lunes, 2 de abril de 2007

El hechizo de la lectura

Volví la página y vi confirmada mi suposición.
Sin querer leí también esa página y la siguiente.
Y seguí leyendo y leyendo.
El libro me hablaba, como en sueños, sólo que con mucha más claridad. Y afectaba a mi corazón como una pregunta.
De una boca invisible fluían palabras, revivían y venían hacia mí. Se volvían y cambiaban ante mí, como esclavas vestidas de colores, y luego caían al suelo o desaparecían como el vapor irisante en el aire y hacían sitio a la siguiente. Cada una tenía, durante un momento, la esperanza de que yo la eligiera y renunciara a ver la siguiente.
Había algunas entre ellas que aparecían vanidosas como pavos, con preciosos vestidos y cuyos pasos eran lentos y medidos.
Otras como reinas, aunque envejecidas y desgastadas, con los párpados pintados - con un gesto de doncella en la boca y cubiertas las arrugas con una pintura horrible.
Yo pasaba mi vista sobre ellas hacia la siguiente y mi mirada pasó sobre largas filas de rostros y figuras grises, tan vulgares y sin expresión, que parecía imposible grabarlas en la memoria.
Trajeron entonces a rastras a una mujer, totalmente desnuda y tan gigantesca como un coloso de hierro.
La mujer se paró un segundo ante mí y se inclinó hacia mí.
Sus pestañas eran tan largas como todo mi cuerpo y señaló, muda, el pulso de su mano izquierda.
Sonaba como un terremoto y sentí que en ella estaba la vida del mundo entero.
Desde lejos vino deprisa una procesión de corimbantes.
Un hombre y una mujer se abrazaron. Los vi venir desde lejos y la fila se acercaba cada vez más con un ruido ensordecedor.
Entonces oí la vibrante canción de las estáticas muy cerca de mí y mis ojos buscaron a la pareja abrazada.
Pero ésta se había convertido en una sola figura y estaba sentada, medio masculina, medio femenina - un hermafrodita -, en un trono de nácar.
Y la corona del hermafrodita acababa en una tablilla de madera roja, en la que el gusano de la destrucción había roído misteriosas runas.
A veces, entre las figuras que surgían de la invisible boca, había algunas que venían de sus tumbas - un paño cubriendo su cara.
Y se paraban ante mí y dejaban caer bruscamente sus velos y miraban con ojos rapaces mi corazón, de tal forma que un terror helado me subía a la cabeza y la sangre se me estancaba como un río ante las rocas que caen del cielo - en medio de su lecho.
Una mujer pasó volando ante mí. No vi su rostro pues ella lo retiró; llevaba un abrigo de lágrimas, fluyendo...

(Gustav Meyrink, fragmento de El Golem. La segunda ilustración es LiDa, de mi amiga Mary Albarn)