martes, 29 de abril de 2008

Canciones para...

Me encanta el enfoque juguetón que Nick Hornby utiliza en su libro High Fidelity para hablar de las listas de canciones. Para quien no haya leído la obra (o visto la película) lo explico algo mejor. No se trata de 'mis diez canciones favoritas' ni nada tan simplista; se trata de listas del estilo 'las diez mejores primeras canciones de disco', o 'las diez canciones que nunca deberían usarse para romper'.

Todos recordamos con cariño la canción que mamá nos cantaba para dormir. También quizá la que tarareábamos mientras nos llevaban al cole, seguramente la de la última serie que habíamos visto, aún saboreando el cacao y las galletas del desayuno. Cantábamos la sintonía de Barrio Sésamo (cómo me gustaba que gran parte de ese vídeo estuviese rodado en Segovia, con el Acueducto y todo), en el cole nos enseñaban 'Los cochinitos', y también eramos el centro de atención en las fiestas porque nos poníamos todos monérrimos a entonar una melodía y los papis y los tíos nos aplaudían y nos pellizcaban los mofletes.

También es una canción la que acompaña nuestro primer beso, nuestra primera cita o nuestro primer desengaño. También en la música que escuchábamos llevábamos, como paños de rebeldía, el doloroso cambio que estábamos experimentando. Del mismo modo, experiencias como el sexo o la muerte se volvían cruciales y se asociaban irremediablemente a canciones o músicas concretas.

Y cuando la complejidad se revela como es, como un intrincado amasijo de cables claro y húmedo como las tripas de un extraterrestre, cuando somos capaces de verlo con nitidez despejados del antifaz de la adolescencia, entonces todo parece más lleno de matices y por ello más intocable. Es más complicado describir en melódicos una noche de tacto y motricidad. Es mucho más delicado poner en notas y voz el desgarro de un adiós definitivo, o del olvido de esa propia adolescencia. La voz de nuestra conciencia se revela quizá en una etnicidad más marcada, en una protesta más madura. Usamos la música, pero no como instrumento, sino como vehículo. No es que nos identifiquemos con ella, sino que ha calado unas raíces tan hondas en nosotros que ha germinado y nos da de comer frutos regados con nuestra sangre.

Así que si te vienen las ganas de cantar, no te contengas. Tu propia historia te está diciendo algo. Hay quien te mirará raro porque estés canturreando casi todo el rato, pero tú simplemente compadécelo, porque no es capaz de permitir que la belleza y las espinas de una canción le penetren y le inunden de veneno y néctar.

Findûriel, escuchando de nuevo esta maldita canción de Dylan. When the rooster sings at the break of dawn...

3 comentarios:

Altáriel dijo...

ME HA ENCANTADO.

Qué genialísima eres, jodía.

A ver si te pillo lue y charletamos un ratuco.

Radiohead, Coldplay... Lo más mejor del mundo. Este post toy por pasármelo a .pdf y guárdarmelo en el pisí (con los correspondientes enlaces, si no pa qué).

Qué fuerte, porque con la música que nos gusta revelamos, al menos para mí, grandíiisima parte de lo que somos, ¡y es que lo has hecho a lo largo de tu historia!

Bueno guapíchima, a ver si lue te pillo y nos contamos cosas.

Muaaaaaaaaaak!!

Elphaba dijo...

Casi me emociono y todo. Muchas de esas canciones también son "mis" canciones por uno u otro motivo, o simplemente también me encantan. Y la foto es tremenda, ¿eh?

Voltorine dijo...

http://voltorine.blogspot.com/2006/05/cameo-de-bruce.html