Posted by Findûriel in | 8.6.07 5 comments
Me mandaron un trabajo, hace tres años, para "Literatura Angloirlandesa". Yo lo hice de Wilde. Como no me gusta lo convencional, esto es lo que se encontró la asombrada profesora en lugar de la biografía. Espero que os guste...
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Oscar Fingal O’Flahertie Wills, más conocido como Oscar Wilde, vino al mundo en Dublín el 16 de octubre de 1856. Su madre, Jane Elgee, poetisa y gigante, lo encontró en la puerta de su residencia una noche sin estrellas, en un canasto de mimbre y con una estrella prendida en el cuello. Su padre, un gigante aristócrata, Sir William Wilde, que tenía propiedades de eficiente ocultista, pronosticó que Oscar sería una figura eminente. Desde entonces creció (y de qué manera), rodeado de ritos adivinatorios y sesiones de pintura poética. Sus dos grandes placeres de la infancia fueron los fértiles libros de Oriente que hojeaba su padre, y hundir las manos en los botes de pintura poética de su madre.

La adolescencia de Oscar transcurrió encerrado en los vetustos colegios y con los libros de las bibliotecas como más preciados compañeros. Pero un día todo eso cambió: en lo más alto de una estantería descubrió un libro de cultura griega. En una de las láminas del libro yacía el dibujo de la estatua de un dios griego, una estatua tan hermosa que quedó prendida en su recuerdo. Así que, en secreto, desprendió la lámina y se la guardó en el bolsillo. Desde entonces, su mayor deseo fue buscar aquella estatua: viajó a Grecia, a París y a Roma, pero en ningún sitio pudo encontrarla, y la lámina se fue haciendo vieja y perdiendo color, hasta que sólo podía adivinarse la suave fracción de un codo marmóreo.

Ya de vuelta en Londres una tarde, jugando con las pinturas de su madre, contempló la irisada mezcla entre sus dedos, y descubrió que podía expresar todo aquello que se le había negado. A través de la mixtura de colores se sintió más cerca del arte que en ninguna otra manera. Así que probó la pintura poética. Y aunque su madre no dejaba de alabar sus lienzos y mimar sus ocurrencias, Oscar no estaba del todo satisfecho. Y vino a su mente la estatua. Y las hadas lo tocaron la frente...

Todas las tardes desde aquel día, Oscar pintaba su cuerpo en esencias y colores, en bucles y formas, en plumas y escamas, y se iba a la calle principal con un hermoso baúl oriental. Allí encima se ponía en pie, y conformaba las más exóticas posturas y las más graciosas danzas, con lo que se sentía más pleno y hermoso que nunca. La gente, en un principio, pensó que era un loco. Algo más tarde, su veredicto cambió a excéntrico, exótico, y finalmente a genial. Así que, en poco tiempo, una multitud se reunía a los pies del baúl de Oscar, exhalando los más asombrados “¡oh!”s y los más adorables “¡ah!”s a cada ocurrencia, movimiento y ademán del pintado cuerpo. Cada día era una intriga de dominio público qué pintura exhibiría, qué nuevos elementos incluiría en su danza, o qué nuevas prendas agitaría al aire. Todos lo amaron entonces, y él se sintió pleno. Su nueva concepción del vivir lo llevó a círculos elegantes y países extraños, donde sus danzas aparecían incomprensiblemente hechizadoras.


Una tarde de verano conoció a una pequeña y encantadora sirena de cristal, de la que quedó gratamente prendado y con la que se casó un año después. Como fruto de su amor nacieron dos bellos peces de mil colores, que Oscar mimaba con infinita ternura, y para los que hubo de buscar un hermoso estanque. Así que compró una bella casa, adorable y exótica, cuyo jardín trasero poseía una fuente de agua cantarina. Durante el día los pequeños se entretenían con las melodías del agua y la penetrante voz de su madre al cepillar su cabello al sol. Y por la noche su padre, cuando llegaba a casa, les contaba historias. Y según salían de sus labios, las palabras y los alientos se transformaban en flores extrañas, de pétalos transparentes e irisados, que caían sobre las aguas y se diluían en la corriente. Para no perderlas, Oscar sostenía una hoja blanca entre sus manos mientras las palabras se hacían flores, y éstas quedaban prendidas en el papel. Oscar las prensaba con hojas del jardín, oscuro y extraño, lleno de maleza salvaje.

Así, según los cuentos crecían, el jardín iba quedando más despejado y descubría secretos antes ocultos. Un banco de mármol en una de las esquinas, un delicioso cenador en la opuesta, cinco figuras de ángeles en el suelo bajo la fuente... y estas nuevas presencias no hacían más que estimular la imaginación de Oscar, como un niño que desenvuelve regalos sin parar. Su público en la calle era cada vez más numeroso, e incluso alguna gente se decoraba ya la cara con pequeñas plumas, lunares o pícaros faunos. Y a la noche le aguardaban los ojillos brillantes de sus criaturas, hambrientos de fantasía. Lentamente, el jardín se había convertido en un lugar abierto desde el que contemplar las estrellas mientras relataba sus cuentos y los dejaba reposar entre las hojas de papel y las hojas de hierba.

