domingo, 17 de agosto de 2014

Draenor

Hacía mucho tiempo que no mantenía una conversación sobre el WoW con alguien que hubiera jugado. De hecho, creo que el juego de un tiempo a esta parte ha experimentado un bajón de jugadores bastante importante.

Pero hoy me he encontrado comentando anécdotas con un jugador, y la verdad es que desde que anteayer salió a la luz la cinemática de la próxima expansión, Warlords of Draenor, me pica el gusanillo de volver.






Me van a permitir ustedes que utilice, de aquí en adelante, el idiolecto propio de los jugadores de MMORPG: Soy jugadora casual, lo que más me gusta del juego es questear, mucho más que raidear (mi novio es más hard player en esto que yo) y disfruto con el lore y con sentarme a escuchar narraciones o eventos puntuales que suceden en las tierras donde se ambienta el juego. Disfruto de ver los vuelos, y también disfruto de volar. Me encanta buscar lugares escondidos del paisaje, y tengo por algún lado un álbum donde mi main, Akaibu, descubre Excalibur, o la tumba del caballo de Arthas, el aeropuerto de Forjaz (cuando no se podía volar) o los conejitos armados con machetes. Cuando comenzó el sistema de logros, fui de las más entusiastas. Ya me apasionaba tener mascotas pasivas (aunque no me atrae NADA DE NADA eso de las 'batallas de mascotas'), hacía todos los eventos que podía y me encanta coleccionar monturas. Busco libros para leer en cada rincón y cada mazmorra, me siento a pescar al atardecer e incluso cojo barcos por el simple placer de ver los paisajes.

Mi novio, allá por 2007, me regaló el cofre donde venían el juego básico y la expansión The Burning Crusade. Cuando mis hermanos mayores lo vieron, me rogaron que no lo instalara, que eso sorbe la vida. Pero muchas noches, después del trabajo, era la forma que teníamos mi chico y yo (separados por cientos de kilómetros y un mar de por medio) de 'salir juntos'. No quiero decir con ello que tuviéramos citas cibernéticas y fuéramos a beber a la taberna del Barrio de los Mercaderes, sino que compartíamos raids, quests y muchas risas, junto con nuestros compañeros de Guild, ya que no podíamos ir juntos al cine o quedar con los amigos para salir.

Nuestra Guild (Hermandad, grupo de personas que se une bajo una misma enseña para jugar juntos) se llama Legado de Azeroth. Creo que aún existe, aunque no estoy segura... tras sobrevivir a una migración masiva (después de la cual yo comencé a jugar) se recuperó maravillosamente y pudimos jugar de un modo desenfadado, compartiendo tiempo, materiales y sabiduría entre todos. Por esa Guild pasaron padres con hijos (hubo un tiempo en que teníamos a un padre que jugaba con sus dos hijos), matrimonios, papás raider que le dejaban a sus hijos la cuenta durante el día para que farmearan, parejas unidas, papás que hacían rest para darle el biberón a sus bebés, parejas a distancia, grupos de amigos del instituto, compañeros de la Sociedad Tolkien Española, gente de siempre, gente efímera, vecinos... 
Gente con manos, gente manca, gente propaquete, ¡incluso tuvimos un manco 'de verdad'! Durante un par de meses, uno de nuestros jugadores jugó con una sola mano porque llevaba el brazo escayolado, y ¡oye!, no se le escapaba ni una cura. Gente que entraba en el juego y quería pasárselo bien. Siempre tirábamos al boss 'a la última', que podía ser un par de meses después del primer try.

¿Qué era lo mejor de mi guild? Es difícil ponerlo en palabras. Durante mucho tiempo fuimos una gran familia, y con muchos de sus miembros la amistad trascendía el juego. Confiábamos los unos en los otros mientras nos íbamos haciendo más sabios. La gente que conocía el juego siempre te aconsejaba sobre el mejor camino a seguir. Los más serios tenían la capacidad de hacerte reír de vez en cuando. Muchas veces teníamos el programa de chat de voz encendido aunque no estuviésemos en el juego, simplemente para charlar o arreglar el mundo.

