalizar uno de sus conciertos, cuando aún la guerra de Vietnam estaba en curso.

martes, 28 de enero de 2014

Hasta siempre, Pete

Tantas veces has paseado por estas páginas, que ya eran tu hogar. No puedo escribirte nada, no ahora, todavía no. Es demasiado.

Hasta siempre, Pete.


lunes, 27 de enero de 2014

Disneyland París, día 4 - À tout à l'heure!

El último día que pasamos en Disney fue, en cierto modo, un proceso de recogida, de recomposición, de comodidad y de falta de pretensiones. Nos despertamos a las siete y media, y ya habíamos hecho 'la maleta de los regalos', 'la de la ropa' y 'la de un poco todo', sólo a falta de los pijamas y los últimos flecos. Había sitio por si queríamos comprar algún regalo o capricho más.
Bajamos a desayunar con tranquilidad, sin cámara y en completo relax. Minnie nos saludó y abrazó en el salón, con sus zapatitos amarillos de tacón. Tras el desayuno, fuimos a por nuestras cosas a la habitación, dejamos las maletas en consigna del Club, y caminamos con calma hacia los parques.
La verdad es que nunca me han dolido las piernas tanto como me dolieron la tarde anterior, así que íbamos con tranquilidad, y con ánimo de respirar con más parsimonia nuestras últimas horas en Disney.

Hice un poco de recuento mental de las cosas que aún no había fotografiado, y fui tachando mentalmente las casillas de 'pendiente'.
Volvimos al Buzz en las Horas Mágicas, y entramos en un suspiro. Fijáos sin había poca gente, que pude pararme a hacer fotos sin problema.


Buzz explicando la amenaza de las tropas de Zurg

La pizarra de Telesketch es la caña
 Un autómata bien chulo, con unos movimientos muy naturales y sin nada de ruido mecánico. Señalamos el hidden Mickey del planetilla del mural, y nos lo pasamos pipa disparándole a las Z. Tripliqué por tercera vez mi puntuación, pero lo malo es que Guillem también triplicaba, así que no le pude ganar. Sucio comanche.
Nuestras intenciones de volver a montar (y fotografiar) en el Star Tours se vieron empañadas por los 40 minutazos de cola, aun con FastPass. Nos contentamos con comprar una camiseta exclusiva de Disneyland París de la Jedi Academy y, cuando pagamos, nos enteramos de que la chica era española. Concretamente, de Segovia, ¡sacre bleu!

Caminamos de vuelta hacia Fantasyland para cumplir uno de mis sueños: montar en el Carrousel du Lancelot. Bueno, cualquier carrusel que admita adultos es una oportunidad de hacerme feliz.


Una de las fotos que me quedaban pendientes

La Fontaine de Cendrillon, otra pendiente :)
El carrusel va suavito, suavito. Es una gozada volver a montar en un caballito que sube y baja, rodeada de todas esas casas de cuento, los olores dulces de las pastelerías, la suave niebla acariciándote el rostro, los colores y las luces bordando el aire... regresar de nuevo a esas inocentes diversiones de la más tierna infancia.
Hicimos alguna que otra concesión a nuestra alegría, cantando La carga de los Rohirrim mientras 'cabalgábamos', bailando por las calles con la música ambiental, parándonos a mirar una lámpara en forma de calabaza o buscando los mejores rincones para descubrir secretos. Estar en Disney es eso, pender en el encanto continuamente. Cuando le comentamos a la empleada segoviana lo bien que nos habían tratado en todos lados, ella nos contestó 'Claro... ¡es que esto es Disney!'.

Como aún era pronto, aprovechamos para volver a la guarida del dragón e intentar nuevas fotos hechas con más tranquilidad.





Paseando, decidimos entonces volver a los estudios para ver las tiendas, porque el primer día no habíamos entrado a casi ninguna. Además, estaba segura de que Guillem se había quedado con ganas de comprar una figura en especial, así que entramos al estudio 1 y se la compró. Fuimos despidiéndonos quedo, quedito de los parques de vuelta al hotel, donde recogimos las maletas (después de una espera un poco larga) y tomamos el bus hacia Orly.

Nos bajamos en la terminal correcta por casualidad, y sufrimos un poco la desorganización de Air Europa para nuestro vuelo. Cuando hubimos facturado maleta grande+paquete de Guillem, nos sentamos en una Paul y me comí un magnífico Montagnard del que mi chico heredó el tomate. Uno de los mejores bocadillos que he comido nunca. 
El vuelo fue corto... la verdad es que nos dormimos. Y a la vuelta nos esperaba una Mallorca nocturna con una temperatura agradable y una casa calentita con edredón de plumas belga (adoro ese edredón).



