miércoles, 6 de febrero de 2008

6 de febrero 2002

Yo le dije a qué esperas. Él sólo se me acercó como una pantera, con los mismos movimientos, el mismo color de piel y el mismo olor a hormonas, y trató de asirme de la cintura.

Pero no lo consiguió. Nunca lo conseguiría así como el lo deseaba. Porque él no era él.

Encendí mi vela por la paz en el candelero de la derecha, en vez de en el suyo. Se volvió a sentar en el sofá con aquel ademán fastidiado que tanto me cosquilleaba en el estómago. Kili voceaba en el megáfono, pero se le estaban acabando las pilas, así que sólo se oía un murmullo ronco donde debería haberse oído una proclama. Pero daba igual. Muchos de nosotros estabamos borrachos, otros colocados, otros eramos simplemente demasiado idiotas. Y otros estábamos atontados por todo aquello, los olores del incienso, de la marihuana, del ron, del sudor, del cuero, de los aceites de las lámparas de casa de Kili. Las lámparas de Kili, que no iluminaban con una luz clara ni potente, sino con un difuso zumbido de caléndulas y romero. Enturbiaban la vista y hacían parecer todo fascinante.

Como él. Estaba convencida de que él me parecía fascinante sólo por aquella luz, aquellos colores, aquel alcohol, aquella droga. Pero también era idiota y olía a incienso. Llevaba cascabeles en las zapatillas, y eso me gustaba. Incluso la coleta de hilos de colores que llevaba tras la oreja derecha.

La toqué, sintiendo las vueltas de algodón brillante como culebras vivas por efecto de la lisergía, y después le toqué detrás de aquella oreja perforada. Me encantan las orejas de la gente, especialmente el espacio detrás de ellas, no puedo dejar de acariciarlo. Él me miró apostado detrás de aquellas pestañas de camello, aquellas pecas de niño pequeño. Sonaban los Dead Kennedys, y yo sabía lo que aquello significaba.

- Algún día le enseñaré este programa a mis nietos.

Era un programa que habíamos hecho juntos. Algo irrepetible. La radio siempre lo era. Aunque grabáramos nuestros programas en mugrientas cintas de noventa que acababan ralladas o rodando por el suelo, sólo los segundos detrás del micrófono, con los auriculares que usaban una veintena de personas al día, eran el brillo, lo dorado, lo efímero, lo eterno.

Me besó mientras sonaba Holiday in Cambodia. Él sabía que era mi canción preferida de los Dead Kennedys, a los que no soportaba antes de conocerlo. Me había visto bailarla, la había bailado conmigo. Nos habíamos movido juntos al compás de aquellos acordes en la oscuridad de un bar y en la claridad de un amanecer. Kili tiró el megáfono por el balcón y nadie lo oyó caer. O nuestro oído estaba demasiado embotado o el corazón me palpitaba demasiado fuerte en la garganta como para escuchar nada más.

Del cuello le colgaba mi collar. Eso era lo único que importaba. Se había ido con otra, con el amor de su vida, a Madrid. Pero cuando volvió llevaba mi collar. Lo único que importaba. Eso era lo único que importaba. Y aún lo lleva, esta mañana lo he visto. Es lo único que importa. Lo único.

Haría frío cuando volviéramos a casa. Y no había autobuses.

- Tienes un magnífico par de piernas, chiquita. Dales brío.

Inconsciente de mí, no llevaba abrigo ni nada parecido. La chilaba estaba helada. La había colgado en el balcón para que mi madre no oliera nada sospechoso en ella hoy. Él se encogió en la cazadora y se levantó el cuello.

- Vas a coger una gripe.

- Pues sí que estás tu fino.

No pude evitar acordarme de Johnny en Rebeldes. Acababa de citarlo inconscientemente, y aquello me hizo sonreír entre el vaho.

- De qué te ríes, idiota...

Avancé un par de zancadas con mis piernas cortas. Sabía que aunque él era más alto que yo, no me alcanzaría. Siempre fue de gemelos flojos y tobillos estrechos como los de una bailarina.

Al llegar al portal, jamás me da un beso de despedida. Eso queda para los lilas. No me lo dice pero me consta que lo piensa. Pero los labios se me quedan marchitos.

Mañana no sé si lo veré. No me llama, no me escribe. Vivimos cerca, pero no hablamos al cruzarnos. Sólo cuando le apetece. Esta mañana le he visto en la compra. No me ha dicho nada de hoy. Así que seguramente pasaré la tarde por ahí o me encerraré en la biblioteca. No quedan muchas alternativas a unos brazos hambrientos.

Hay que ver lo idiota que era yo tan sólo hace unos cinco años, caramba...
Findûriel, recuperando el texto de una agenda de hace justo justo cinco años.