jueves, 3 de enero de 2008

Hoy (homenaje)

Entra en casa y coloca el abrigo en el perchero. Hoy hace mucho frío, y la humedad se le ha calado en los huesos, así que tirita por un segundo antes de entrar en la sala, donde crepita la humilde chimenea. Calienta bastante bien el espacio que alcanza el resplandor de sus llamas.
Sin embargo, donde mejor se está es en la cocina. Su esposa está haciendo kidney pie, así que simplemente pasa por su lado con un tímido gesto de cariño y la deja sola, camino al jardín. Mientras abre la puerta, no le hace falta girarse para saber que ella está frunciendo el ceño. Al menos no ha refunfuñado, está demasiado entretenida con su relleno.

Atraviesa el pequeño paraíso de su jardín, tan pequeño que precariamente caben las tres tumbonas blancas que ya se han empapado con la humedad del invierno. Su hijo mayor bromea cuando él lo llama jardín. Más bien una maceta, le soltó una vez entre risas. Pero en el jardín tiene su árbol. Aquel que toca con dedos delgados en los cristales cuando sopla la brisa, como un duende travieso que quisiera entrar por la ventana. Aquel también que araña furiosamente como un ente oscuro cuando arrecia la tormenta.

La puerta de su guarida chirría, como siempre. Le recibe una pesada oscuridad, hasta que consigue abrirse paso a tientas entre fardos de papel y rollos de cartón a la mesa y encender el quinqué.
También pelea con el brasero bajo la mesa. Espera que su esposa no lo pille allí arrodillado en el suelo, dando vida con tímidos soplidos a las brasas malhumoradas. Siempre le dice lo mismo, un día vas a prender este desastre de papelajos con esa lámpara cochambrosa y ese brasero gruñón. Se sonríe antes de ponerse trabajosamente en pie y asentarse en la silla, que también cruje en sus viejas patitas.

Hay un poco más de luz en la sala, que titila con pereza sobre los mapas viejos y los montones de manuscritos, algunos de ellos llenos de polvo. Aparta las cartas a medio escribir que hay sobre la mesa, añadiendo una nueva pila de documentos a su babel de tinta y papel, y abre la tabaquera. Tiene frío en la punta de la nariz, aunque los pies van entrando en calor. Nota el familiar y reconfortante brillo del tabaco al prenderse en la pipa al aspirar pacientemente, y le hace entrecerrar los ojos.
El humo se eleva espeso y gris, como telarañas de lo liviano, hasta el techo de su cobertizo. Le inunda los pulmones de aroma, le entibia el corazón, le aturde y revive a la vez. Exhala y observa las espirales enroscarse en las vigas, remolonear en las hojas arrugadas, posarse en los estantes abarrotados.
Bate los párpados, momentáneamente fuera del mundo tangible, disfrutando del calor que le va escalando por los huesos, y del sabor de su tabaco que le envuelve como una densa capa de gris amparo. Por poco olvida la tarea que lo ha llevado allí, pero el tacto de la madera cruda de su mesa mientras tamborilea con los dedos, rugosa y castigada, parece recriminarle su olvido, trayéndolo de vuelta.

Hojea con pereza los últimos borrones de tinta negra, en la parte superior de su montaña de notas. Trazos aquí y allá, esbozos, o casi nada, o más que eso. Algunos nombres que le resuenan en la nuca, le cosquillean en los oídos, le chispean en la boca del estómago. Toma la pluma y descubre que la tinta seca la ha atorado. Sonriendo, un poco impaciente, abre el cajón y saca una nueva. Piensa un instante antes de arrojar la inútil a la papelera, que paradójicamente no contiene ningún papel. Pero en su memoria emergen, como manos de la niebla, las ideas que aquella pluma ha dado vida. Así que guarda la pluma inservible en el cajón. Seguro que su mujer lo regañará también por eso.

Antes de comenzar a escribir, instintivamente, traza una filigrana con la punta metálica en el aire. Cuando la pluma se posa en el papel, ya no es una pluma. Es un estilete que separa la realidad de cobertizo y brasas de la realidad de hojas y barro. Corta como un bisturí, dejando a un lado la pipa fumada en humedad y noche, y al otro lado la pipa fumada como refugio enmedio de un viaje terrible. Y así como su mundo en olores de papel y luces amortiguadas suena con el rasgar de la estilográfica, el mundo que da a luz se sumerge en remotos paisajes al alcance de la mano que hay que atravesar, no importa a qué precio, no importa de qué modo.