Cuando los cuentos le llegaban ya a la rodilla, deshojando el jardín había descubierto una diminuta cancela que llevaba a un lugar oscuro y secreto, del que nadie le había hablado al venderle la casa. Así que una mañana en que los pequeños dormían y su esposa estaba de visita con los tritones del norte, presionó el pequeño pestillo y entró en el rincón oscuro. Las vallas estaban cubiertas por plantas trepadoras que no dejaban penetrar más que una débil luz, y en el centro crecía el árbol más extraño que hubiera visto jamás. Sus ramas de hojas oscuras caían y se enterraban en el suelo, pero entre ellas surgía un brazo, un brazo familiar. Lentamente y con el corazón en un puño, rasgándose la pintada piel con las espinas, azotándose al agitar los tallos, cegándose con el sudor y la sangre, y despellejándose la carne, arrancó las ramas del árbol. Y allí, muda, fría y altiva estaba la estatua. SU estatua. La mañana se hizo absoluta y se arrodilló a sus pies.

Desde entonces, no vivió para otra cosa que no fuese adorar aquel dios de piedra. Ungía sus pies en mirra, acariciaba su mármol con las más extrañas flores, besaba sus labios, y él permanecía allí, un hermoso testigo de la belleza. Se despreocupó de sus pinturas, y al acudir a su baúl, cuando se acordaba de acudir, iba ya sólamente pintado en sencillos colores. Sus filigranas y deliciosas posturas habían dejado paso a una mirada y unos ademanes de adoración de lo invisible. Y es que hasta encima de su baúl pensaba en su estatua, y la veía en sus sueños, y la acariciaba en el vacío. “No amaré otra cosa”, se dijo. Y así lo hizo desde entonces.

Una desgraciada tarde, en la que Oscar se había pintado de amarillo y exhibía un encarnado corazón roto en el pecho, ocurrió una terrible desgracia. El cielo se llenó de nubes repletas de cólera, y descargaron sobre su carne herida agua furiosa. Y ¡oh!, la pintura se fue escurriendo de la piel de Oscar, y sus vendas se despegaron. Y cuando las damas y los caballeros levantaron sus miradas de los paraguas y los abrigos que habían abierto con premura, sólo pudieron ver a un hombre tembloroso y sangrante, subido en un baúl destartalado, y completamente desnudo. El escándalo recorrió las calles, todos reclamaban su cabeza en pos del buen gusto, y se preguntaban dónde estaba el Óscar que ellos conocían. Él trató de decirles que era él mismo, les mostró las flores y las pinturas, pero ellos no lo creyeron. Fueron a su casa llevándolo en volandas, derribaron la puerta, desmantelaron las estanterías, reventaron la verja del jardín. Alguien descubrió la pequeña cancela, y corrió hacia la estatua.


Oscar así, fue declarado “no útil” por las Autoridades, ya que se había descubierto que no era un hombre multicolor, por lo tanto, nada notable. Lo llamaron farsante, estafador, y lo señalaron con el dedo. Así que lo montaron en un cohete pirotécnico y lo desterraron al Vacío exterior. La estatua fue declarada causante del declive, pero también vehículo de la revelación, así que se la encerró en el jardín bajo doce llaves, y se prohibió a nadie que volviera a comentar nada del suceso.

A Oscar sólo le había dado tiempo de coger un abrigo cuando se lo llevaron en tromba de su casa, un abrigo marrón muy viejo que solía usar cuando era más joven, pero que ahora le quedaba aún más grande, pues el Vacío exterior encoge. Pero el abrigo no le sirvió de mucho, ya que bajo él estaba desnudo y empapado, así que el frío lo visitó un día y le hundió su dedo esquelético en el corazón. El tiempo pasó, edades y edades, sin que nadie se apercibiera de él. Su esposa fue a visitarle una vez, y le contó que a sus pequeños se les habían caído las escamas de color y ahora eran simplemente plateados, y que se marchaban a través del río a vivir en el mar de oriente, con sus padres. Le entregó la llave de la casa. Desde entonces, vagó solo y helado durante tiempos inmemoriales.


Cierto día, una mano grande y fuerte surgió del vacío, lo tomó y lo arrojó en la tierra de nuevo. Oscar buscó refugio en las casas de sus antiguos amigos, pero éstos se limitaron a mirar por la ventana y echar el cerrojo. Rebuscando en sus bolsillos encontró los restos de la lámina de la estatua. Preguntó a la gente pero ésta parecía no comprenderle, les enseñó la lámina y lo ignoraron. Durante varios días vagó por las calles, bebiendo de las fuentes y comiendo de los árboles del pan que crecen en el parque del centro de la ciudad. Al fin encontró una puerta familiar, probó con la llave y abrió. Estaba de nuevo en casa.

