sábado, 17 de noviembre de 2007

De Rían y Húor (fragmento)


¡Lacho calad!¡Drego morn!1

Oscura es la hora en que los gritos comienzan. Al menos la esperanza, al ver marchar aun desconfiado a Turgon, alienta el ánimo cansado de Huor. Rechaza un par de oleadas más, luego escucha con ansia el estruendo del otro flanco.
Su hermano se seca la mejilla, aprovechando el breve receso. Las tropas en derredor parecen aguantar bastante bien. La sangre le molesta, siempre lo hace. El menor lo observa en silencio mientras el mayor se mancha aún más al restregarse con la manga. Le escala por la garganta una sonrisa, pero los nervios y el furor de la batalla que los rodean se la ahogan en la lengua. Los ojos le bailan hacia la espesura.


Húrin mira a Huor, que exhala violentas columnas de vaho desde el rostro ennegrecido de sangre y barro, y siente que las fuerzas le flaquean por un instante. Las palabras que dirigiera a Turgon2 le dan miedo aun ahora, porque no las comprende. A veces la sabiduría de su hermano le asusta. Respira hondo y mira al frente de nuevo, no quiere sembrar la duda en el menor por su súbita tristeza.
Los sonidos de batalla se acercan cada vez más. Son fuego y roca los que avanzan. Los Edain repelen una oleada, después la siguiente. Huor ha visto al replegarse los puentes sobre el Sirion, los cadáveres apilados sobre los que los malditos cruzan la corriente hacia ellos. Piensa en el cuerpo menudo de su mujer, y la espada le pesa como si fueran ciento. Alza el filo y golpea, una, dos, cien veces. Febril, desesperado, junta la espalda con la de su hermano, que lucha como siempre a su lado.
Caen aquel que ensillara su caballo, aquel que llevara el estandarte a la salida de Dor-Lómin, también aquel que le ofreciera agua a su cansada garganta, y aquel que se asombrara con la llegada de Turgon… Huor los ve gemir, retorcerse, perder aliento, quedarse quietos. Hunde los pies en el barro, repele otro filo sucio. No sabe si la tierra está empapada de lluvia o de sangre.

Húrin gruñe, la espada hundida hasta la empuñadura. Da un fuerte tirón para liberarla. No le gusta la espada, ni aun ahora. Mira en derredor, se abalanza, despedaza, grita. Su presencia es terrible. Sus hombres se abaten como espigas maduras, con los pies cercenados, con las gargantas abiertas. Sabe que no saldrá de allí, pero la luz le brilla en la frente. Aún está en pie, aún está en pie. Se asienta con firmeza sobre los tobillos, balancea el cuerpo robusto. Aún no le han vencido.


[1] ¡Resplandezca el día! ¡Huya la noche!: recuerdan el grito de batalla lanzado por los Edain del Norte en el Narn I Chîn Húrin (Cuentos Inconclusos, p. 89 / UT 1 II La infancia de Túrin:65)
[2] Húrin y Huor hacen retirarse y salvarse a las tropas de Turgon mientras les aseguran la retaguardia. Antes de despedirse, y para convencerlo de que abandone la batalla, Huor le dice a Turgon “Esto os digo, señor, con la mirada de la muerte: aunque nos separemos aquí para siempre y yo no vuelva a ver vuestros muros blancos, de vos y de mí se levantará una nueva estrella. ¡Adiós!”. La nueva estrella sería Eärendil, hijo de Tuor e Idril (hija de Turgon) (S,QS,XX:22)

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