Alguien abre la puerta. Su esposa entra con cuidado, arrugando la nariz. Ha olido el aceite de la lámpara, el humo de las brasas, y no le gustan como no le han gustado nunca.
- Un día vas a prender este desastre de papelajos con esa lámpara cochambrosa y ese brasero gruñón.
Pero él ve que trae una bandeja con té, y pasteles de sésamo, y un poco de crema, y azúcar, y un pedazo de mantequilla, y un par de rebanadas de pan tostado. Ella sortea los montones de papeles con dificultad, tratando que no se le derrame el té. Él la observa danzando con su espalda encorvada entre los árboles que son sus manuscritos, las hojas que son sus textos, y un recuerdo punzante lo hace estremecer.

- Felicidades, John.

Él toma el té. Está tibio, no caliente, exactamente como a él le gusta. Entrecierra los ojos mientras el aroma de las hojas en infusión le calienta la nariz.

- Gracias, querida Edith.


FELICIDADES, PROFESOR

Findûriel.

12 comentarios:

Silmaril dijo...

Es fabuloso. El homenaje más hermoso que le podías hacer. A él y a nosotros, los que te leemos. Me ha emocionado ... porque he podido verle entre la niebla del humo de su pipa y las montañas de hojas ... Gracias por esta entrada.
Y feliz cumpleaños, profesor, Beren, donde quiera que esté.

Selerkála dijo...

¡Por Eru y toda la Cosmogonía del Profesor!
Es una auténtica delicia leerte.
Realmente "he visto" a Tolkien entrando en su casa, en su
"despacho"...Muy bien descrito, muy bien narrado...

Feliz Cumpleaños, Profesor!

Y a tí, querida mía, y siguiendo tus instrucciones: chasqueo mi látigo! Quiero más de "El último merodeador"!! ;P

Un abrazo!

Nienna dijo...

Muy bonito de verdad,me ha parecido precioso.Gracias!

Eleder dijo...

PLAS PLAS PLAS PLAS PLAS PLAS PLAS PLAS PLAS PLAS PLAS PLAS PLAS PLAS PLAS PLAS PLAS PLAS PLAS PLAS PLAS PLAS PLAS PLAS PLAS PLAS PLAS PLAS PLAS PLAS PLAS PLAS PLAS PLAS PLAS PLAS PLAS PLAS PLAS PLAS PLAS PLAS PLAS PLAS PLAS PLAS PLAS PLAS PLAS PLAS PLAS PLAS PLAS PLAS PLAS PLAS PLAS PLAS PLAS PLAS PLAS PLAS PLAS PLAS PLAS

Altáriel dijo...

¡Me encanta perris!

Ya te lo he dicho, pero que quede constancia, ME ENCANTA.

Pero ya sabes que Tolkien no bebía té, sino... xDDDD.

¡Un besazoooo!

Crisofilax dijo...

Muy bueno, Findus. Realmente tienes un estilo y un modo de escribir que para mi los quisiera. Eres grande!!! Casi, casi, como el maestro...

Findûriel dijo...

Me azoráis y honráis en la misma medida... vamos, que soy una tetera a punto de silbar.
Findûriel. Mil gracias, pero no se merece tanto honor.

Cebadilla dijo...

que no mereces tanto honor? mereces todos los honores, a ver si dentro de unos años no estamos celebrando el dia del brindis por la findu. :)

Celebnár dijo...

:'(

Cualquier otra cosa lo empaña.
Gracias

Narya-Mithrandir dijo...

Precioso, como siempre ^^ No me cansaré de decir el talentazo que tienes.

Gracias por compartirlo.

Eowyn Zirbêth dijo...

Muchas gracias por este pedazo de regalo. Es precioso, de verdad.

Nirnaeth dijo...

Nos estás malacostumbrando, Mónica. Luego no te quejes si entradas como ésta, también de este blog, se leen en una librería en el centro de Barcelona un día de cumpleaños de un profesor del Merton College de aspecto aburrido y convencional