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Posted by Findûriel in , , | 23.12.11 No comments
Toca la puerta. En el cartel sobre la madera pone ‘pase sin llamar’.

¿Cede? Perfecto. No tengas miedo de la luz que sale de las rendijas, es normal. Te hará cosquillas, pero no te resistas a su brillo.

¿Qué es lo que ves?


¡Qué escándalo! Alguien pisa tan fuerte que la tierra retumba. Ahí tienes un hueco, entre los arbustos, para esconderte y poder contemplar sin que te vean. Así, agacha un poco la cabeza.

¿Pero qué es esto? ¡Un gigante! Tan torpe y cabezota como una manada de asnos… vaya, acaba de engullir a una pobre vaca que pastaba tan tranquilamente. ¿Y ese perro? Ladra de una forma tan escandalosa que parece que se le vaya a desgarrar la garganta.

Ahí llega su amo, y parece enfadado. ¿Qué es lo que lleva en las manos? ¿Una escopeta? No, no… es un trabuco, un trabuco. Con todos los clavos y la chatarra que su mal humor pueden cargar ¡Agáchese, granjero, o el gigante lo verá!

¡PUM!

Vaya… curioso… el susto que se ha llevado el pobre le ha hecho temblar el dedo del gatillo ¡Vayamos tras el espantado granjero a ver dónde nos conduce!


¿Qué te ocurre? No puedes andar hacia el pueblo, claro… eso que brota ante tus pies ¿no es una vía de tren? Asciendes mientras el andén se eleva bajo tus plantas entre la hierba, y te ases las ropas, que se te pegan al cuerpo con el ascenso. Y un tren te hace cerrar los ojos con su silbido largo y penetrante.

Se abren las puertas… ¿Es que no vas a entrar?

El revisor no te pide el billete cuando pasa junto a ti. Las casas se vuelven borrones de color y los árboles huyen junto a los cristales. No cierres los ojos aunque comiencen a llorarte con la velocidad.

El tren se ha parado ¿no vas a bajar? ¿te asusta el vapor? No te preocupes, yo bajaré contigo.

Vaya… curioso panorama. El paisaje parece fundirse en un óleo de terciopelo mientras caminas sobre él. Los pájaros surcan el cielo, casi puedes leer sus ‘pío, pío’ escritos en el aire dulce y espeso. Ahí tienen su nido, sobre esa casita, entre las ramas del árbol

Y qué árbol…

Acércate, no te pasará nada. Toca sus hojas, respira su aroma, palpa su corteza. Es el árbol de Niggle, el árbol de Parish, pero también tú árbol, y el mío, y el suyo, y el de ella… parece fundirse en tus yemas mientras intentas atraparlo con la pupila inquisitiva. Toma una hoja, está permitido, pero guárdala en secreto.

Eso que sale del bosque… ¿No es música?

¿Quieres bailar?


Una fiesta, al apartar las ramas, te deslumbra con sus candelas. Hay letreros en el claro del bosque donde llamean las antorchas, apuntando a los caminos que salen de allí. ‘A la Cabaña del Juego Perdido’, reza uno. ‘A la sepultura de Beorthnot’, indica el siguiente’. ‘A la Casa de Papá Noel’ aparece en un tercero.

¿Es que no quieres bizcocho? Esa niña tan risueña te ofrece un pedazo. Está hecho por el mejor pastelero de Wooton Major, y con un poco de suerte te encontrarás alguna sorpresa dentro. Dale si quieres un trocito a ese perrito que te lame la mano con su lengua de fieltro.


¿Qué dices? Ah, sí, aquel hombrecillo del sombrero largo, largo te hace señas. Es nuestro vecino, que quiere acompañarte en el camino de vuelta. Acaba de comprarse un coche nuevo que le lleva colina arriba, colina abajo. No creo que te marees, pero ten cuidado, no te vayas a llevar en la ropa algún trozo de col, o un pelo de oso.

Bueno, buena suerte en lo siguiente. ¿Llevas todo? No le hagas caso a ese estruendo, es Crisófilax, que arrastra el tesoro rezongando. ¿Qué quién es Crisófilax? Otro día, otro día.

Cierra bien la puerta al salir, y conserva los recuerdos que te has guardado en el camino. Cuando quieras puedes volver, sólo tienes que ponerte de nuevo esa estrella que llevas en la frente, y podré presentarte a mucha gente más, y contarte muchas más historias maravillosas.


Pregunta por mí cuando vuelvas. ¿Qué cual es mi nombre? Yo soy Tom, y Tom soy yo. Hale, felices sueños, buenos días, buen provecho y felicidades, y todas esas cosas que suelen decirse para que la fortuna te sonría. Dentro de poco el tren de Niggle Parish volverá a pasar, Egidio llegará a algún acuerdo con las joyas y se celebrará otra fiesta de Wooton Mayor. Podemos explorar los caminos que te han quedado por ver, en esa ocasión. ¿Cuándo? Cada vez que abras uno de nuestros volúmenes, detrás del crepitar de las páginas. Sólo tienes que tocar a la puerta y hacer brillar la estrella.

Nosotros te estaremos esperando, a la vuelta de la hoja, en el nuevo año. Como cada año.

Hey Dol, Merry Dol…

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Este texto fue creado originariamente como presentación de la XIV Mereth Aderthad. Hoy me he reencontrado con él, y me apetecía ofrecéroslo como felicitación de año nuevo. Por Tolkien, y por que nos encontremos con él siempre como si fuera la primera vez.
El dibujo de Tom Bombadil pertenece a Tolman Cotton en deviantart.


¡Feliz año nuevo!
Findûriel
Posted by Findûriel in , , | 20.9.11 1 comment
Bueno, creo que esta entrada la debía hace ya mucho tiempo... emulando a Ana 'Estelwen', galardonada con el tercer premio en los Premios Gandalf de literatura de 2010 y que compartió su relato aquí, yo voy a compartir el mío, con vuestro permiso.

Es un relato que llevaba un par de años queriendo escribir, y que siempre quise regalarle a Guillem, ya que su seudónimo en la Sociedad Tolkien Española es Boromir. Era la segunda vez que presentaba un relato a los Gandalf sobre un personaje de los más conocidos de Tolkien (anteriormente, presenté un relato sobre Sméagol titulado 'Cumpleaños'), y siempre sostendré que me ha resultado mucho más difícil escribir sobre personajes conocidos que sobre poco conocidos (o invenciones propias). Los hechos acaecidos en el relato están basados escrupulosamente en la obra de Tolkien cuando ha sido posible, incluyendo el origen de los nombres de Boromir y Faramir, y el devenir de los hermanos con la aparición del anillo de poder.

No quiero terminar esta introducción sin animaros a participar en la edición de este año de los Premios Gandalf de literatura, cuyo plazo de recepción de relatos ya está abierto, y cuyas bases podéis consultar aquí.

Espero que os guste o que, al menos, os entretenga. Por supuesto, podéis comentar la entrada en la opción 'publicar comentarios' que veréis debajo del texto.

Un beso

Mónica 'Elanor Findûriel'


Hijos de Gondor

En la mañana de hoy, glorioso año del 2978 de la Tercera Edad: Yo, Denethor hijo de Ecthelion II, Senescal regente del reino de Gondor, y en ejercicio de mis funciones como heredero, reflejo con regocijo en los anales del reino el nacimiento de mi vástago y primogénito al que hemos llamado Boromir. El cuerno de Mardil Voronwë lo acompaña en su lecho de sueño primero, en su cualidad de sucesor del sucesor, y ya ha recibido el beneplácito del consejo de la senescalía y de mi padre, el Senescal, así como la aclamación del pueblo. Con él, la linea de Senescalía Regente se asegura durante una generación más. Que los días que siguen sean días de gloria y esplendor para nuestro reino y nuestra estirpe.

