martes, 22 de febrero de 2011

Cosas que voy a perder

El tema del que va a hablar esta entrada hace tiempo que me produce una profunda melancolía. No es mi intención el debatir sobre si una u otra cosa es mejor o peor, sobre si defiendo lo uno y no lo otro, pero hace tiempo que quiero escribirla, también para mí. Para que cuando vuelva a releerla, dentro de muchos muchos años, recuerde las sensaciones que estoy a punto de perder.
Hablo en primera persona siendo egoísta, porque nunca me ha gustado generalizar. Y estas son mis sensaciones, aunque seguro que lo serán de muchas otras personas.

Querido libro en papel

Querido libro en papel:

Sé que nos resta poco tiempo juntos. Los avances tecnológicos, junto a la vaharada de argumentos que los tecnófilos lanzan al aire cibernético, nos van a alejar inexorablemente, como el final de una película en blanco y negro en que la heroína se enclaustra en una vida obligada, y el héroe se resigna a vivir sin ella.
Yo te amo, y lo sabes, desde que mi madre empezó a hojearte en mi lugar, y a animarme a leer las palabras que en ti estaban tatuadas. Te amo con un afecto profundo, sincero y arrebatador. Te aprieto contra el pecho cuando tus historias se vuelven tan interesantes que me obligo a mí misma a tomarme un pequeño respiro. Acaricio tus lomos cuando paseo entre las estanterías de la biblioteca, y aspiro el aroma de ese templo con una devoción más que religiosa. Pero a pesar de este amor, libro, el destino nos está separando y terminará por arrancarnos a uno de los brazos del otro.

Nunca volveré a cogerte de la estantería, amor mío, y aspirar el aroma de tus hojas, tocadas por mil manos diferentes, como los suaves muslos de una cortesana. No contemplaré tu perfil, rugoso y ajado, o nuevo y oliendo aún a cola; ni a acuchillar tus hojas cuando seas facsímil, sintiéndome descubridora de tesoros que abre la tapa de un cofre misterioso, o liberadora de palabras, desatando los nudos de tus alas y buscando el beso de la brisa cuando las batas para adentrarte en mí. No, no volveré a pasear por el laberíntico aparato de la biblioteca, descubriendo ajados volúmenes, haciendo crujir sus hojas. No volveré a acariciar tu lomo historiado en las librerías, o a pasear la vista por tus páginas en los mercadillos de segunda mano.
Pulsaré unas teclas, y allí estarás. Inerte, ligero, frío e inmediato. Inmaculado, estéril, igual a los demás.

No podré sonreír al descubrir que aquel chiquillo tan curioso, el que se ha sentado a unos palmos de mí en el tren, lee un ejemplar que yo casi sé de memoria. Él tampoco podrá ver que yo leo algo parecido, muy parecido, adivinando el título en el espacio entre mis dedos mientras paso las páginas. Y nunca hablaremos, nunca comenzaremos una conversación de extraños que nos haga el viaje corto, las palabras caricias y las bromas rubores; no nos señalaremos pasajes ni descubriremos realidades más allá de lo que estamos leyendo por vez primera en el libro, explicadas por quien nos preguntó por ti en un largo viaje de tren, en una sala de espera, en el pasillo de una facultad. Y tampoco podremos hablarle al otro del grupo al que pertenecemos, que explora tal o cual obra literaria, o de la asignatura donde se estudia ese libro en concreto, o de los escritos relacionados, o de la biografía del autor más recomendada.
Pulsaré unas teclas, y allí estarás. Cubierto por una funda de última moda, hermético y desconocido a ojos extraños. Inmaculado, estéril, igual a los demás.

Ya jamás usaré mis marcapáginas. No podré buscar en la mochila y encajar en tí la entrada de teatro, esa que al final se quedará entre tus tapas y que, al volver a tus letras, encontraré por sorpresa y me recordará mil sensaciones. Ni las flores que guardé aquella tarde de abril en el epílogo, que habrían congelado su belleza para recordarme que eres un libro de primavera. Ni tu hermoso peso grávido me golpeará en la cadera al caminar, ni buscaré una postura, la mejor, para leer tus volúmenes, haciéndote peculiar en cada obra, especial y único en cada formato.
Pulsaré unas teclas, y allí estarás. Ligero, compacto, ocupando siempre el mismo espacio, asiéndote siempre de la misma manera, seas un Shakespeare o un Baudelaire. Inmaculado, estéril, igual a los demás.

