viernes, 27 de febrero de 2009

Número 2, zanja 23, tercio 1º, patio 2º

Eso es lo que ha garabateado para nosotras uno de los funcionarios del cementerio Santo Ángel de Segovia. Son los datos o coordenadas del enterramiento de Santiago Rodríguez Gonzalo, hermano de mi abuelo paterno, muerto a la edad de 19 años (4 de Enero de 1938) y enterrado un día 6.

Lo que nos trae por la calle de la amargura es averiguar, después de tantos años de oscurantismo y de silencio, si aún sigue allí, sepultado de cualquier manera debajo de un camino de tierra. Pues la fila 2 actual, ya abierta y usada por cuatro o cinco personas más (depositando los huesos de los anteriores ocupantes en el osario común) podría no corresponder con la fila 2 de 1938, ya que actualmente existe una instalación de nichos, una acera ancha y un camino de tierra hasta llegar a los enterramientos actuales. Si el patio tenía las mismas dimensiones que ahora, existe la posibilidad de que aún duerman sus huesos maltratados bajo las pisadas de los visitantes al camposanto.

Existe el relato de su madre, muerta ya hace muchos años, del día en que le mostraron los restos de su hijo unos diez años después de su sepultura. Un trozo de pierna, una bota y restos de un pantalón fue lo que vio en las entrañas de la tierra abierta a paladas, en el pequeño hueco que habían destapado.

- Ahí está su hijo - le dijeron -. ¿Se hace usted cargo de los restos?
- No - respondió ella -. Soy viuda y no tengo dinero ni para alimentarme. (luego descubriría que no estaba viuda, sino que su marido de entonces estaba condenado trabajando en el Valle de los Caídos)
- Pues ahí queda - le respondió el funcionario echando paladas de tierra encima. Y según contaba mi bisabuela, en el camino. Y la tatarabuela lamentaba siempre que Santiago estuviera enterrado en un camino.

La misma tatarabuela a la que sacaban al patio de la prisión para enseñarle cómo lo mataban a palizas, semana tras semana durante dos años, hasta que murió a los diecinueve. Le sangraban los oídos, contaba mi tatarabuela a mi madre, y se le llenaban los ojos de cuajarones. Síncope, pone en el informe médico. Y ahí lo sepultaron. Cerca de donde descansaría ella unos años después. 'Está cerca de la abuela' decía la hermana de mi abuelo. Pero nadie decía nada más. Nadie corroboraba ni negaba que estuviera en el camino.

Pronto iremos a ver al encargado del cementerio. Le dijo a mi madre que había planos de la distribución del camposanto en aquella época. Confrontando la documentación que haya, contando las filas existentes en los documentos y las actuales, esperamos darle respuesta a este enigma del silencio. Y esperamos darle sepultura cristiana, ya que él lo era.

Quienes sí sabemos están en el osario, perdidos entre miles de personas sin nombre, son el tío, el padre biológico y el abuelo de Santiago (y de mi abuelo). Los tres fusilados en la tapia del cementerio el mismo día, un 23 de abril de 1937. Los tres sepultados 'en fosas de a tres y a ocho sin marcar' junto con veintiséis personas más, sin señas de identificación 'por no saberse quién es cuál cuerpo'. Y aunque se hubiera sabido, no merecían en aquel entonces esa 'distinción'. Ambos se enterraron en el mismo patio donde se enterró a Santiago, pero en filas que sí corresponden a la tierra actual, con lo que sabemos a ciencia cierta que fueron levantados.

El tío de mi abuelo era el máximo dirigente de la CNT en su pueblo, por ello, tanto su familia en primer grado como la de segundo grado sufrieron prisión, torturas, muerte y ostracismo. Mi abuelo, sin ir más lejos, estuvo en Saturrarán los primeros años de su infancia.

Pero mi abuelo no odia. Sólo calla. Parece ser que el libro publicado recientemente, y los actos del Foro de la Memoria le están desatando un poco la lengua, pero sólo para con mi abuela y a pequeñísimas dosis. Me parece que somos nosotros los que hablaremos por él.

Creo que es una gran empresa.

Findûriel

PD: aquí una foto. A la izquierda, mi abuela materna, en el centro mi madre. El hombre de gafas oscuras tras mi abuela es mi abuelo. Hasta que no lo vieron aparecer en la plaza, dudaban que acudiese. No sé si podría medir el dolor que siente al echar la memoria atrás.
Y aquí está mi abuela buscando el nombre de Santiago. Al que, todo hay que decirlo, quisieron borrar en su tiempo de las listas de presos segovianos cambiándole el apellido a 'González', ya que arrancaron el informe médico original de los archivos y lo reemplazaron con el del síncope.

4 comentarios:

Luiyo dijo...

:-(

Último Íbero dijo...

No comparto como se están haciendo las cosas relacionadas con la llamada "memoria histórica".

Denuncio la continua manipulación histórica que se está dando detrás de algo tan serio y digno como es encontrar restos de desaparecidos y asesinados durante la Guerra Civil.

Repudio y me indigno ante la torticera re-interpretación engañosa y tergiversadora que se está produciendo al intentar igualar lo que fue la Segunda República con un régimen democrático solvente como los actuales.

Dicho esto, Findu, por favor dale un besazo de mi parte a tu abuela a la que no conozco pero con la que comparto el dolor, la pena y la inmensa tristeza.

Y para ti, hermosa, dos besazos.

Amandil

Findûriel dijo...

Por eso mismo creo que esta historia en concreto no es globalizable. Somos nosotros los que estamos buscándonos las castañas, no para erigir un monumento en su memoria, sino para coger a este chavalillo de 19 años, asesinado a golpes sin razón ninguna (sólo por ser familia de un político) y que hay posibilidad de que yazga en un camino de tierra.
Por eso lo estamos haciendo nosotros. Porque somos quienes lo tenemos que hacer. Santiago no es un símbolo, sólo era un chaval. No representaba los ideales de nadie, sino que bastante tenía con cuidar las cabras y tratar de llevarse un pedazo de pan a la boca.
No queremos que nadie lo utilice, ni nosotros lo utilizamos.

Más besos para ti, prenda!

Zelgadiss dijo...

En fin, es que hay cosas que son indignantes...

ánimo y un abrazo guapa.