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- Está gravemente enfermo. Lo sentimos profundamente, pero no sabemos qué mal lo aqueja. No podemos hacer nada.


Denethor enterró el rostro en las manos. Su hijo, su amor, su alegría, lloraba en la habitación de al lado. El llanto desesperado le estaba volviendo loco. Y se sentía indefenso ante la tremenda impotencia de saber que no podía hacer nada, que no podía luchar él mismo contra el dolor que atormentaba a su querido niño a espada y fuego, arrancarlo de su tierna carne hasta que se hubiese ido por completo…

Escuchaba las cariñosas aunque agustiadas palabras de su esposa mientras acunaba a su pequeño, consumido en fiebre. No te preocupes, le decía. Tranquilo, le susurraba. Llevaba dos días sin salir de aquella habitación, sin probar apenas bocado, y sin dormir prácticamente nada. El único momento que tuvo para visitarla, hacía unas horas, le estrechó las manos con angustia, y sintió que estaban apergaminadas y frías.


Te vas a poner enferma – le susurró mientras la abrazaba – debes dejar que lo hagan las nodrizas.

Y ella tan sólo sonrió. Siempre sonreía. Si había preocupación en su alma, sus ojos no lo mostraban. Denethor la amaba aún más si cabía en esos momentos en que la fortaleza de su espíritu vencía a la debilidad de su carne.

Cuando decidió casarse con ella, su padre se lo hizo notar. Es débil de cuerpo, le dijo, mira esos dedos largos, mira esas caderas estrechas. Está demasiado delgada, demasiado desvaída, como una flor lánguidamente desecada al sol. Añora demasiado el mar, no servirá para un hijo de Minas Tirith. Pero las comadres dijeron que era fértil, alegre y dispuesta a la vida de la senescalía, así que al final su padre accedió. Y a él le gustaba su sonrisa, su voz y su forma de mirarlo, de un modo tan humilde y a la vez tan tierno.

Él la llamaba ‘mi pajarillo’ cada vez que la tomaba de la cintura, esa cintura tan breve y liviana que le cabía en las dos manos. Cada vez que la estrechaba en sus brazos, tenía miedo de quebrarla. Tan ligera, tan blanca, tan frágil y a la vez tan resistente.

Y ahora, en el umbral de la desesperación, debía transmitirle a su esposa el deseo del Senescal. Debían buscar un segundo vástago, un varón que les librara de la desesperación de que su primogénito muriera, y su línea genealógica se extinguiera sin descendencia. Y Finduilas accedería, como siempre había hecho, con humildad y una sonrisa pálida, aun en los momentos más aciagos, aunque se estuviese consumiendo por dentro.

Denethor, amparado por la seguridad de las manos que le ocultaban el rostro, se echó a llorar como un niño.


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- Madre debe descansar, Boromir.


Denethor tomó de la mano al pequeño vástago y lo condujo por los pasillos de las habitaciones de la senescalía. Boromir lo siguió, obediente, sin hacer más preguntas. Sabía que madre estaba enferma, como otras veces en que padre y ella habían llorado juntos con amargura. Esta vez parecía distinta, ya que las palabras de padre ‘vas a tener un hermano’ no habían proseguido al poco tiempo con ‘lo siento, Boromir, tu hermano no va a venir. Madre debe descansar’.


Esta vez parecía de verdad que estuviera enferma de niño. Pero añoraba a su madre. Tanto, que se había atrevido a traspasar a escondidas las puertas y pasillos hasta la entrada de su dormitorio. Y ahí lo había encontrado el padre, sentado en un ricón tras una silla, para no ser descubierto, desde donde planeaba colarse en cuanto las doncellas abrieran la puerta.

Necesitaba decirle a su padre cuánto miedo tenía.

Denethor condujo al niño a los amplios archivos, donde reposaba en su atril la Crónica Iluminada de Gondor. Estaba prohibido tocar los dibujos, pero siempre le gustaba contemplarlos desde las rodillas de su padre. Como tantas veces, él se sentó y lo alzó para que viera bien las miniaturas de las páginas, llenas de letras apretadas y negras como hebras de leña quemada.

- Hoy te voy a contar una historia.


Y en palabras sencillas, que un niño de cuatro años como él pudiera entender, le contó la historia de Boromir I. Su padre también se llamó Denethor, como el que le balanceaba suavemente con la rodilla mientras apuntaba con un dedo largo y firme las iluminaciones de los pergaminos. Era un gran guerrero, le dijo, alto y fuerte, que combatió a una raza de orcos hasta entonces nunca vista en la Tierra Media: los uruk-hai. Monstruos terribles eran estos uruk, con rostros abominables y fuerza sobrehumana, pero Boromir se enfrentó a ellos con valentía y logró hacerlos retroceder hacia Ithilien y recuperar Osgiliath.

Su padre señaló entonces una ilustración en concreto, donde Boromir soplaba un cuerno con fuerza, sus mejillas decoradas con espirales de fuego.

Es el cuerno de Vorondil – contestó presto Boromir, con una sonrisa, reconociendo el cuerno que su padre tenía a los pies de su lecho en un pedestal de madera tallada.

Algún día será tuyo, hijo mío. Como fue mío cuando mi abuelo dejó nuestro mundo. Y te enseñaré a soplarlo alto y fuerte, para que el corazón de los malvados se estremezca y el corazón de los valientes se inflame.

Boromir volvió a contemplar la ilustración. Pronto sería suyo, sí, pero a precio de la muerte de su abuelo, que ya agonizaba en su cama hacía un par de meses. Había dejado de ver un mes antes, y de hablar hacía unos días.

Y eso es lo que daba miedo al pequeño, sentir a su madre tan enferma de niño y pensar que lo abandonaría. Las escasas ocasiones en que le dejaban ver a su abuelo, éste lo contemplaba con los ojos vidriosos de la muerte, y le apretaba los brazos con dedos huesudos y recios.

Las lágrimas le asomaron a los ojos, pero su padre lo abrazó fuerte, fuerte, hasta que se le pasaron las ganas de llorar.

Vamos, mi querido Boromir – le susurró, con palabras suaves –. Vamos a buscarle un nombre apropiado al hermano que está por venir.

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Llevo buscándolo toda la mañana y no lo encuentro. El señor Senescal se va a enfurecer cuando no lo vea sentado a la mesa a su hora…

Le repito, joven lacayo, que no sé dónde se encuentra el joven señor Faramir. No lo he visto en toda la mañana.

Como siempre anda pegado a sus faldas, pensé que…

¿Faldas? – el mago frunció el ceño, apretando el pergamino que empuñaba con evidentes muestras de irritación. El lacayo sintió un escalofrío ascenderle por la espina dorsal – ¡Faldas!

Es… es una frase hecha, mi señor Mithrandir – se apresuró a corregirse el lacayo. Como vio que las espesas cejas del mago no se desfruncían, comenzó a alejarse del mago dando pasitos cortos hacia atrás – Ruego me… me disculpe… No quería ofender a su túnica… ¡digo, a usted, con su túnica!... quiero decir…

Y se escabulló detrás de la estantería más próxima. Al cabo, Gandalf escuchó la puerta principal del archivo cerrarse con estrépito, y las pisadas sobre la piedra del pasillo se aceleraron hasta convertirse en una carrera.


Sólo entonces Gandalf relajó el gesto y se permitió una sonrisa en silencio, volviendo a los escritos.

Boromir emergió de entre las pilas de libros un rato después. El mago no lo había oído llegar, absorto en su lectura y encorvado en su silla, pues el niño llevaba puestas las botas de piel de cabritillo que usaba para los entrenamientos.

Mithrandir, ¿has visto a mi hermano? El maestro lo está buscando, y si se entera mi padre de que no ha aparecido por la clase de hoy, se pondrá furioso.