Ni tampoco disfrutaré al entrar en el estudio de un amigo, en el despacho de un profesor, en la casa de un compañero, descubriendo las estanterías repletas de volúmenes y dejando pasear la vista por la variedad de literatura que posee y ama. No tocaré el Áuryn en relieve incrustado en la tapa, ni pondré un espejo frente a Datrebil para poder leerlo. El libro de dragones ya no incluirá sobres donde puedo guardar escamas encantadas cuando, siguiendo sus instrucciones, encuentre a esos seres fantásticos. Los vanguardistas se quedarán sin letras recortadas del periódico, sin libros que se leen a través de las esquinas de sus páginas, sin olores escondidos en sus márgenes o texturas en sus addendas. Ningún escritor podrá firmarme un ejemplar, convirtiéndolo en único y proporcionando un momento irrepetible.
Pulsaré unas teclas, y allí estarás. Dejando sitio en las estanterías a vacíos reflejos de la vanidad, sucumbiendo a la uniformidad. Inmaculado, estéril, igual a los demás.

Igual a los demás. Ya nunca mío.

Te echaré de menos, libro de papel. Que conste que no será una separación voluntaria.

Te quiero.


Findûriel

8 comentarios:

Capitán T. Néodspearuwa dijo...

Precisamente ese temor me pasó por la cabeza esta mañana. Pero por mal que se pongan las cosas, por restringidas las ediciones en papel y arduo que sea encontrar un volumen concreto cuyas páginas pueda peinar con los dedos, no nos lo arrebatarán.

Llegará el momento en que no podamos obtener libros nuevos, porque los que se escriban entonces no serán jamás impresos; pero sí podemos, laborando concienzudos como hormigas, recolectarlos y amontonarlos en casa; que las cigarras del progreso se busquen luego la vida. Cuando llegue el frío futuro, nosostros nos guareceremos en nuestras cálidas e íntimas bibliotecas personales, aspirando un olor que igual otros no lleguen a conocer, y recordando siempre un tacto que no cambiaremos -si acaso, compaginaremos, curiosa palabra cuando hablamos también de tablas de plástico- con lo que venga en adelante.

No nos lo arrebatarán, darlin' ;)

Silmaril dijo...

Como siempre, tú has dicho mucho mejor de lo que yo podría haberlo hecho jamás todo aquello que pasa por mi cabeza y, sobre todo, por mi corazón.
Sabiendo que llegará un momento en que esa "frialdad y uniformidad" nos atrape a todos, yo sigo apurando hasta el fondo cada página, cada palabra, de cada libro, y rellenando cada hueco de casa con un libro nuevo cada vez que puedo, para poder refugiarme en ellos, en su olor, en su tacto, ...

Tomo dijo...

A mi últimamente me pone de mal talante tanta exaltación de tecnología, con pelis 3D (el cual no suele serlo, parecen más bien imágenes superpuestas y ya, lo unico que con ojos bizcos y dolor de cabeza), videojuegos en los que ya no usas mandos sino gestos, y ya lo de leer libros descargados y cosas de esas.

Hay cosas que no deberían cambiar. El olor de un libro nuevo, pasar las páginas, poder tocarlo... eso no se puede comparar.

No sé dónde vamos a acabar ni cómo...

Elphaba dijo...

Por suerte el libro en papel es polígamo: yo soy otra de sus mujeres que le aman para siempre.

Estelwen Ancálimë dijo...

Sinceramente... no creo que vaya a acabarse el libro en papel, a no ser que sea a muy largo plazo. Esto es un negocio, y mientras haya gente que los compre, los seguirán vendiendo. Y somos muchos los que preferimos leer en papel.

Yo personalmente los prefiero a los e-books por tres razones: porque no me gusta leer en pantalla textos muy largos (se me cansa la vista y me da dolor de cabeza), porque con un e-book corro el riesgo de perder todos mis libros si me roban/pierdo/se estropea el aparatito, y porque con libros en papel no dependo de una batería o un enchufe para poder leer.

Alberto Zeal dijo...

Vaya, confío en que este texto no sea una reacción a nuestro breve debate en mi blog sobre el tema. Desde mi punto de vista, me parece que, a todos los niveles, el cambio es inevitable y positivo. Pasarán unos años hasta que se imponga el libro virtual, pero es el futuro y no podemos cerrarnos a él ni aferrarnos al pasado. Esa, a fin de cuentas, es la esencia de nuestra civilización.

Findûriel dijo...

No sé por qué, pero blogger se ha comido mi respuesta...
No se trata de una respuesta porque, si lo fuera, estaría puesta en el tema de debate. Estas cuestiones me surgieron tiempo ha, cuando vi mi primer e-book, comprado por una conocida que es muy tech-victim y se compra toooodos los cacharritos nuevos que salen.
Y, como verás, no es ni un ataque ni una defensa, sino una enumeración de las cosas que SEGURO PERDEREMOS si todos los libros se convierten a tinta electrónica.

Selerkála dijo...

Tribularia querida, tus palabras sin duda reflejan el sentimiento que tenemos muchos, ese apego a las hojas de papel, y la reacción al modo Tolkien contra la tecnología que nos las pretende arrebatar...

Sin embargo y sin que sirva de precedente (:PPPP) , estoy de acuerdo con el Capitán: no nos los arrebatarán del todo mientras sigamos haciendo de hormiguitas coleccionistas.

Lofiu! .