Los salones y las habitaciones, la biblioteca y las salas, todos estaban vacíos y destartalados. Las cosas que no se habían podrido, habían sido vendidas y ahora estaban en casas ajenas, perdidas. Salió a su amado jardin, y la fuente ya no cantaba. Al mirarse en el reflejo verdoso del agua estancada, descubrió que su rostro ya no era el mismo. Los sufrimientos lo habían convertido en un monstruo. Se tapó los ojos con las manos y gritó, pero su voz tampoco era la misma.

A patadas liberó el agua de la fuente, a patadas destrozó el banco y el cenador, y a patadas también reventó la pequeña cancela. La cólera lo dominaba. Entró en el jardín oculto y descubrió que el musgo y los líquenes habían hecho presa de su pedazo de olvido. Pero la estatua seguía allí, inmaculada y pulida, brillante y despiadada. Tan hermosa. Se vio incapaz de hacer cualquier cosa que no desprendiese amor.

- Ya que yo te amé y tú me ignoraste, así en piedra se convertirá mi corazón, para que nunca más suceda -. Y se tendió a los pies de la estatua, y lentamente, el toque helado del frío lo convirtió en piedra.
Lo que sus ojos ya no pudieron ver fue que, al mismo tiempo en que se volvía gris y duro, la estatua cobraba vida lentamente, desde los pies hasta el cabello. Oscar cerró los ojos por última vez, mientras la estatua inhalaba su primera bocanada de aire.

5 comentarios:

Anónimo dijo...

Cielo santo... en serio me has dejado sin palabras, total y absolutamente muda. Me llamó la atención en primer lugar, el título "la importancia de llamarse cuento" es precioso! no, es más que precioso! es una ocurrencia que no sé como definir ¡en serio! siempre me encantó el magnifico juego de palabras de "The importance of being earnest" (de hecho escribi un fic de Harry potter titulado "The importance of being Prongs" xDxD asi como publicidad y tal xD) pero tú lo has elevado a una preciosidad que... no sé como decirlo. Pero define a la perfección a Wilde.
En cuanto a su biografía... me has dejado patidifusa, en serio, esta es la prueba de que eres una escritora como la copa de un pino! no de fics o historias, sino en general, escribes de puta madre sea lo que sea... porque imprimes tu toque personal y ese toque es delicioso! porq escribes con un mimo y un cuidado y una delicadeza que... woao! es que te dan ganas de coger el escrito con la punta de los dedos porque temes que se vaya a romper en cualquier momento. Porque no te limitas a contar una serie de datos biograficos sobre un hombre que nació, vivió y murió por y para la escritura sino que te pones en su lugar, en su mundo y lo elevas todo a la categoría de cuento.. y lo narras como si fuera así, todo lleno de metáforas y otras figuras que tienes que conocer su vida para comprender a qué se refiere...
Perdona que me haya quedado tan confuso, pero es que sinceramente NO SE que puedo decir acerca de esto salvo que es una preciosidad, es onírico y dulce e inspirador y es, te lo digo en serio, digno de admiración. Seguro que la profe te puso un puto 10 (a no ser que sea TONTA y no sepa apreciar el arte, que todo puede ser). Muchas gracias por publicarlo porq me has alegrado el dia con eta maravilla ^^. me dejaras que haga una entrada en el livejournal para poner esto?? (por supuesto con sus derechos de propiedad y todo eso xD).
Venga, cuidate y animo con tus examens y todo ^^.

Bsazos!

Deraka.

Findûriel dijo...

Ayy, Deraka querida ^_^
que me subes la moral, chiquilla, cada vez que me lees algo! Resulta que el trabajo iba sobre los cuentos de Wilde (creo que sobre tres de ellos), por eso el trabajo se llamó "La importancia de llamarse Cuento". En él analizaba la forma "cuento", sus características, necesidades y efectos, y por qué Wilde eligió el método de los cuentos para expresar lo que puso en los suyos. también hablé de los scoop.
Claro que puedes ponerlo en el livejournal, estaría halagadísima ^_^
Muchos besos y suerte con tus exámenes también!

Marta dijo...

:*

Findûriel dijo...

'3' besitos de pez, Nini!

Gema dijo...

!!!!!!! Es increíble. Una vez más, me has dejado anonadada. Lo único que puedo decir esta vez, pues no encuentro más palabras, es que esto es arte. Y como te dije en algún lugar, alguna vez: ocuparás un lugar de honor en mis estanterías atestadas de libros, porque eres grande.
Silmaril

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