Gandalf hizo un ademán con la mano para que Boromir se acercara. Apartando la pesada capa de viaje que aún llevaba puesta, descubrió al niño, que dormitaba en el suelo, arropado por la túnica y apoyando la cabeza en un pie del mago.


Ilustración original de Miguel Ozonas, para la edición de este relato en formato impreso.

Lleva aquí desde pronto en la mañana – le confió a Boromir en un susurro –. Me pidió que le enseñara algún poema, que le hablase de Númenor, que le enseñase a escribir en runas, y después se quedó dormido mientras le contaba la historia de su nombre.

El mago contempló a Boromir arrodillarse junto a su hermano y zarandearlo suavemente del hombro. Sus ademanes firmes pero delicados resultaban señoriales, aun teniendo unos escasos once años. Faramir se despertó, rascándose los ojos con los puños.


Vamos, dormilón – le dijo el mayor –. El maestro te está esperando, ¿no querrás que papá se enfade?

No quiero dar clase hoy – contestó con un puchero Faramir, mientras se incorporaba entre los pliegues de la túnica del mago –, no me gustan los números.

Vamos, vamos… – le apremió su hermano, tomándolo de la mano y haciéndolo ponerse en pie con suavidad – ¿Es que quieres ser un ignorante toda la vida? Si quieres, puedo decírselo a padre y que te envíe a los corrales. Para cuidar gansos no hace falta saber contar.

No – replicó, espantado, Faramir. Boromir sabía que lo aterraban los gansos desde que, siendo más pequeño, uno le picara un dedo al aceptar la avena que le ofrecía –. A los corrales no. Pero Mithrandir me enseña.

Faramir volvió sus ojos grises y despiertos hacia los de Gandalf, buscando apoyo. ‘Tan pequeño’ pensó el mago, ‘tan pequeño y está tan solo’


Hazle caso a tu hermano mayor, Faramir – le susurró el mago, poniéndole una mano ancha y nudosa en la cabeza –, siempre vela por lo que es mejor para ti. Si aprovechas la clase de hoy, luego podrás volver y te contaré más historias de los días antiguos. Y vete ya, que no me estás dejando estudiar a mí…

Gandalf apartó su mano del pequeño y se puso a refunfuñar entre dientes, revolviendo los pergaminos que tenía en la mesa. Faramir pareció resignarse, torciendo el gesto. Tomó la mano de su hermano con más fuerza y se dejó conducir dócilmente hacia el pasillo que daba a la puerta. El mago los vio marchar, mano en mano y, a medida que se hacían más pequeños en la distancia, pensó en lo extraordinario que era el mundo de los hombres. Aun en su desesperanza, eran capaces de seguir adelante.


¿Sabes? – Oyó a lo lejos que le decía Faramir a su hermano – Estaba soñando con mamá…

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Llegaron al patio del manantial a tiempo, antes de que se cerraran las puertas.


La próxima vez mediré mejor mis palabras.

Los arañazos que tenía en la mano le escocían.

Ya te dije que las mujeres de La Marca son susceptibles, hermano – se rió Faramir –. Allí las cosas no son como en Gondor.

Faramir examinó las heridas de su hermano con una sonrisa. Aquella escapada al mercado no había salido todo lo bien que hubieran deseado. La verdad era que su hermano no era demasiado delicado con las mujeres, aunque con esta había puesto especial cuidado. Pero las féminas de Rohan eran harina de otro costal…


Maldito Rohan y sus trenzas despeinadas – gruñó Boromir –, no volveré a mezclarme con esa gente aunque me ofrezcan un hijo de meara. Por mí, que esas harapientas se vayan a dormir con sus caballos…

Eso te pasa por intentar algo con una de ellas, yo no lo haría ni loco – respondió el menor, dando una patada a un guijarro del jardín –. Las adiestran para empuñar armas, ¿sabes? Yo no bromearía con una rohirrim loca que además sabe usar la espada.

La vista al poniente era hermosa a la luz del atardecer. El otoño cedería pronto al frío, y este traería consigo la oscuridad. Ambos se sentaron al borde del adarve de la Ciudadela, con la ciudad blanca resplandeciendo en oro del ocaso a sus pies.


Es curioso… – susurró Boromir, con los ojos perdidos en el horizonte. Faramir volvió el rostro hacia su hermano, cuyo negro cabello aleteaba al aire estival.

¿Qué es tan curioso?

Fue el hijo del primer Boromir, Cirion – murmuró el mayor, entrecerrando los párpados – quien asentó el pacto con Rohan, y les otorgó las tierras donde viven ahora – alzó la mano arañada, cerrando y abriendo el puño –. Y esto es lo que recibe el segundo de su nombre en respuesta de esa estirpe de comeheno…

La jugosa risa de Faramir le resonó en los oídos.


El padre de Boromir también se llamaba Denethor – prosiguió, apoyándose en las manos y echándose hacia atrás, con los pies colgando por el muro –. Y defendieron Osgiliath del ataque uruk-hai. Debió ser terrible cuando los vieron por primera vez, unos orcos tan grandes y tan fuertes…

–…
y tan apestosos – apostilló Faramir –. El cronista Taviron de la Torre Blanca describió su olor como ‘el que desprenden cien cadáveres podridos al sol y cubiertos de pústulas’.

Boromir arrugó la nariz ante la ocurrencia. Notó que los dedos de su hermano estaban de nuevo manchados de tinta.


¿Has estado otra vez trasteando en los archivos, hermano? – Preguntó, apartándose el pelo de los ojos con la mano arañada, regocijado al comprobar que la cabellera negra del menor reflejaba la luz del sol poniente del mismo modo que su propio cabello –. Como sigas haciendo caso a Mithrandir, los libros te consumirán el poco seso que tienes.

Hay cosas hermosas allí, y cosas interesantes – susurró Faramir, con los ojos grises clavados en el horizonte. Los ojos de Boromir, los ojos de Finduilas –. Relatos de cuando el mundo era nuevo y los árboles cantaban…

Árboles cantarines. Tamaño despropósito – gruñó el mayor, volviendo la vista hacia el atardecer carmesí.

Historias de hombres, historias de elfos – continuó el menor, susurrando al viento del oeste, mientras escuchaba los incómodos resoplidos de Boromir a su lado –… historias de gente libre y de gente esclava. Historias de reyes, de batallas, de príncipes. Historias de cuando Gondor era grande y noble…

¡Gondor es grande y Gondor es noble!

Faramir agachó la mirada. Había enfadado a su hermano, y lo sabía.


Que nadie ciña la Corona Alada en sus sienes no significa que seamos menos nobles o grandes que en los tiempos antiguos – Boromir apretó los puños, iracundo, hasta que los nudillos se le pusieron blancos –. Padre es un buen hombre, de noble estirpe y justo proceder. Gobierna con sabiduría nuestro reino, y aun así, se niega a sentarse en el alto sitial…

Boromir – la voz de Faramir no subió de tono, aun cuando su hermano casi había gritado – no quise decir lo que interpretaste. Lo siento.

El mayor enmudeció, aunque tenía el rostro congestionado y respiraba aún con agitación. Apartó el rostro de la vista de su hermano, airado y confuso. Faramir siempre se arrepentía después de hablar de los tiempos pasados.


Y además la sombra se cierne sobre nosotros – oyó que decía Boromir, en un gruñido. El menor había notado el temblor en su voz, pero no se movió –. La misma sombra que enfermó a madre, la misma que le hacía añorar el mar aun navegando en nuestra blanca nave de piedra… si te oyera padre…

Le daría igual – se quejó Faramir –. Me miraría con los mismos ojos con los que me mira siempre. Sin verme.

Eso no es cierto – susurró Boromir, con la voz firme esta vez –. Padre te ama. Aunque no sepa cómo decirlo.

