martes, 25 de marzo de 2008

Día Tolkien

Los 25 de Marzo celebramos el Día Tolkien, ya que fue este día en el que el anillo fue arrojado al interior del Monte del Destino para su total, dramática y emocionante destrucción. Bueno, el anillo y el dedo corazón derecho de la mano de Frodo, dicho sea de paso :)

ITHILIEN

La tierra, dura contra su rodilla, estaba húmeda. Lluvia. Sangre. Lodo. No lo sabía. Se apoyó con la palma un instante, tratando de recobrar el aliento ahora que todo parecía estar en silencio.
Se sustentó en el hombro de su compañero caído para levantarse de nuevo. Observó cómo su propia respiración se convertía en violento vaho. Retiró la mano del hombro frío. Una babosa escalaba por la comisura de la boca del cadáver.

– Es un caracol.
– No es un caracol, estúpida, es una babosa.
– ¡Un caracol!
La niña le lanzó una patada a su hermano aunque sin intención de golpearlo, y salió corriendo en dirección a la casa. Él se quedó quieto, sonriendo con tibieza. Miró hacia los lados. Cuando creyó que nadie lo veía, se agachó para recoger la babosa y se la metió en uno de los bolsillos del chaleco.
El padre sonrió desde detrás de las cortinas. Seguro que se internaría en la espesura aquella misma tarde, a darles de comer a sus amigos los lagartos de cabeza azul. Devolvió las pesadas cortinas a su lugar. La niña entró con la mirada baja y se sentó en el suelo, cerca del arcón.
– Mi hermano es un idiota.
El padre se acercó. Arrodillándose ante su pequeña, le sacudió la arena de las rodillas y los pies descalzos con dulzura.
– Hermano mayor tenía razón en este caso. Eso es una babosa, hermana pequeña.
– Es un caracol…
– Los caracoles, hermana pequeña, tienen una concha en su espalda. Es la tienda de hueso de los animales indefensos. Así como la víbora tiene sus escamas y sus colmillos, el caracol tiene su escudo.
– ¿Como padre?
La niña señaló hacia el rincón del oeste. El sol se estaba poniendo, y las armas del padre refulgían en seda, plata y acero. El padre se volvió de nuevo hacia ella.
– Sí, como padre.
– Padre tiene colmillos – la niña señaló la espada que, envainada, ofrecía un aspecto de paz y arte –, y también tiene aguijones – volvió el pequeño dedo hacia el carcaj colgado sobre el arco desmontado –. Padre es una víbora, y un escorpión.
– Padre también sabe ser caracol – apuntó el padre, inclinándose hacia su niña –, recuerda que también tengo un escudo.
Se levantó del suelo en que estaba acuclillado para volver a apartar las cortinas. La madre volvía con el cesto bajo el brazo repleto de frutas por el camino.
– Y si a padre le quiebran la flecha, le embotan la espada y le arrancan el escudo, ¿Qué animal será entonces?
El hombre no volvió la vista.

‘Una babosa’ pensó el guerrero, escudriñando la penumbra del bosque en bruma, ‘padre será una babosa, hija mía…’
Avanzó unos pocos metros antes de inclinarse sobre el costado. La herida era bastante profunda. Se examinó la mano con la que tapaba aquel tajo. Estaba negra y amarilla.
Rebuscó con la mirada entre la multitud de cuerpos caídos que lo rodeaban. Necesitaba agua para tratar de reparar aquello.

Se cuadró. Quería ir a la guerra.
– Siguiente…
Aquel hombre daba bastante miedo. Es decir, infundía respeto. Eso era lo que le había enseñado su padre, que los soldados no sienten miedo, sino respeto, por sus superiores. La armadura brillante, las cuentas de su cabello, la arrogancia de su mirada, exudaban tanto respeto que él se cuadró aún con más firmeza cuando le tocó el turno de ser examinado. La punta del mango del látigo le alzó la barbilla. Aquel general nunca tocaba a los candidatos, solamente se comunicaba con sus soldados.
El superior dio varias vueltas alrededor de él. Golpeó brutalmente con el mango la parte trasera de las rodillas, pero el joven consiguió no derrumbarse de dolor. Tampoco cerró los ojos. Pero maldijo hacia dentro. El general comprobó tanteando con esa empuñadura los músculos compactos y flexibles del joven, la largura de sus brazos, la firmeza de sus tobillos. El joven sudaba suavemente, como la planta que se humedece en rocío.
No se permitió respirar aliviado cuando lo vio cambiar de candidato. No flaquearía.
Su número fue cantado al final de la jornada. Se le entregó una espada, templada y firme como su carácter, flexible y afilada como su alegría. No se lo diría aquella noche a su esposa, que lo aguardaba en las mantas y el calor, con los aceites y el silencio, porque aquella noche sería para calma y reflexión. Pero sí se lo susurraría al vientre que esperaba, cuando su mujer pequeña estuviera dormida, sí se lo diría al primer vástago que aún no había nacido. Tu padre es soldado, le susurraría, tu padre es soldado. El destino es nuestro.