Siempre recordaré grandes momentos vividos con mis compañeros del WoW. Fueron momentos hermosos, o especialmente divertidos. Como cuando hice roll a una pieza por primera vez en mi vida, como invitada a una raid, y Raxhe se cabreó (pero con el tiempo me perdonó). Como cuando me llevaron siendo nivel bajito a Monasterio Escarlata y me invitaron a entrar a la catedral... con sangriento resultado (pulleé a TODOS los ocupantes). O cuando entramos a Karazhan, nos dio por usar la urna fuera de lugar y nos quedamos ATRAPADOS siendo nivel 80, y los GM no nos creían cuando les pedimos ayuda. Cuando tiramos a Kel' Thuzad y nos hicimos la foto de rigor, que creo que aún guarda mi sobremesa. Cuando me regalaron un lirio de Stratholme, o mi primer paseo en chopper. Cuando me salió tenacitas de mascota. Vivir con intensidad la raid de Illidan. Que Draga pullee porque se aburre mientras explican la raid... que lo kickeen y luego nos pida perdón con la boca pequeña. Guardar fuegos artificiales para una boda. Mi hijo Thorim puleando a Remendejo vestido de Papá Noel. Descubrir a los draenei, a los wargen, a los DK, a los pandaren. Llevar en la mochila el anillo uno y regalárselo a Davos. Greenar y sus chistes de pollos, las sesiones de peluquería con Nayah y el sonido de su zippo, los chistes crueles de niños de Asha y su olor a cabra, Orimas y nuestro pique healer, el vozarrón de Drizzht y la vocecilla de Ener, las ocurrencias de Gilnor, las mascotas y el dineral de Lantana, Yulima y su 'mmmmmmhuenaaas', la constancia de la dulce Chitina, Chamanwaxuke llamándome 'pequeña'...

Perder amigos. Perder la guild. Llorar durante días porque había perdido de improviso esas cosas. Perder la confianza, la complicidad. Que nada vuelva a ser lo mismo. Que la guild se vaya apagando por culpa de la ambición desmedida, esa misma que quemó a los que se alejaron.

Dejar de jugar. Volver con Cataclysm. Ver que los cambios no son buenos y que los jugadores cada vez son menos serios, lo quieren todo YA y si caes te echan. Que lo den todo mascado: doble especialización, interreinos, repair único, llavero, mascotero/monturero, volar a todos lados y llegar con un chasqueo de dedos a las cuatro puntas del mapa. Volver a perder la pasión. Regresar con Pandaria y disfrutar con sus historias, su música, sus misiones. Mudarme. Dejar de jugar.

Y ahora quizá sea una buena vía de desestresarme, caminar por los barrios de Ventormenta, contemplar el atardecer desde las cúspides de Forjaz o esperar a la temporada de la trucha para conseguir el logro de los peces. Hace mucho que no juego, porque las últimas veces casi ni siquiera hice mazmorras (y ni una sola raid) así que volvería nueva, sabiendo menos (aunque antes hacía falta saber mucho más) y con ganas, simplemente, de disfrutar a mi aire.

Lo hablaba con mi amigo Túrin hace un rato. Sí, claro, los jugadores de WoW tenemos la vida absorta por el juego. Por eso él tiene trabajo, tres hijos, esposa (que también juega al WoW, por cierto), ve películas, lee libros, escucha música, cultiva otras aficiones... por eso yo también tengo trabajo, pareja, una casa, sigo estudiando, acudo a eventos, leo, veo series y películas, soy parte de la comisión permanente de una asociación muy activa, cultivo el hobby de las BJDolls, coso, viajo...

Recuerdo a mi chico, cuando me ayudaba a subir de nivel a mi main, diciendo que le aburría caminar en el juego. Con el tiempo (y las monturas, y las expansiones) puede que dejes de caminar por los paisajes, pero cada vez que vuelvo, siempre lo hago. Y si vuelvo, lo seguiré haciendo.

Porque hay mucho que ver, mucho que hacer y mucho que descubrir en las tierras de Azeroth y Terrallende.

5 comentarios:

Lyris dijo...

Has ilustrado tal cual mi experiencia y modo de jugar en el WoW... ;_;

Se me ha escapado una lagrimilla y todo TAT <3

Findûriel dijo...

Ay, niña... ¿sigues jugando?

Edu dijo...

Grandes momentos, muchas risas y buenos ratos, se echa de menos a todos y a todas...

Saludos polliles ;)

Ener dijo...

Greenar!!!!!! Déjate de saludos polliles y vente a picotear al WoW!!!!!
Un abrazo!!!!!!

chitina dijo...

aki estoy la gemecila de la guild chitina vamos y dejartos de play station y jugar ya q echemos unas risas :D