Padre te ama a ti. Yo sólo soy una sombra. Un reemplazo inútil. Y ni siquiera para eso soy bueno. Si algo te ocurriera, ¿crees que se volvería hacia mí en busca de su hijo segundo? No, Boromir – gimió Faramir –, yo no soy como tú.

Se miró las yemas manchadas de tinta, y lamentó, como tantas veces, no tener las manos encallecidas de un guerrero.

Cuando el mayor habló, luego de un largo silencio, ya era de noche.

Boromir murió prematuramente – dijo, en un susurro, cerrando los ojos y alzando el rostro para que el viento de la noche le agitara los cabellos –. Le hirió un puñal maldito, y falleció antes de los ochenta años, presa del dolor que lo atormentara sin cesar durante veinte largos años.

Lo sé.

Padre nunca me contó esa parte – se sonrió, con una mezcla de nostalgia y de amargura –. Siempre me relataba cómo el hijo del primer Denethor venció a los primeros uruk-hai y consiguió salvar Osgiliath, clavando el estandarte del Árbol Blanco en la cima de las ruinas. Cómo recuperó más tarde Ithilien de las bandas dispersadas, y cómo gobernó con templanza con su título de Senescal. Y toda la parte de Cirion y Calenardhon…

La historia pocas veces se adorna con datos escabrosos, a no ser que se refieran al enemigo.

Faramir examinaba embelesado a su hermano, que contemplaba las estrellas. Boromir era ancho de hombros, robusto y regio, y su rostro parecía esculpido a la luz de la luna. Algún día sería un buen hombre, se dijo, algún día gobernaría con sabiduría y justicia.


Es una buena noche – susurró el mayor –. Observa, hermano, cómo resplandece la Ciudad Blanca a nuestros pies.

Y allí permanecieron los hijos de Gondor, ajenos a los susurros de la Ciudadela, a la sombra de Mordor, al anhelo del mar. Viendo cómo los diminutos ojos de Minas Tirith se encendían, uno a uno, con llamas titilantes que sabían a hogar. Contemplando cómo aquellas llamas salpicaban de estrellas doradas la superficie argenta de su ciudad, en la cima del mundo, en el sitial del reino, en la quilla del barco, en la punta de flecha. En el trono de Gondor, donde se mecen las ramas secas del Árbol Blanco.

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Alguien tocaba la flauta cerca, y su sonido se amortiguaba con el rumor del río. Faramir se dio la vuelta en su catre, incómodo. Cerró los ojos con fuerza para no despertarse, porque necesitaba dormir, aunque su cuerpo estuviese aún tan lleno de excitación por la batalla que no le permitiese descansar.

Gruñó. Las costillas le dolían. El aire dentro de la tienda estaba viciado y pesaba, pero era sin duda mejor que el frío que dejaba el agua en la destrozada ciudad. En Osgiliath, parecía que la falta de calor humano poblaba las calles de sombras hechas de escarcha, adheridas a las paredes quemadas, que te saltaban a los hombros al doblar cada esquina.


Y el frío sólo empeoraba el dolor del cuerpo. Llevar una armadura era terriblemente incómodo, y dejaba un dolor pulsante al desprenderte de ella, que te acompañaba como un espectro de metal.


'Más incómodo sería estar muerto' reflexionó, a su pesar, el soldado. Vaya, esa noche tampoco conseguiría dormir.

El frío lo golpeó como un cuchillo cuando salió de la tienda. Se arrebujó en la capa llena de barro y caminó entre hoguerillas apagadas, restos de ropa, piezas rotas de armadura, soldados acurrucados junto a platos vacíos y hoyos en el lodo.

Lo encontró sentado junto a la corriente. Trenzaba el cuero de la empuñadura de su espada con parsimonia, disfrutando del proceso, quizá atormentado. Faramir se sentó junto a su hermano y permaneció en silencio.

He tenido un sueño.

Boromir dejó la espada en el suelo, junto a los pies. Con el tiempo que había tardado en rematar su tarea, pensó el menor, habría trenzado todas las empuñaduras de la guarnición. Pero en vez de divertirlo, el pensamiento lo alarmó.


He tenido un sueño... – repitió Boromir, moviéndose para encarar a su hermano. Le tomó las manos con sus palmas grandes. Faramir sintió los callos de la espada de su hermano frotar sus propias durezas con angustia. Le apretó los dedos al mayor.

Cuéntame, hermano.

Soñé que estaba solo – comenzó, tomando aliento, Boromir –. Soñé que caminaba a oscuras, escuchando el sonido de mis pasos. Soñé que era una sombra la que me rodeaba, una sombra ominosa que venía del este. Soñé que quería despertar. Pero una fuerza irresistible me impelía a seguir caminando.

Faramir escuchó con el corazón sobrecogido. Aquello que su hermano le relataba le ponía el vello de punta, pues le resultaba aterradoramente familiar.


Y entonces resonó un eco, y me sentí forzado a detenerme. Aunque todo estaba en silencio, yo presentía una voz. Presentía – Boromir se pasó la lengua por los labios, ansioso –... presentía un mensaje. Una luz nació al oeste, una luz cálida y brillante. Y las palabras en la luz vinieron fuertes y rotundas, y se me clavaron de tal modo que no he podido olvidarlas...

Busca la espada quebrada, que está en Imladris;
Habrá concilios más fuertes que los hechizos de Morgul.
Mostrarán una señal de que el Destino está cerca:
El Daño de Isildur despertará, y se presentará el Mediano
...

Faramir guardó silencio. Su hermano lo miraba con ansia, con hambre. Pero no supo qué contestarle.

Él mismo había tenido ese sueño en el pasado. Los sueños de Faramir eran un mundo en sí mismos. Le hablaban, le susurraban, le sobrecogían, le aterraban. A veces le querían engullir, como la gran ola que lo amenazaba en los sueños inquietos, ante la cual sólo podía gritar, clavado en el suelo. Otras veces trataban de transmitirle mensajes, mensajes que no comprendía o que lo dejaban tan paralizado que le costaba despertar.

Su hermano, menos acostumbrado a estos sueños portentosos, estaba tan pálido como la cera. Faramir apretó los labios e hizo lo que creyó mejor.


Olvídalo, hermano.

Boromir torció el gesto, aún demudado por la angustia,


¿Cómo?

Que lo olvides. Seguramente el cansancio te ha traído pesadillas. Lo mejor es que vuelvas conmigo a la tienda y no hablemos más de estas tonterías.

El menor se puso en pie y comenzó a caminar de vuelta a la tienda. Esperaba que Boromir lo siguiera, pero no fue así. El mayor se quedó sentado en la orilla, confuso y agitado.


Faramir…

Vamos, hermano. Hay braseros bajo las lonas, y cerveza en abundancia. Mañana llegarán los caballos de reemplazo de Gondor, y entraremos en la ciudad con el sonido de las trompetas de plata, que celebrarán nuestra victoria.

Pero, hermano…

Las mujeres saludarán desde los balcones y nos arrojarán flores. Habrá gritos de ánimo y olor a pan caliente, nos pondrán a sus hijos en las manos y sus trenzas en las monturas. Subiremos los círculos de piedra mientras los soldados se reúnen con sus familias.

Escúchame…

Y en lo más alto estará padre – sonrió el menor, caminando de vuelta y tendiéndole la mano a Boromir –. Llevará consigo el bastón de mando, blanco y dorado, y el sello de Arandur al cuello. Los guardias del árbol se cuadrarán a nuestro paso, y padre nos recibirá con los brazos abiertos. Te dirá que eres un digno portador de tu nombre, pues como el primer Boromir has retomado Osgiliath de las manos del mal. Y volverá a sonreír…

Boromir recogió la espada y aceptó la mano que lo ayudó a ponerse en pie. Se dejó llevar, aún consumido por la duda. Su hermano menor le asió por los hombros con un brazo, y juntos hicieron el camino de vuelta hacia el campamento.


