viernes, 21 de marzo de 2014

Una sonrisa de hace 26 años

Hace unos 26 años se me quebró la sonrisa. Un inocente juego infantil dio con mis huesos en la acera. Me partí el húmero izquierdo en tallo verde, y estuve vendada de cintura a cuello hasta que soldó. Pero no fue lo único que se me rompió.

Al rebotar contra el suelo, me dejé allí la sonrisa. La niña que era no volvió a sonreír del mismo modo. Tímidos labios apretados, o una mano avergonzada cubriéndome la boca, mientras el mundo se hacía pequeño y yo me hacía grande. Y siempre la vergüenza, la pena, el dolor y la enfermedad detrás de esas cortinas.

Infecciones terribles que me hacían padecer grandes sufrimientos, y me privaban de mi querida escuela. Dentista tras dentista, manotazo tras manotazo, viaje tras viaje, dinero ganado a sudor y sangre que no llegaba a ningún lado. Tuviera la edad que tuviera, nunca pude volver a aquella tarde y darle una vueltita al giratiempo. Dientes negros, azules, marrones. He tenido fundas de todos los colores y todos los odios que se puedan imaginar. Y también poses forzadas desde entonces cuando había que posar en una foto.

Pero ya no. Ah, ahora he empezado un camino que tiene visos de hacerme feliz, repuesto tras repuesto. Y cuando la dentista me ha dado el espejo, me he echado a llorar.

Una sonrisa de hace 26 años, cuando era una niña liviana como un suspiro, antes de que el rebote me estampara contra la acera y me llenara la boca de sangre y los ojos de relámpagos. Antes del insoportable dolor, de los larguísimos días de infección, de las raíces horadadas y los algodones apestosos que servían para cerrarlas. Los dientes se quedaron en aquella acera de los años ochenta, y sus pies siguieron en mí, aferrados y esperando que alguien los recompusiera. Siempre ha habido algo roto en mis momentos de alegría, algo vergonzoso, algo oscuro que yo no podía arreglar.

Hasta hoy.

Bienvenidos, dientes. Ahora toca aprender a sonreír como cuando tenía siete años...


sábado, 1 de marzo de 2014

Caminando entre estrellas: cambio de trabajo.


Han sido unos días de sufrir bastantes nervios, de adecuarme al ritmo habitual al principio a entusiasmarme con un nuevo proyecto al momento siguiente. De tomar decisiones.
En enero nos enteramos de que un hotel del Port buscaba nueva recepcionista. Con ganas de cambiar, de experimentar algo nuevo, envié enseguida el currículum bilingüe. Y no supimos nada más en todo el mes, y a lo largo de febrero me preparaba para volver a mi hotelito de una estrella, encaramado como una vigilante gaviota a las laderas del puerto. El hotelito de los clientes parlanchines, de las maravillosas vistas, de edificio antiguo y gruñón que de vez en cuando se nos ponía de morros. El que tan bien se ha portado conmigo en los momentos más difíciles.

Me marché a Segovia a ver a la familia. Fueron cinco días excelentes, rodeada de mis hermanos, compartiendo tiempo con mi madre y recibiendo los besos de mi padre antes de ir a dormir. Recuperé las noches con mi almohada, que mis padres aún guardan y que siempre me está esperando en casa cuando vuelvo. También pude ponerme al día de la boda del año mientras disfrutábamos engullendo los dos cerdos que, convenientemente sacrificados, nos sirvieron de alimento popular en el pueblo de mi cuñada.


Antiguos troncos de fresno junto al soto

Además me llevaba una llamada: el hotel al que mandé el curriculum quería entrevistarme.


A la vuelta la casa se me comía, aunque menos que el año pasado. El despacho ha quedado precioso, todo ordenadito y con los libros adecuados en el orden perfecto. Los libros del curso de fantasía y ciencia ficción huelen a historias emocionantes. Acudí a la cita con esperanzas moderadas. Fue una entrevista muy interesante, y el hotel... el hotel es increíble. Me aseguraron que me contestarían el mismo día, pero debían estar muy ocupados y no supe nada más. Los nervios me podían... en el hotelito contaban conmigo, y odiaba la idea de dejarlos colgados con tan poco tiempo para encontrar a alguien, después de lo bien que se habían portado.


Al día siguiente, mientras negociaba el nuevo plan dental en el despacho del agente, recibí una llamada. Y me dijeron que sí, que me querían, que les diese las tallas de mi ropa para encargar el uniforme ya. Así que, después de dos días de training, esta tarde comienzo una nueva andadura.
Me da pena no volver al hotelito, en serio. Ya conozco el trabajo al milímetro, el edificio y sus rincones, a los clientes habituales, el programa informático, los recovecos del servicio. He estado muy a gusto durante mi tiempo allí, he trabajado muy duro y me he dejado las pestañas y las fuerzas en esa recepción. Pero es hora de cambiar. Es hora de ganar un día libre más a la semana (me va a parecer increíble tener una especie de 'fin de semana' entre semana para disfrutar y descansar con mi novio), ganar tiempo de comer con mi novio ¡cuatro! días a la semana (antes sólo podíamos compartir mañanas y sobremesas los sábados, y siempre teníamos compromisos con amigos o con la asociación), aprender cosas nuevas y centrar más mi actividad laboral. Aunque todo es nuevo para mí y he de aplicarme: nuevo programa informático, nuevas instalaciones, nuevos compañeros, nuevas actividades. Los mil y un detalles que requiere un hotel tengo que aprenderlos.






El hotel es una auténtica pasada. Los servicios de bar y restaurante pertenecen a la gestión central, pero no dependen de la recepción. Hay un pequeño spa en el piso inferior, así como una sala de máquinas de deporte. Sauna, baño turco, duchas ciclónicas. Una suite preciosa. Habitaciones con todas las prestaciones. Piscina al aire libre. Comedor de empleados, vestuario. No por nada tiene cuatro estrellas. Aunque no tiene unas vistas tan espectaculares como el Citric.

Así que, bueno, tendré que armarme de confianza para trabajar en semejante hotel. Tengo el cuaderno lleno de notas, etiquetas y post-it, y el cerebro lleno de datos. Hoy será mi primer día, y el director de recepción me acompañará en tutelaje. Mañana empiezo sola. Echaré mucho de menos a las niñas del Citric...
Recuerdo el vértigo que sentí el primer día de cada uno de mis trabajos: la primera vez que giraba la llave en cada iglesia, las vistas detrás de cada mostrador de información, el modo en que comencé sin ninguna orientación en el museo, la prisa que requirió el Citric... y, al poco tiempo, he ido haciendo de cada puesto mis pequeñas fortalezas, mi hogar en diminuto, mi modesto reino, el lugar donde ser laboriosa pero sin perder nunca el entusiasmo. Me he lanzado sin red a un contrato de prueba que espero se prorrogue. Pondré todo de mí para que sea así.


Deseadme suerte.

Findûriel