Escupió en la corriente y observó el color de aquella saliva. No había rojo ni amarillo, no había mal sabor en el paladar, ni hiel en los labios. Le costó arrodillarse en el lecho embarrado, y la mano se le había pegado a la herida con la sangre coagulada.
Recordó la sangre de su esposa mientras quemaba los trapos manchados para que el olor no atrajera a las bestias. Del mismo modo quemó los linos ensangrentados de su propia cama después de que llegara el primero de sus hijos. Llegó sin lloros, sin ruido, ni aun cuando lo cubrieron en tierra y ceniza para darle la bienvenida, ni aun cuando los otros soldados lo zarandearon de mano en mano para reconocerlo como suyo. La hija sí gritó, vaya que si gritó. Las mujeres del campamento rieron como locas con los chillidos de la pequeña.
Y el tercero vendría en la ciudad, acunado por los olores de la miel y la leche, pero poco tiempo respiró en la tierra. Y también se lo dieron a las llamas, fuera de las murallas de la urbe, para que se lo llevara el viento a las praderas del otro mundo. Y se marcaron en la frente con las cenizas y los huesos, para que el olor dijera que era un humano el que viajaba por las brisas, y no una bestia hendida por el fuego.
Vendó el costado herido. No le provocaba demasiada confianza la camisa amarillenta que había arrancado de aquel cadáver para hacerlo, pero no tenía nada mejor a mano.

– Mátalo.
El cuchillo le temblaba en las manos. Los ojos se le escapaban a la espesura.
– Mátalo.
Los labios emprendieron un duro viaje desde la firme y pálida resolución al gesto contenido del llanto. No quería llorar. No le estaba permitido.
– Dámelo…
El padre arrebató con furia el cuchillo de las manos de su hijo, y lo clavó sin piedad en las carnes del animal. Chillando indefenso, sus patas breves y escuálidas intentaron llevarlo fuera del mordisco del acero, pero tenía el cuello atado a una estaca. El pequeño se tapó los ojos, incapaz de seguir viendo aquella masacre. Pero no pudo acallar en su cabeza los gemidos desesperados del animalillo ante las puñaladas.
Aun cuando el silencio le anunció la muerte de su perro no se destapó los ojos. Seguía escuchando los alaridos del animal en lo más hondo de su cráneo.
– La próxima vez, procura hacerlo tú – le susurró su padre, tomándolo del cabello y pegando la boca en su oído –, y trae un cuchillo más largo. Me ha costado llegarle a las entrañas. Ahora lo quemarás.
Dejó al pequeño sollozando sobre los despojos del perro y se alejó hacia la choza. Vio a la madre, acuclillada en la puerta de la tienda separando semillas, y a la hija, que hilaba en silencio pero con el rostro contraído. Pasó entre ellas como una sombra, y ambas lo escucharon desenfundar la larga espada de su vaina de madera.
– Hacia la orilla opuesta hay buena arena.
Aun habiendo oído las palabras calmas de la madre, la hija no alzó la mirada. Sintió el aire que su padre desplazó al rozarla mientras salía, con la brillante espada en la mano, y sólo cuando estaba lejos se atrevió a mirarlo. Sumergía el metal en el agua, y con gruesos puñados de arena fina frotaba filo y acero, para afinar el corte de su arma.

Le sorprendió el golpe de su propio cuerpo al caer. Llevaba varios minutos acuclillado en inconsciencia, sin haberse dado cuenta de cuándo había perdido el sentido.
No sentía los latidos de su propio corazón. Había perdido demasiada sangre como para conservar el sentido del tacto y el calor corporal. Temblaba, pero no sabía por qué, porque ni siquiera sentía el frío. Veía las briznas frente a su rostro tendido en el suelo, pero no notaba la caricia de su escarcha.
¿Por qué se acordaba ahora de ese perro escuálido, de ese saco de huesos que alguna vez perteneció a su hijo? Levantaron el campamento dos días después, y aquel chucho no habría aguantado ni dos días de camino. Maldición… Le dolió verlo flaquear. En aquel momento pensó que la agitación que le había llevado a apuñalar al cachorro era vergüenza por tener un hijo tan débil. Mientras la arena se le escurría entre los dedos, supo que esa agitación en realidad le enternecía, por tener un hijo capaz de la compasión en aquel mundo de guerras y espadas.
Su esposa lo había comprendido desde el primer momento. Su esposa… qué lejos le parecía ahora, tendido en medio de un bosque cuyo nombre no conocía, presa de un dolor sordo que lo convertía en un saco de tierra, incapaz de alzar las manos para darse muerte por sí mismo.