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El Daño de Isildur… y ambos lo habían visto… no cabía ninguna duda ya. Su hijo menor tuvo aquel sueño un tiempo atrás, pero que se repitiera ya era una seña inequívoca.


Faramir parecía pensativo, sentado frente a él al otro lado de la mesa.


¿Qué le dijiste, Faramir?

Que lo olvidara. Que no era nada. Que volviéramos a la tienda y no pensara en ello, le hablé de nuestro regreso y de la victoria – se revolvió en la silla, irguiendo un tanto la postura –. Pero ya sabéis, padre, cómo es Boromir.

Nunca da una presa por perdida ni una idea por banal – respondió el Senescal, refunfuñando –. Nació con la cabeza dura y el corazón osado, y temo que ello será su perdición en estos tiempos oscuros, si no conseguimos detenerlo.

Y vos, ¿qué le dijísteis, padre?

Denethor alcanzó la copa con una mano enjoyada. Sorbió el vino con inquietud.


Vino a mí de inmediato – susurró, con un golpe del plateado vaso en la mesa –, con preguntas, preguntas, preguntas… Estaba como loco.

Se mesó las manos, retorciendo los anillos.


Sólo le dije que Imladris es el nombre del Último Hogar de los elfos, aquel que nosotros llamamos Rivendel. Arduo y desconocido es el camino en esta era, prácticamente imposible de rastrear. No permitiré que mi primogénito arriesgue la vida yendo tras un sueño.

Yo tampoco – respondió Faramir.

Ambos se quedaron callados. El susurro del reloj de arena pareció llenar la estancia pétrea. Los ojos de las estatuas los contemplaban, impasibles. Faramir sintió miedo.


Padre, el corazón de mi hermano arde en fuego – se lamentó –. No puede dormir, no prueba bocado, ya no se lo ve en los salones o en los establos. No hace más que preguntar y elucubrar en voz alta, mientras alivia sus pesares en el entrenamiento de la espada.

Lo sé, no me atormentes con ello – gruñó el Senescal –. Ahora mismo está en la sala de al lado, esperando que lo recibamos. Yo he intentado evadirme, mostrarme siempre ocupado o evitar estar en su presencia. Hace dos días que almuerzo en mis estancias. Y no sé cuál va a ser su reacción cuando sepa que…

El reloj de arena agotó su carga con un siseo contundente. A Faramir siempre le había molestado que su padre mandase al secretario voltear el reloj cuando lo recibía, para medir el tiempo, como si se tratase de cualquier ciudadano pidiendo audiencia. Pero en aquel día ni siquiera eso le importaba.


Es la hora – susurró uno de los ancianos que abarrotaban la mesa del fondo –. Hemos de anunciar la entrada.

El ujier que estaba más cerca de la puerta abrió las pesadas hojas, y Boromir entró en la sala. Su porte regio no se veía empañado por su nerviosismo. Se inclinó ante la mesa de sabios, que revolotearon en cojeras y muselinas hasta sus escaños de los laterales, y también rindió pleitesía a su padre, que se aposentaba en la silla junto al trono.


Cuando tomó asiento junto a su hermano, en la mesa lateral, Faramir le apretó la mano fugazmente. Le temblaba.


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Faramir se sentó frente a la mesa en los archivos, abrumado. Le dolía la cabeza. Puso los codos en el tablero, con un crujido de los papeles que lo llenaban, y se apretó las sienes con los dedos. Cerró los ojos.


Terrible, esa era la palabra, terrible. No se lo perdonaría nunca, jamás. Recordó entre punzadas el horrorizado rostro de su hermano mayor al escuchar las palabras de los ancianos, su mueca de desagrado, sus puños de ira. Aún le resonaban en los oídos los bramidos de su padre, las roncas protestas de Boromir, las agudas voces del consejo de sabios hablando todos a la vez… y cómo se habían gritado, cómo se habían empujado por los pasillos a voces, ante la aterrada presencia de los asistentes de palacio.


Y así lo encontró su hermano, enterrado en los papeles y en sus manos, con la tormenta de sus sentimientos escampando. Puso de golpe los puños en la mesa.


Me voy, Faramir ¿Tienes algo que decirme antes de que emprenda camino?

El menor alzó la vista, aún nublada, de sus palmas. Boromir parecía preparado en verdad para un viaje largo. Llevaba su larga saya carmesí, los pantalones de montar, las botas recién enceradas, la sobrevesta de cuero, los guantes de piel de ciervo, la pesada capa ribeteada. La espada al costado, el escudo a la espalda. Y el cuerno en su tahalí, presto y limpio, con su tamaño descomunal y su blancura destellante.


Se le vino el mundo encima.


Boromir...

Ahorra aliento, hermano. Te va a hacer falta para reconfortar a padre. Y yo no voy a cambiar de opinión.

¿Es que no te importa lo que opine el consejo? ¿Es que no respetas la decisión de padre?

Faramir, esto ya...

No, ahora vas a escucharme tú.

Faramir se levantó de su asiento, empuñando un pequeño fardo de pergaminos.

Llevo esperando este viaje más tiempo que tú – susurró el menor, mostrándole los mapas, los diagramas, las rutas trazadas en el papel –. Soñé hace tanto con aquella profecía... Padre me dijo que era empresa mía, que yo debía llevar a término este viaje, y los sabios lo ratificaron. Creo saber llegar a Imladris casi con los ojos cerrados, he consultado cada papel y cada plano de los archivos, e incluso los trazos que he podido arrancarle a la antigua y huraña memoria de Mithrandir. Y por fin ha llegado la llamada al Concilio, aquel que será más poderoso que la sombra. Estoy preparado. Y tú debes quedarte aquí, eres... el heredero, eres el alma de padre, sus ojos, sus brazos... la ciudad te necesita.


Ilustración original de Miguel Ozonas, para la edición de este relato en formato impreso.

Pero contemplando el rostro de Boromir lo comprendió.


Impotente, le puso los papeles a su hermano en las manos mientras se le escapaban los sollozos. El alto techo del ala este de los archivos repitió en eco su lamento, mientras maldecía a Boromir, a Denethor, a Gondor, se maldecía a sí mismo...


Y Boromir callaba, miraba a su hermano y no decía nada. Su resolución era más fuerte que cualquier otro sentimiento que hubiera tenido en el pasado. Sabía que debía ir, tenía la firme obligación de acudir a aquel concilio, ahora que el Daño de Isildur iba a despertar. Y, como Isildur encarnado, aquella señal que se profetizaba les libraría de la sombra que los humillaba y diezmaba. Ya era hora de que Gondor dejase de sufrir, ya era tiempo de que aquel muro de hombres valerosos dejase de soportar en sus carnes el venablo del mal para proteger al resto del mundo. Los hijos de Gondor merecían reconocimiento y ayuda.


Tomó a su hermano de los hombros, dejando caer los mapas al suelo, y Faramir lo miró de frente con los ojos inundados.

El tiempo se detuvo en aquel instante, congelado en los ojos de los hermanos que se encontraban, frente a frente, como las aguas turbulentas del Anduin chocando contra las laderas del Tol Brandir.

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Boromir aspiró fuerte el aire cargado de frío.

Búscame, hermano.

Miró hacia el bocado de su montura, donde Faramir ajustaba los arreos.


Búscame cuando vuelvas. No sé dónde estaré, padre habla de mandarme a Ithilien. Llegan rumores de ejércitos que vienen del sur. Búscame.

Descuida, hermano menor – sonrió Boromir –. Ten por seguro que te buscaré. El corazón me dice que nos volveremos a ver.