Así que, en definitiva, este viaje 'curativo' nos ha venido de perlas. Nos hemos divertido, hemos bailado, hemos gritado, nos hemos emocionado y nos hemos sentido, en todo momento, atendidos y contentos. Me he traído una tonelada de fotos de vuelta, así como un peluche, una muñeca, una figura y una preciosa bola de nieve de Cenicienta.


Ya hace compañía a las dos Ever After en la vitrina


¿Volveríamos? Sin dudarlo. Con algo más de experiencia, con ganas de ver lo que nos perdimos por mantenimiento, y también atreviéndonos a montar el viaje por nuestra cuenta.

Disneyland París, como ellos mismos te deseaban al despedirse, fueron 'días mágicos'. Y no le decimos adiós a la magia, sino 'hasta luego'.

Hasta la próxima, Disneyland París.

martes, 21 de enero de 2014

Disneyland París, día 3 - DisneyWorld

Las Horas Mágicas... qué gran acierto.

Las Horas Mágicas son dos horas extra que obtienes si te alojas en los Hoteles Disney. Significa que puedes disfrutar de dos horas extra de apertura del parque Disneyland por la mañana (en vez de entrar a las diez, entras a las ocho) y puedes ver parte del parque y muchas atracciones con una cantidad de público bastante reducida.

El primer día en que nos beneficiamos de las Horas Mágicas nos levantamos bien prontito. En el lounge nos esperaba Goofy, y nos dio tiempo a hacer un poco el tonto en las fotos, ya que los papás con niños muy pequeños suelen levantarse más tarde. Después rodeamos el lago, pasando por delante del Hotel Nueva York, que sigue con la pista de hielo activa y decorado de navidad, y cerca del globo sobre el agua.



Al entrar fue una verdadera gozada, ya que pude hacer fotos sin problemas a un montón de sitios que después se llenan de gente. Por ejemplo, Guillem pudo hacerse una foto con Excalibur, y yo con la carroza del Auberge de Cendrillon.
Lo primero que hicimos fue evitar Main Street, que ya habíamos visto por encima, y nos desviamos por uno de los pasajes cubiertos laterales: Discovery Arcade, donde se exponen reproducciones de carteles y fotos de finales del siglo XIX, y prototipos auténticos de inventos de esa convulsa y fructífera época. Inventos tales como el lanzador de sacas de correos, la máquina de coser, el caballo balancín o el vaciador de vasijas.


¿Podéis ver al Hombre de Vitruvio en las ménsulas?
Atravesamos Main Street, Central Plaza y el castillo para llegar a nuestro primer objetivo: Fantasyland.

Como veis, hacía un día espléndido
Chulo no, chulísimo
Más adelante os contaré cómo fue la esperada visita al castillo, pero primero os hablaré de Fantasyland, todo un deleite para los aficionados al mundo de faërie y a los cuentos populares europeos.








En Fantasyland visitamos varias atracciones, las dos primeras eran atracciones que leí que se atestaban más tarde. La primera fue Peter Pan's Flight, y nos gustó tanto que acabaríamos montando una vez más antes de marcharnos, usando un FastPass.
La atracción es preciosa. Los carros en los que vas montado son barcos de cuatro plazas en dos filas y, literalmente, vuelas en ellos. Primero entras volando en la habitación de Wendy, Michael y John que ya está vacía, con la pobre Nana tirando de una mantita con los dientes. A través de la ventana abierta, salimos al cielo de Londres, cuajado de estrellas y bajo el que podemos contemplar el Puente, el Big Ben, e incluso las luces de carros que pasan allá, a lo lejos. Una delicia.
Después surcamos el cielo nocturno y, en la segunda estrella, giramos a la derecha... y ahí aparece Nunca Jamás, con su poblado indio, su árbol de los Niños Perdidos y su barco del Capitán Garfio. Girando y navegando a merced del viento, volaremos cerca del barco pirata donde Garfio y Peter luchan y los niños se hallan secuestrados. También sobre el poblado indio y junto a las sirenas... para volver de nuevo al mundo al final del viaje.
Una atracción suave y hermosa, que siempre invita a repetir.