– No sufrió.
Tomó el cuerpo amortajado y lo depositó en la arena, empujando con los brazos fuertes el montículo hasta verterlo en el agujero. Lo allanó con las manos de un padre, pero con la firmeza de un guerrero. Aquella arena estaba sucia, llena de cortezas y hojas secas. No era una arena digna de recibir a su hija.
No hubo señal que la distinguiera del resto de tierra removida por los miles de pies de los soldados. El viento se encargó del resto, y las esquirlas de hoja borraron toda memoria. Paso tras paso marcharon hasta la frontera, donde los bravos siguieron el camino, dejando el mundo conocido atrás. Su esposa estaba allí, y la última vez que la vio agitaba la muñeca, y el brillo de sus brazaletes le cosquilleaba en los párpados. Acababa de trenzarle el cabello bajo el casco.
Su hijo tampoco estaba allí. Había conocido la crueldad demasiado pronto, y ahora era una cáscara vacía quien lo miraba desde las murallas.

‘Hermoso…’
La luz caía verticalmente sobre las hojas de la ribera. Una de ellas estaba inclinada por el peso del rocío. Allí de donde venía el soldado el agua se guardaba como una joya. Su esposa escurría las telas todas las mañanas, maravillándose en el brillo de las gotas. Cantaba al recoger el agua del pozo en los días de ciudad, como cantaba el brocal impulsado por sus manos escuálidas.
‘¿Por qué?...’
Ahora estaba a la puerta de casa, sentado mientras curtía la piel de una de sus cabras. A lo lejos había risas. La brisa caliente, picante, le hablaba de una noche congelada. Miró su rebaño. Dejaría que pacieran a la sombra de las dunas un poco más antes de conducirlos a las cuevas. Venía hacia él una pequeña oliva, un cúmulo de calor y olor a vida que se tambaleaba sobre los pies. Las manos grandes querían asirlo, ayudarlo, pero se contuvieron para que el esfuerzo mereciera la pena.
Se le agarró a la pierna entre carcajadas. El hombre no supo explicar el júbilo del bebé al encontrarse con su padre.
‘Pero…’
Marcharían. Serían uno. Serían gloria, lucha, terror, victoria. Serían un ejército como nunca se había visto en tierras de los débiles del norte. Serían lluvia de acero, truenos de filo, gritos de guerra. Serían honor, honor del desierto.
La primera batalla fue una victoria fácil. Aún ajusticiaban a los moribundos cuando llegó la segunda oleada. La batalla tercera fue algo más dura, y la cuarta un infierno de carne y sangre. Recibió un golpe en el hombro que le hizo humillarse, y el cerebro le enloqueció por un instante ¿Por qué estaba allí?
‘¿Por qué?...’

Vio cómo se le contraían los dedos, pero no supo si estaba soñando. Ya su conciencia lo abandonaba. Uno de los rayos del sol le acarició los cabellos desparramados por el suelo, y le titiló en las pestañas. Tenía tanto sueño…
‘…¿Por qué la muerte es tan hermosa?’
Las libélulas ya no sintieron miedo de su aliento. El guerrero no respiraría más.

4 comentarios:

Marta dijo...

Jum... bonito y extraño relato. Titulándose Ithilien me esperaba otra cosa, qué quieres que te diga :)

Un besote

Findûriel dijo...

Se llama Ithilien porque en el bosque de ithilien murieron muchos sureños. Me gusta explorar las historias paralelas de la obra de Tolkien: las familias de los soldados, la vida de los 'enemigos', el relato de lo que pasa 'antes' de las batallas...

Silmaril dijo...

Me ha gustado mucho ... Me encanta la facilidad que tienes para ver el lado "bueno" de los teóricamente "malos", siempre consigues que me emocione.
Gracias por regalarnos otra genialidad.

Selerkála dijo...

"Palabra de Tolkien: te leemos Profesor"

XD

Namiaurë!