Tu corazón es esquivo – respondió Faramir, mirándolo de soslayo. Ambos alzaron la vista hacia la Ciudadela, pero no vieron a nadie asomado en el espolón –. ¿Sabes que padre me culpa de tu marcha?

Contra eso nada puedo hacer, y lo he intentado todo. Hace tiempo que el señor Senescal construyó un muro en torno a sí y no deja penetrar a nadie – los dos miraron a la vez aquellos ventanucos, en el rincón de la torre, donde su padre solía encerrarse, para salir después más demudado si cabía, o con una expresión de júbilo que rallaba la demencia. Destellos de luz se entreveían en sus clausuras, de luz sucia, de luz extraña, cuando el Senescal de la ciudadela corría los cerrojos. Los dos hermanos se miraron largamente, como si se vieran por vez primera –. Es ahora tu misión evitar que padre pierda la poca esperanza que aún le resta.

No – sonrió Faramir –. Esa es tu misión.

No hizo falta más. Boromir puso su montura al paso por el Rath Celerdain y encaró la Gran Puerta. Uno de los guardias corrió los cerrojos y la guarnición de custodios empujó una de las hojas.

¡Salve Boromir, Hijo de Denethor, heredero de la senescalía regente, portador del cuerno de Vorondil, Capitán General de la Torre Blanca, Alto Guardián de la Ciudadela! – cuando el guardián de las puertas paró la retahíla para tomar aire, Boromir se volvió en la silla y le hizo una disimulada seña de burla a su hermano –. Hoy abandonas la Ciudad Blanca, y quedamos en ausencia de tu señorío ¡Que las empresas que hoy te alejan de tu pueblo se resuelvan con ventura! Vigilaremos tu vuelta desde la Torre Blanca.

Invocados por esta proclama, tres guardias con armadura de gala se asomaron al adarve. El acero de sus corazas y cascos centelleó a la luz del sol, y sus capas blancas restallaron contra la fría brisa del este. Los tres desenvainaron sus espadas a la vez, colocándoselas ante el rostro en señal de vasallaje, y el claro sonido de una trompeta rasgó el aire.


¡Salve, Boromir!

El clamor le erizó el vello. Inspiró con fuerza, con gallardía, aunque la emoción le arrebatara el aliento. Saludó con una mano mientras las hojas se cerraban, y lo último que vio en el resquicio fue a su hermano, con la espada desenvainada y firme ante el rostro. Y así como el Anduin erosiona los flancos del Tol Brandir contra los que un instante antes rompía, los caminos de ambos hermanos se partieron en dos, apresurándose en su carrera hacia los saltos del Rauros.


Se sentó firme en la silla y puso al trote a su montura, rumbo al oeste. No volvió la vista atrás.

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¿Dónde está mi hijo?

El lamento del señor de la ciudad se alzó hacia los techos de piedra, pero no obtuvo respuesta. Las estatuas de los grandes señores lo miraban impasibles, con los marmóreos labios detenidos. Denethor vagó entre los pedestales, balanceando la cabeza de lado a lado, en el paroxismo del dolor.

Mi hijo... Hijo mío...

Arrastraba penosamente los pies, mientras con las manos como garras asía contra el pecho el cuerno partido, que tintineaba en contacto con la armadura. Hacía ya tiempo que Denethor, hijo de Ecthelion, dormía con la cota de mallas puesta y la espada al costado. Los guardias de la puerta contemplaban la escena conmovidos y aterrados a partes iguales. Los gemidos del Senescal se oían por toda la Ciudadela, pues el palacio estaba sumido en un doloroso silencio y los ecos del salón retumbaban contra las altas paredes.


Mi hijo... ¿dónde está mi hijo? Oímos su altivo cuerno hace cinco jornadas, llamando desde la lejanía. Mi hijo llamaba a sus hombres de armas, a todo el que aún alberga algo de coraje en sus entrañas. Mi hijo...

Se desplomó sobre el sitial de piedra, sollozando.


Faramir y yo nos miramos, pues nadie más parecía haber oído su llamada... el cuerno de Vorondil sonaba alto y fuerte en nuestros corazones. Dijo estar inquieto, mi hijo segundo, pero yo no le hice caso...

Denethor tomó las dos mitades en las manos y las encajó, sin dejar de lamentarse.


Y un cuerno... un cuerno partido en dos ya no sirve para nada. No hay hombre que acuda a la llamada, ni bestia que huya de espanto ante la voz de su sonido. Qué será de mi hijo sin su altivo clamor...

Volvió a separar las mitades, las besó, las humedeció en sus lágrimas, las calentó en el aliento de sus lamentos, las apretó de nuevo contra su pecho, susurró palabras inconexas. Y después se quedo quieto, en silencio, con la cabeza enterrada en el pecho, y el cabello desgreñado ocultándole el rostro.

El secretario del consejo de sabios entró apresuradamente en la estancia, retorciéndose las manos. Recorrió el salón renqueando, hasta encontrarse frente al doblegado Senescal.

Mi señor – susurró quedamente, como quien habla a un enfermo –, precisamos de su ayuda. Hay que proteger la ciudad y necesitamos discutir las...

¿Dónde está mi hijo? – susurró Denethor, alzando sus ojos arrasados hacia el rostro arrugado del secretario. El anciano se puso a temblar.

Vuestro hijo parte a Ithilien – balbuceó, hecho un manojo de nervios –. Vos mismo le dísteis permiso para marchar con sus hombres hacia el sur, para proteger los caminos de la llegada de los sureños. Pero si queréis que lo mandemos...

No entendéis nada – susurró iracundo el Senescal, asiendo con una mano el cuello del manto del anciano – ¡nada! Sólo sabéis cloquear como las gallinas y esconder la cabeza como las tortugas – se puso en pie, aún asiendo el cuello del consejero, que temblaba de pies a cabeza, y los pedazos del cuerno cayeron al suelo, con un sonido hueco –. Pronto llegará el día en que ni siquiera en vuestros agujeros de rata estaréis a salvo...

Denethor empujó al anciano, que cayó hacia atrás en el piso de mármol. Y con la misma ira con la que había hablado, salió a zancadas hacia las escaleras de la torre. Oyeron cerrarse la puerta de la habitación que no se debe abrir, y después reinó el silencio.

Uno de los guardias ayudó al secretario a levantarse y salir del salón. El otro apoyó la lanza en la pared, se sacó el yelmo y, henchido de respeto, recogió el cuerno quebrado y lo depositó en el sitial.

La guarnición de plata relumbró bajo la suave luz de la ciudad blanca. El soldado se arrodilló y agachó la cabeza. Un rayo de luz incidió en el borde labrado de runas, proyectando maravillosos arabescos en las paredes.


Pero las nubes taparon el sol, y todo se sumió de nuevo en la penumbra.


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Mi señor… mi señor Faramir…

El maestro de armas se secaba las lágrimas con un pañuelo mugriento. Faramir le puso una mano reconfortante en el hombro.


En la casa de la guardia, los hombres de su guarnición personal afilaban sus espadas en silencio, preparándose para la marcha. Cuando Faramir entró en la estancia, bajaron la mirada con gesto melancólico. Él revisó su número de un vistazo, y apretó los labios.


Anárion.

Uno de sus soldados de más confianza se puso en pie, envainando la espada y llevándose el puño derecho al pecho del justillo.


¿Sí, mi capitán?

Cuenta los efectivos y ordénalos formar cuando se den los toques de salida. Refresca los caballos de los mensajeros. Y haz salir a la escuadra de exploradores hacia el llano. Había huellas recientes esta mañana. Quedas al mando en las maniobras hasta mi regreso.

Sí, mi capitán.

Lo que resta del día estaré en la Ciudadela, partiremos al anochecer. Que nadie me moleste.

Por supuesto, mi capitán.