¿Veis el cocodrilo?
La segunda atracción más visitada de Fantasyland, y que vimos a continuación, es un clásico: el vuelo en Dumbo. Pobre elefante orejotas, del que todo el mundo se burlaba... los brazos hidráulicos te permiten una vista preciosa de esa zona del parque, por sobre el carrusel de Lancelot y las Tazas Giratorias del Sombrerero Loco.

Dimos una vueltecita maravillándonos en los escaparates y los nombres de las tiendas (como la confitería de las tres hadas, Sir Mickey's o el Taller de Gepetto) y tratamos de acceder a otro clásico: It's a Small World. Pero estaba cerrado, se ve que no podía visitarse en las Horas Mágicas (también vimos que Adventureland estaba cerrado esas horas) así que decidimos dar una vuelta por el Castillo de la Bella Durmiente.
Al ascender por las escaleras, hay que resistir la tentación de salir al balcón (al que se accede por la izquierda) y dar la vuelta al corredor para disfrutar del relato de este cuento. Creo que es la película de Disney que más veces he visto, cuando era pequeña teníamos un vídeo comunitario en la urbanización y a ciertas horas se reproducían películas para todas las casas.
Bueno, pues quien compró 'La bella durmiente' me hizo tan feliz que, a veces, la veía varios días seguidos.




La rueca giraba sin parar...

... y el tapiz brillaba cada cierto tiempo

Las armaduras roncaban y cabeceaban
Vistas desde el balcón del Castillo de la Bella Durmiente
La guarida del dragón también estaba cerrada... así que volvimos a cruzar Fantasyland para entrar en el peculiar Laberinto de Alicia. Nos lo pasamos genial y logramos que la reina no nos cortase la cabeza, ¡por un pelo!





Martilleaba al acercarte


¿Será por aquí?

Nos habló en castellano, pero... no nos dijo por dónde se salía.

Giant Chesire Cat!

¿Por aquí? ¿O por allí?

¡Que nos corten la cabeza!

Por fin tomamos el castillo

La Reina de Corazones tiene unas pedazo de vistas desde el castillo, eso sí
Entramos seguidamente en It's a Small World, que fue bastante entrañable (también terminamos repitiendo el último día), y creo que más de uno se llevó un susto con el grito que pegué cuando vi la parte de España en la que había (cómo no) unos flamencos... ¡en el Alcázar de Segovia!

Nos dimos cuenta entonces de que había una horda de personas enfilando una dirección en concreto: Adventureland estaba abierta al fin.


Ahoy, mateys!
La primera atracción que visitamos estaba recomendada por varios foros, leí que solía ser de las que más cola tenían en horas punta. Así que amarramos bien las jarcias y bregamos hacia Piratas del Caribe.



Una atracción bastante divertida, sobre todo la parte de los órganos desafinados y los esqueletos piratas de la cueva del tesoro. Hay un guiño muy gracioso a Garfio y Smee. Tiene dos bajadas inesperadas que son bastante emocionantes, e incluye el asalto a un fuerte español. Mucho inglés haciendo cola, daban ganas de gritarles que si la atracción les gustaba porque eran unos sucios piratas históricos. Fue de las que repetimos el último día.

De Adventureland, teniendo en cuenta que la montaña rusa de Indiana Jones estaba cerrada, lo que nos quedaba era caminando. Nos acercamos a la Isla de la Aventura, trepamos a la cabaña de los Robinsones, atravesamos el puente colgante, buscamos en las cuevas los escondrijos de los piratas, y nos lamentamos amargamente porque el barco pirata tuviera una altura máxima permitida (es para niños pequeñitos... vaya fastidio).






No se privaban de nada, ¿eh?


Madre mía qué pechá de cuestas en la oscuridad y de escaleras robinsonas... pero estuvo divertido y vimos paisajes que no se podían descubrir desde otros sitios.

Para pasar a la siguiente zona, primero visitamos la Galería de Aladdín.


Ahí me tenéis, concentrada frotando... el genio me habló, pero de deseos, rien de rien



Y, a través del pasaje, llegamos a Frontierland, la tierra de los pioneros de EEUU.





La parte que menos nos interesó... de hecho, tuvimos un interesante debate sobre cómo podría reorientarse para ser más adecuado a un Disneyland sito en París. Hablamos de la Inglaterra victoriana, o incluso la Francia de los siglos XVIII o XIX, teniendo en cuenta que hay muchas películas de Disney ambientadas en Francia.

