sábado, 28 de abril de 2007

En la sombra

Sí: tú me buscas.
A veces en la noche yo te siento a mi lado,
que me acechas,
que me quieres palpar,
y el alma se me agita con el terror y el sueño,
como una cabritilla, amarrada a una estaca,
que ha sentido la onda sigilosa del tigre
y el fallido zarpazo que no incendió la carne,
que se extinguió en el aire oscuro.

Si: tú me buscas.

Tu me oteas, escucho tu jadear caliente,
tu revolver de bestia que se hiere en los troncos,
siento en la sombra
tu inmensa mole blanca, sin ojos, que voltea
igual que un iceberg que sin rumor se invierte en el agua salobre.

Sí: me buscas.
Torpemente, furiosamente lleno de amor me buscas.

No me digas que no. No, no me digas
que soy náufrago solo
como esos que de súbito han visto las tinieblas
rasgadas por la brasa de luz de un gran navío,
y el corazón les puja de gozo y de esperanza.
Pero el resuello enorme
pasó, rozó lentísimo, y se alejó en la noche, indiferente y sordo.

Dime, di que me buscas.
Tengo miedo de ser náufrago solitario,
miedo de que me ignores
como al náufrago ignoran los vientos que le baten,
las nebulosas últimas que, sin ver, le contemplan.

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Dámaso Alonso, "Hijos de la Ira", que en un libro de poemas me dijo, a los 15 años, mucho más que las toneladas de libros que me mandaban en el instituto. A cierta edad y con ciertas sensaciones vitales, no pueden sobrecargarte con cualquier cosa aduciendo que son "los clásicos". Menos mal que existe, de vez en cuando, algún profesor que lee en las entrañas y te guiña el ojo mientras te pasa una nota amarilla con dos o tres títulos en ella...

Bendita doña Carmen, que me recomendó a Dámaso, que nació el mismo día que yo del calendario!