Faramir salió de la sala con largas y lentas zancadas. Sus soldados no dijeron nada. Algunos también se llevaron los puños al pecho, en señal de despedida. Faramir mantuvo el rostro pétreo ante sus hombres.


Sorteó cajas de víveres, cuerdas desatadas, hombres que almorzaban o que se ajustaban las vestimentas en el penúltimo círculo. Nadie dijo una palabra, todos agachaban la cabeza, como para no mirar a los ojos a Faramir. Caminó por pasillos, flanqueó puertas, y el eco de sus pisadas retumbó por las salas en silencio.


La sala de custodia estaba vacía.

Faramir encendió la vela con paciencia, utilizando yesca y pedernal. Había un farol de aceite en la pared, pero le pareció más noble usar sus manos. La llama titiló en su candelero de bronce, junto al atril. Con toda la ceremonia posible de la que eran capaces sus manos temblorosas, estiró con mimo las esquinas del paño de lino donde reposaba la reliquia. Desenvainó la espada, se acercó solemnemente la cruz a la frente, hincó su filo en el suelo y se arrodilló, manteniendo las manos en los gavilanes. Al cabo de un rato, se echó la capucha sobre los ojos para ocultar en sombra sus lágrimas.

El primero de su nombre había sido también hermano pequeño, hijo de rey. Ondoher tuvo tres hijos para su linaje, dos varones y una mujer, Fíriel.


Ondoher nunca deseó que su hijo menor fuera a la batalla, por eso sólo llevó a Artamir consigo. Pero Faramir desobedeció, disfrazándose de soldado raso. Una noche especialmente cruenta en los anales, Ondoher y su hijo primogénito Artamir perecieron en batalla, ante los ojos impotentes del menor, masacrado más tarde por el ejército de Aurigas, Variags y Haradrim que atacaban Gondor. Con él, terminaría el reinado de su línea, ya que no permitieron reinar a su hermana.


Faramir, hijo de Ondoher, y Faramir, hijo de Denethor, compartían un mismo deseo y un mismo clima de guerra. Y el hijo de Denethor temía que también compartirían destino, pues veía repetirse la historia ante sus ojos y a través de sus visiones. Cada vez que hablaba con su padre era más patente su decadencia, su desesperación. Y su hermano… apoyó la frente en la guarda de su espada y se dejó llevar por la melancolía.

Así fue velado hasta el anochecer el cuerno de Vorondil cuando retornó a la Ciudadela de Minas Tirith. Los soldados de Osgiliath lo habían encontrado con la aurora de la mañana. Estaba quebrado, y hallaron una mitad en cada orilla del Anduin, atascadas en el lodo y las algas. Guardada pues fue su vigilia junto a una vela, reposando en lino, y ante la amarga mirada de un hermano aturdido, desgarrado e iracundo por sus propios sueños, sus propias visiones. Por haber presenciado el paso del espectro de su ser más querido, en el mismo lugar donde Boromir le había contado su sueño.

Y la desesperanza lo invadió por completo.
Posted by Findûriel in , , | 28.1.11 2 comments
Noviembre tiene el alma lejos.

Dicen las viejas que, justo antes de nacer, Noviembre se entretuvo mirando las hormigas acarrear pedazos de pan. Por eso se le quedó el alma lejos. Niña boba, le decía la abuela, siempre con las musarañas. Niña boba.

Pero a Noviembre no le importa tener lejos el alma. Una vez se miró por dentro a ver si había hueco, y encontró que estaba llena de otras muchas cosas. Agujas de pino, cordeles partidos, guijarros del río, una botella azul de cristal, olor a mandarinas, legumbres en las manos, cosquillas, dolor de barriga, barro y paja, pomada de menta, cristal que retumba, bigotes de ratón, manoplas, tijeras, llaves de forja, libros sin abrir, frío de baldosas, música de ascensor.
Así que no le cabía un alma.

Cuando siente añoranza, Noviembre busca a La Grande. No es su mamá, no es su abuela. Es simplemente La Grande. Y se mete a escondidas y con los pies sucios entre las sábanas de su cama, se acurruca contra su espalda y escucha. Y el alma de La Grande le arrulla una nana.

Noviembre se toca los dedos de los pies. Están fríos. Hoy le han traido una peonza, y le piden que la baile. Pero ella no quiere. No le gustan las cosas que se mueven rápido. Así que allí la deja, quieta en el suelo, y se asoma a la ventana. Noviembre siempre estampa la cara en el cristal para asomarse. Está nevando.

Hace tiempo sueña que los seres de rafia que fabrican las nubes pelan cebollas, y eso es la nieve. Copos de cebolla. Por eso los cristales lloran cuando nieva.
Pero nadie sabe por qué llora y ríe Noviembre.

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Es la primera vez que una de mis ABJD va a tener historia previa a su llegada. Estoy creando un personaje, o más bien el personaje está creciendo dentro de mí.

A ver dónde nos lleva.

Findûriel

(Imagen extraída de morguefile, banco de fotografías liberadas de copyright y sin derechos de autor, acogidas a Creative Commons y sin requerimiento de acreditación)
Posted by Findûriel in , , , , | 30.4.09 3 comments
Este pasado fin de semana disfruté del inmenso lujo de asistir a la III Mereth Erukyërme (o I Mereth Eruquiéreme) organizada por el smial de Númenor. Nos reunimos casi 60 personas en un albergue de Piedralaves (Ávila) para disfrutar de lo que sabíamos Númenor nos iba a brindar: trabajo bien hecho, calidez, ambientación y atención al detalle.

También nos encontramos cosas anunciadas pero que por su intensidad no dejaron de sorprendernos: irreverencia, desenfado, desenfreno y mucho, muchísimo humor.

Como la crónica la debo, porque aún la estoy escribiendo, os pongo en este post el cuento que presenté para el concurso de relatos románticos de la Mereth. Resultó ganadora, con un relato excepcional y conmovedor, Delia 'Narya-Mithrandir'. Espero que también lo publique en su blog :)


Noche sin luna

Caía la noche y las murallas se convertían en carbón. La Ciudad Blanca ya no lo era al ponerse el sol, más allá de tierras sin hombres, en la hora del sosiego y el sueño.

Faramir estaba solo. El viento del oeste le agitaba los oscuros cabellos, y también le secaba las escasas lágrimas que se atrevían a perlar sus párpados. 'El Senescal de Gondor no llora nunca', eso le enseñó su padre en el funeral de su hermosa madre. 'El Senescal no llora ante los ciudadanos'. 'Guarda tus lágrimas para la noche', le aconsejaba, tomando firmemente su pequeña mano y conduciéndolo por los círculos de la ciudad, tras el cortejo fúnebre. Él lo escuchó llorar en los salones de piedra, encerrado, cuando comenzaba a despuntar el alba.

El ruiseñor comenzó a cantar.

Se dio cuenta de repente de la sed que tenía. Trató de recordar la última vez que había bebido algo, enfrascado en las tareas de reordenación y archivo. Quizá una copa de agua en el frugal almuerzo, 'y porque nadie puede decir que no a Mithrandir cuando habla con ese tono', suspiró para sí. Una copa de agua, sin color, sin vida. Mientras daba vueltas al anillo de su mano derecha, el agua fue lo que volvió a sus ojos, cálida y áspera.

Parpadeó y borró aquellas lágrimas obligándolas a retroceder.

Pues allí estaba ella, entrando con paso quedo, con el cabello cubierto por un manto oscuro y pesado, sin palabras. Patente sólo en el pequeño espacio por el que se deslizaba con presteza, pero llenando de pronto el aire a su alrededor con su sola presencia. Llegaba, con el silencio, permanecía a su lado, y siempre estaba allí su mirada clara y honesta. Sin preguntas, sin tensiones.

Le tomó de las manos.