Y es que la fórmula... no funciona. La gente iba a la Big Thunder Mountain, a Phantom Manor, y ya está. Los restaurantes estaban todos cerrados, el resto de establecimientos desangelados... ¡hasta las tiendas estaban vacías! Una pena, una tristeza de zona. También es verdad que la montaña rusa de Indiana Jones estaba cerrada por reformas, pero no le vemos viabilidad a la ambientación. Al fin y al cabo, esto es un parque temático, no un parque de atracciones.

La preciosa Phantom Manor

Big Thunder Mountain, donde la banda sonora son chillidos


Entramos en Phantom Manor mientras yo le contaba a Guillem la historia de la casa, lo de los fantasmas y la pobre novia, así como que la atracción es un continuo flashback. Me gustó mucho el efecto de descenso del comienzo, y el gusto clásico y retro de los autómatas. Me hubiera gustado repetir, pero la cola siempre es muy larga...
Gracias a la guía de los foros, tomé la 'otra' salida para ver las lápidas del cementerio y sacarles fotos.


El violinista... que desafinó una nota

La pareja: 'Hasta que la muerte nos separe'...

... La suegra 'Sobre mi cadáver'




Era el momento para descansar los pies, así que decidimos tomar el Ferrocarril de Disneyland para volver a Main Street o bajarnos en Discoveryland para darle caña al Buzz de nuevo. Pero... la estación de tren estaba cerrada en esa zona.
Lo dicho, Frontierland es un completo fracaso.


Nos sentamos en un banquito, me comí un gofre, y volvimos con ilusión a Main Street, ya que teníamos reserva para comer en Walt's. Un restaurante de mucha calidad y una decoración maravillosa, con una carta muy refinada y con muy buenas críticas en los foros.

Vagamos un poco por las tiendas y por Liberty Arcade porque era pronto
El restaurante fue, sencillamente, perfecto. Decidimos no pedir el menú del cupón, aunque sabíamos que salíamos perdiendo, pero cuando uno no tiene mucho hambre, es mejor eso que provocar que se tire comida... Guillem comió solomillo con ensalada de rúcula y patatas confitadas, aromatizado con mantequilla especiada. Yo comí un filet mignon (de ternera, de 'los de verdad') con verduras de invierno y patatas asadas. Todo estaba de vicio, ignoro cómo diantres saltearon las verduras pero eran sabrosísimas, la carne estaba REALMENTE al punto (muy difícil en los restaurantes, la verdad) y las patatas eran mezcla de asadas y confitadas. Rematando todo con un café aromático y un camarero la mar de salao y expresivo, amén de las magníficas vistas sobre Main Street, hicieron de la experiencia algo difícil de olvidar.
Como seguía con dolor de pies y gemelos, nos encaminamos al tren con intención de dar la vuelta al parque. Esta fue la cola más larga de todo el viaje, estuvimos cerca de tres cuartos de hora de pie, pero mereció mucho la pena. Además pude hacer algunas fotos bonitas.



Desde el tren tuvimos la oportunidad de disfrutar de una nueva perspectiva del parque, e incluso de descubrir secretos que sólo se pueden ver desde el expreso. Fue gracioso darse cuenta de que pasa por dentro de algunas de las atracciones...


Foto de los dos castillos, hecha desde el tren

Le Pays des Contes de Fées estaba cerrado, pero pudimos ver y fotografiar la reproducción del castillo de Cenicienta desde el tren
 La estación de Discoveryland estaba abierta así que, en lugar de volver al punto de partida, nos bajamos allí. Pretendíamos ir a la atracción de Buzz de nuevo, amén de darle una vuelta al Nautilus, que aún no habíamos visitado, pero ¡oh sorpresa!...
... ¡Captain EO funcionaba!
Había leído en internet que estaba cerrada, que casi no tenía público, que estaba trasnochada, que deberían retirarla, que no merecía la pena, que se iba a cerrar permanentemente... pero ahí estaba el letrero luminoso, casi rogando porque entrase público con su mensaje de que aún quedaba tiempo para ver la proyección, y con tres carritos en la puerta y una cola completamente vacía.
Así que, bueno, por la nostalgia, por el fanegas de Coppola que lo dirigió, por el fanegas de Lucas que lo produjo, por el Jackson aún no envitiligado y por el pringue casposillo de ver ese 3D salchichero, entramos sintiendo un poco de lastimilla por el producto.


