lunes, 10 de marzo de 2008

Más que humano (II)

(Viene de aquí, pero también puede leerse solo)

Dos horas, dos horas enteras pasaron antes de que Alicia encontrara a Evelyn. Una de ellas fue simplemente una hora perdida: vacío y dolor. La otra se deslizó uniformemente (...)
Encontró a Evelyn junto al estanque, tendida de espaldas, con los ojos muy abiertos. En uno de los lados de la cabeza tenía una protuberancia, y en medio de la protuberancia un agujero donde cabían tres dedos.
- No - dijo Evelyn dulcemente cuando Alicia trató de levantarle la cabeza.
Alicia apoyó suavemente sobre la hierba la cabeza de Evelyn y, arrodillándose a su lado, le tomó las manos.
- Evelyn, ¿qué ha pasado?
- Papá me golpeó - dijo Evelyn con serenidad -. Ahora voy a dormir.
Alicia sollozó.
- ¿Cómo se llama... - dijo Evelyn - cuando una persona necesita a otra persona... cuando deseas que te toquen y... las dos forman como un solo ser y no hay nada más en el mundo?
Alicia, que había leído algunos libros, meditó unos instantes.
- Amor - dijo al fin -. Es una enfermedad, es una cosa mala.
El rostro tranquilo de Evelyn se iluminó con una especie de sabiduría.
- No es una cosa mala - dijo -. Yo la sentí.
- Tienes que volver a casa.
- Dormiré aquí - dijo Evelyn, y sonrió mirando a su hermana - ¿Te parece bien... Alicia?
- Sí.
- No despertaré nunca - continuó Evelyn con esa misma rara expresión de sabiduría -. Quisiera hacer algo, pero ahora no puedo ¿Quieres hacerlo por mí?
- Sí, lo haré - susuró Alicia.
- Por mí - insistió Evelyn -. Aunque tú no querrás hacerlo.
- Lo haré.
- Cuando el sol brille mucho - dijo Evelyn - báñate en él. Algo más, espera... - cerró los ojos. Una arruga pequeña le apareció y desapareció en la frente -. Quédate en el sol. Camina, corre. Corre y... salta, muy alto. Mueve el aire al correr. También eso. No supe hasta ahora que quería hacerlo; y ahora... ¡Oh, Alicia!
- ¿Qué, Evelyn, qué?
- Alli está, allí está, ¿no lo ves? ¡El amor, con el sol en el cuerpo!
Los ojos dulces y luminosos contemplaron absortos el cielo del atardecer. Alicia miró también y no vio nada. Cuando bajó la vista comprendió que Evelyn tampoco veía nada. Ya no más.
A lo lejos en el bosque que se extendía más allá de la verja, estallaron unos tristes sollozos.
Alicia escuchó un momento. Luego, extendió la mano, cerró los ojos de Evelyn. Se incorporó y fue lentamente hacia la casa y los sollozos la siguieron, casi hasta que puso los pies en el umbral. Y aún entonces el llanto siguió dentro de ella.

(Theodore Sturgeon, Más que humano)

Again, para el Rondador Nocturno