Y allí había traído ella la copa, el ánfora, y el vino aromático que cantaba en la plata al derramarse. Bebió largamente, hambriento y agradecido. Y su sonrisa. Y la sonrisa de ella, hundiéndose en el vino como una especia, viniendo para arrojar luz en el carbón pulido de las murallas y en el espectro denso de la muerte.

Sus manos blancas estaban frías.

Eowyn trató de calentarlas frotándolas entre sí. En las criptas de Rath Dínen el aire siempre estaba helado, tanto, que el agua en que sumergía sus manos cada atardecer amenazaba con cortarlas. Le daba miedo Fen Hollen, la Puerta Cerrada, como si no fuera a abrirse jamás después de haberla flanqueado cada ocaso. Pero en la noche el guardia volvía a abrirle la poterna lateral para que saliera, dejando atrás el cadáver honrado y los miembros ungidos del rey que fue su tío.

Faramir volvió a tomar las manos de Eowyn para atraerla más cerca.

Le dolía saber que hollaba sola las piedras de Rath Dínen, la Calle del Silencio, cada atardecer desde que volviera su hermano, para lavar y perfumar las manos y el rostro del rey Théoden. No era quién para cuestionar sus costumbres, pero rodearse de muertos no parecía la mejor cura para su dolor. Uno de los días ella le confió que después de cantar a los pies de su tío, guardando los aceites y los paños, aguardaba un segundo ante la puerta del pabellón cerrado donde reposaba Denethor. Él no se atrevía a acercarse, no aún. Pero agradecía el gesto de la mujer con un poso de amargura.

A Eowyn aún le daba vergüenza estar tan cerca de Faramir.

Lo veía en escasas ocasiones, yendo de acá para allá, recibiendo viajeros de lejanas tierras, estudiando pesados manuscritos para las correspondientes redacciones de los escribas junto a Mithrandir, paseando largamente con su rey Elessar, comiendo de prisa en los salones laterales del archivo. Sólo muy de vez en cuando cruzaban alguna mirada, algún guiño, o podían intercambiarse un saludo.

No había luna aquella noche. Aun así, Faramir vio las estrellas reflejadas en los ojos de la dama de Rohan.

Y él había preguntado, en uno de aquellos rincones sin nombre, en uno de aquellos momentos sin tiempo. Y ella había concedido. Él le prometió volver siempre, desde los lugares más remotos, al hogar que crearían juntos. Y ella le prometió una copa llena cada vez que regresara a su lado. Aquella noche la muralla brillaba cual si fuera de nácar bajo la luna llena. Parecía que el día se apoderaba también de las noches. Después vino de nuevo la oscuridad.

Pero ahora tenían presente la esperanza de un nuevo día.

Compartiendo sus soledades, sabiendo cada uno de las ausencias del otro. Faramir, sin padres y sin hermano. Eowyn, huérfana por vez segunda. Los dos, recién arrancados de las garras de la muerte. Sus angustias se encontraban para remansarse como las olas en las altas quillas de los barcos. Y ambos se topaban con el otro, torpemente al principio, con entrega un segundo después. Hallando calor para sus corazones huecos, comprensión en su aislamiento, amor en su desgracia. Fuerza donde lo más fácil hubiera sido rendirse al vacío.

La piel de Eowyn se templó al ritmo de los besos hambrientos del soldado.

Besos con sabor a sal, a lágrimas no derramadas. Besos con el calor que sólo un corazón guerrero puede encender. Y a él los labios de su amada se le antojaban golondrinas, cálido reposo, enigma por resolver.

— Sé que ella le dijo que sí.
Eomer se recostó en el muro, tras la reja de la enredadera, agitado por lo que sus ojos habían contemplado. No sabía qué pensar. Aquel aparente paseo por las murallas a medianoche se había revelado en una extraña sorpresa.
— Es mi bien más preciado — contestó con aspereza.
— No — respondió Elessar, cruzando los brazos —. Ahora es el suyo.
Eomer frunció el ceño. La tormenta de su corazón no dejaba de rugir.
— Entonces no hay más que hablar, supongo — concedió a regañadientes —. No sabes cómo se las gasta mi hermana cuando le llevan la contraria.


(imágenes de Ted Nasmith y de Enke Katrin-Eissman)

Findûriel
Posted by Findûriel in | 13.2.09 3 comments
Érase que se era un laberinto.

En aquel laberinto vivía nadie sabe hace cuánto la mujer sin rostro. Como no poseía nariz, ni ojo, ni boca, ni oreja, caminaba tentando las frías paredes del laberinto día y noche, con lentitud, sin cesar nunca. ¿Qué buscaba? Nadie lo sabía.

Después de mucho tiempo de vagar a tientas, extendió la mano y sintió calor. Un recuerdo pareció abrirse paso en su mente, un recuerdo de gritos, risas, humedad y aire. Un recuerdo de luz, aunque ojo no hubiera en aquel rostro que no existía. Avanzó sin apoyarse en nada, por primera vez desde que tuviera conciencia, y al tambalearse cayó al suelo.

El suelo era de arena, fina y cálida, que se le pegó a la piel húmeda de inmediato. La mujer sin rostro estaba modelada en barro, reblandecido a la sombra por tantos años de deambular sin sol. Alzó las manos y las sintió granulentas, porosas, crujientes. Trató de recordar, si es que alguna vez lo había sabido, qué era sonreír. Y comenzó a leer en la arena. Una, dos, tres letras, formadas en sus yemas y clavándose con tibieza en su superficie.

Gateó.

Tropezó con algo que le golpeó en la cabeza, tan blando como para que no se deformase, tan duro como para hacerla sentarse de golpe. Se frotó el cráneo, manchándoselo con la arena, y de repente, notó que alguien más tentaba su cabeza.

Había alguien más allí, alguien a quien no podía oler, ver u oír, pero sí sentir.

Se quedó muy quieta.

Aquellas manos también estaban horadadas de arena. Aquella piel también era blanda, también se escollaba con los fragmentos de tierra, también raspaba con ternura en el cráneo manchado. Ella alargó la mano. Halló otra cabeza, otra nuca, otra sien. Ni nariz, ni ojo, ni boca, ni oreja. Hundió levemente su barro fresco en el barro fresco recién descubierto. Trató, de nuevo, de acordarse de lo que era sonreír.

Y aquellas manos, torpes al principio, anhelantes al cabo, modelaron nariz, ojo, boca y oreja en el rostro sin rostro del contrario, con la misma tierra en la que iban leyendo los rasgos del otro. Hola. ¿Cómo estás? ¿Cómo te llamas? ¿Eres feliz?

Así, al fin vieron el sol, mientras trataban de añadir más arena al conjunto. La nariz debe tener aletas, las orejas, lóbulos. No sé cuántas pestañas debe tener un ojo, nunca los he tenido. Estoy deseando que tengamos bocas para poder sonreirnos.

Pero el mismo sol que ahora les daba la vista, hacía que sus caricias se convirtieran en erosión. Sus pieles, frágiles por la cocción inadecuada, se resquebrajaban al menor roce de yemas. Así, las mismas manos que crearon rostros, los sentían desmoronarse en cascadas de arena. Antes de perderse en la oscuridad de nuevo, ambos recordaron lo que era llorar.

Se perdieron, tristes, titubeantes, antes de deshacerse del todo en aquella tiranía de la luz. Se rehicieron con tristeza, bajo el lóbrego amparo de la oscura humedad. Leyéndose el uno en el otro al ritmo que desprendían los restos de arena. Quién sabe si de otras criaturas semejantes a ellos. Quién sabe si de otros amantes que decidieron perecer en el escalofrío.

Y se buscan sin consuelo para chocar, alguna vez en el largo transcurrir de los siglos, durante unos segundos, en el centro del érase que se era un laberinto.

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