 

Al entrar nos encontramos una habitación enmoquetada y había mucha gente sentada en el suelo. Varias filas de monitores plagaban el techo, y en ellos se estaban proyectando imágenes del making of sin sonido. Pensé que la proyección sería allí mismo, y le propuse a mi chico que nos sentásemos allí mismo. Pero en ese momento un speaker (muy poco motivado) nos anunció que la proyección iba a comenzar en la sala contigua, informándonos de que si deseábamos abandonar la sala antes del final de la proyección debíamos hacerlo por las puertas que veríamos a la izquierda.
Nos entregaron unas gafas amarillas al entrar, y nos sentamos en una sala grande de cine. El speaker nos invitó a que nos las pusiéramos, y nos recordó que podíamos salir en cualquier momento de la proyección por las puertas de la izquierda.
Vamos, que se preveía un truñete de dimensiones épicas, porque con esos antecedentes y esa reiteración de las puertas de salida...


Lo que prosiguió, visto con perspectiva, merece ser proyectado en los festivales de serie Z. El 3D era horroroso, no conseguí enfocar hasta bastante avanzado el corto. Los compañeros marioneta de Jackson eran entre esperpéntico e insultante, aunque la música y el baile fueron muy chulos (a pesar de esos trajes flúor y peinados que provocaban acidez de estómago). El momento 'Reina de los Borg que al final es Angelica Houston y ni siquiera habla' es impagable. Como amante de la serie Z, lo amé hasta la última náusea. Volvería a verlo cada vez que visitara el parque, pero con una bolsa grande de ganchitos y más Zeteros al lado para comentar las jugadas.


Contentos de haber podido poner una X en esa atracción (teniendo en cuenta que algunas nos las perderíamos por mantenimiento) fuimos a visitar las salas del Capitán Nemo.




Lo único malo de la atracción era la gente que entraba-por-entrar y que no te dejaba disfrutar de la instalación con sus empujones, comentarios idiotas o sus fotos con flash. Si hubiera hecho que cada maleducado del flash se comiera su cámara, el hospital más próximo estaría repleto de cirugías estomacales, ¡qué gente!
Aparte de esto, la instalación era muy completa e increíblemente detallada, incluso los libros que había en la pequeña biblioteca eran de la época. Muy chula.



Wall-E, Eva y una servidora
Pasamos de nuevo junto a los puestos de Star Tours y le hice unas fotos a Guillem junto al X-Wing. Vimos una camiseta muy chula (y exclusiva del parque) de la Jedi Academy y la compró... y resultó que la dependiente era segoviana. Toma ya.

Era el momento adecuado para visitar al dragón.


Maléfica encadenada


Si os he hablado antes de los flashes... ¡esto era el Apocalipsis! Usar el flash en una instalación como una CUEVA es, además de fastidiar las fotos de los demás, matar completamente el ambiente. Parece que aquello era una discoteca, por culpa de los malditos flashes, pero os aseguro que estaba todo casi a oscuras y los colores eran mucho menos vivos. Eso, unido a los papás que le silbaban al dragón o le gritaban '¡Despierta!' os puede dar una idea del panorama de la atracción a esa hora. Nos lo apuntamos para volver al día siguiente bien prontito y poder apreciarlo en su justo valor.

Una de las atracciones que aún no habíamos visitado era la de Blancanieves, así que nos dimos una vueltecita y, después de una breve cola, disfrutamos del viaje en carretón en el que recordamos la historia de esta princesa. Mención especial merecen todas las apariciones de la Madrastra quien, si no fuera por Maléfica, sería mi bruja favorita de Disney.



Pies más destrozados aún, y quedaba un rato para el Dreams... decidimos parar, sentarnos en una terracita y tomarnos un snack con unas bebidas. Elegimos el Casey's Corner por la proximidad, y nos dedicamos un ratito a hablar del día.



Después llegó el turno del Dreams. Conocimos a una pareja española pero nos fuimos a buscar sitio por otro lado. Al final, y gracias a la amabilísima mamá de Sofía (que luchaba por mantenerse despierta) pude ver el espectáculo sentada en el respaldo de un banco. Como la noche anterior, espectacular.
Si queréis ver un vídeo del espectáculo, dedicadle unos minutos a esta grabación de youtube, porque los merece. En directo, como podréis imaginaros, era incomparable.

 


Después volvimos, despacito, al hotel. Ya sólo nos quedaban unas pocas horas para disfrutar de Disneyland...